Buenos Aires

El mar y la naturaleza

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.” (Peces de Ciudad – Joaquín Sabina)

Cuando N. me propuso ir a Mar de las Pampas, me entusiasmé. No conocía nada de esa zona de la costa argentina. Siempre me gustó viajar, y esa cosa de “agarremos el auto y salgamos” me encanta, y le da una adrenalina especial a la escapada. Quiero poder hacer eso toda la vida, cada fin de semana… Y en ese momento, lo que más me gustaba la idea de irnos a la playa en pleno Junio, a disfrutar el invierno, porque estoy convencida que a pesar del frío, se puede disfrutar de la costa…

Con mi familia siempre fuimos a Mar de Ajó y a San Bernardo. Años y años de repetir destino de vacaciones: papá buscando tranquilidad, encontró por esos lados que allí se relajaba, se siente cómodo, casi local. Y sin poder salir de su zona de confort, pocas veces pudimos cambiar esta rutina, nuestra rutina de vacaciones cuando éramos chicos y veraneábamos todos juntos…

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Así que ese finde largo de Junio, muy de sorpresa y sin mucha preparación, nos encontramos llamando por teléfono a distintos hoteles y cabañas que íbamos viendo por internet. No hubo planificación previa. Era jueves por la tarde… y obviamente estaba todo ocupado, nadie nos garantizaba lugar. Estuvimos por salir igual “a ver qué onda” cuando llegáramos. Fuimos prudentes y nos quedamos en su casa, mirando distintas páginas por internet y llamando a todos los teléfonos que aparecían.

El viernes nos levantamos, y desde la cama tapados con una frazada, seguimos llamando. Ya la búsqueda se había expandido a balnearios cercanos. Y tuvimos suerte: en un hotel nos dijeron que había disponibilidad, la última habitación que les quedaba. Pero que saliéramos cuanto antes. Al ratito nomás, cargamos el auto y salimos para la ruta. El hotel Colina Blanca nos esperaba…

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Llegar a esta zona tiene una magia especial desde la ruta misma. El tramo desde Pinamar hasta Villa Gesell de la Ruta 11 tiene el camino dividido al medio por un boulevard arbolado. Pasamos primero por Pinamar, Ostende, Valeria del Mar y Cariló. Y después de un tramo están Villa Gesell, Mar de las Pampas y Mar Azul. Nunca había viajado por esta ruta. Qué lindo era ir en el auto con él, en el asiento del copiloto… mirando por la ventana como el sol se refleja en los árboles, como las sombras se dibujan en el asfalto.

Entrada Cariló
Foto web Colina Blanca

¡Qué lugar hermoso! ¿Cómo nunca había venido a este lugar? Mar de las Pampas es una ciudad hermosa. Llena de árboles, transmite una paz que relaja hasta al más estresado. La ciudad tiene la particularidad de no tener alumbrado público ni calles asfaltadas, es realmente como estar en un cuento, perdido en el bosque… las casitas son todas de madera, cabañas más grandes y casas más lujosas y modernas, pero todo con un estilo que no desentona con el entorno en el que se encuentran.

¡Y qué decir de la playa! Anchas y limpias, invitan a descansar, a desconectarse. Uno puede dejar el auto en las bajadas autorizadas, y luego caminar y caminar por la costa, mojándose los pies con la espuma de las olas que rompen más cerca. Los nenes juegan, algunos andan en bici, otros pasean a sus perros o salen a correr.

Es una ciudad turística muy respetuosa del medio ambiente. Es muy diferente a cualquier otra ciudad de la costa atlántica, es única por su belleza especial y por su hermosa vegetación. Por el sonido de los pájaros, por el ruido que hacen los árboles cuando el viento mueve sus ramas.

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Pasamos dos noches en Colina Blanca. Y la tercera noche, nos fuimos a Cariló. Y nos dimos un gusto: ya con la ciudad semi vacía (fue la noche del domingo, todos se volvían pero nosotros decidimos quedarnos una noche más) alquilamos en Sea View una habitación con vista al mar.

Siesta mirando al mar
Siesta mirando al mar

Este fue un pequeño lujo: alquilamos algo que era más grande que mi departamento, y tenía un enorme ventanal con vista al mar. Y esa noche, con la playa desierta y el cielo despejado, salió la luna llena en el horizonte regalándonos un espectáculo increíble.

Me acuerdo de haber caminado por las galerías comerciales, con todos los negocios con un mismo estilo, cálido y prolijo, de haber probado las galletitas Cauca, y querer comprarme todo en el local. De sus calles llamadas solamente como árboles y como pájaros. De las piñas en el piso. Del sonido de la rompiente de las olas. Del frío que hacía ese día.

Tal vez sea porque me fui con él. La memoria es selectiva con los recuerdos, y para mí siempre me va a quedar este fin de semana como una de las escapadas más lindas que hice en mi vida. Y sólo a 400 km de Buenos Aires.

No hace falta irse tan lejos para encontrar lugares así.

– Junio 2013 –

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