Personal

Esas cosas lindas que pasan

Por segunda vez en el año, fui a la feria de gastronomía francesa organizada por Lucullus. En marzo se hizo en el hipódromo de Palermo, y ahora la armaron alrededor de la embajada de Francia en Buenos Aires, en Recoleta.

Sábado, día lindo, ideal para estar al sol y sentir un poco el calorcito… y también cero ganas de cocinar! Todo eso, sumado a una molestia en la boca por una extracción de muela fallida, era el combo perfecto para ir a darme una vuelta por ahí.

Por lo general aprovecho y voy con mi hermana así nos vemos y nos ponemos al día, o con alguna amiga para tener alguien con quien charlar y compartir distintos platos de comida… Pero nadie podía, así que esta vez fui sola, por primera vez.

Después de recorrer todos los locales, me decidí por unas soufflés de queso, bien blanditas y sabrosas para empezar, ideales para aplacar el hambre… después un pain au chocolat bien calentito. Y por último una sopa de cebollas. Sí, en ese orden.  A las 4 de la tarde ya no me importaba respetar el orden protocolar salado primero / dulce después.

Como había un poco de viento, busqué un lugar para sentarme en unos canteros de la plazoleta frente a la embajada y así poder disfrutar la sopa sin que mis pelos se metan en el vaso. Y en eso estaba cuando una señora se aproxima y se sienta al lado mío.

Me hago a un costado, como haciéndole lugar y me dice “está bien, entramos las dos perfecto”: le sonrío, y acto seguido me empieza a hablar.

Me preguntó si había venido sola. Le digo que sí, que no había encontrado compañía. Y ella me cuenta que vino sola también, a pie desde su casa a siete cuadras, aunque podría haber venido en scooter… y que las calles no están preparadas para que los viejitos anden en scooter. Me sigue dando charla y me cuenta que lo compró en Mercado Libre, al costo de un pasaje a Europa.

Y ahí me río por la comparación. Hasta que me dice que menos mal que ya había viajado varias veces a Europa y ya ahora que tenía 83 años, se podía dar el gusto de gastar esa plata en el scooter. Y acto seguido y sin que yo le pregunte nada, me cuenta de su jubilación italiana por haber trabajado en Roma…

Yo conozco los cinco continentes” me tira, así de sorpresa. Y me quedo helada, ella no sabe que con esa frase atrapó totalmente mi atención…

¿Y donde trabajó?”, le pregunto, curiosa.

En aviación, me dice.

[…]

(Desde que me recibí que estoy tratando de meterme en alguna aerolínea, con los famosos programas de Jóvenes Profesionales. Incluso deliré con la idea de meterme como TCP, pero no sé si es lo que más me gustaría. Sí trabajar en alguna aerolínea, porque me gustan los aviones, porque me gusta ese ambiente, porque lo disfruto.

Y esta señora podría haber trabajado en cualquier cosa, de las millones de cosas que hay para hacer, ella había trabajado en aviación.)

Me cuenta que le había dedicado toda su vida a este rubro, arrancando en 1958 y por unos 30 y pico de años, hasta que se volvió a vivir a Buenos Aires. Me cuenta que trabajó en Aerolíneas Argentinas, en Transcontinental, y finalmente, en la aerolínea de bandera italiana, que fue donde más años estuvo.

Calculo que ante la mirada atónita que yo tenía (de no poder creer que de toda la gente que había en ese lugar, justo se me siente al lado una persona que me empiece a hablar de viajes) ella siguió con sus relatos, mientras me convidaba de su porción de torta de avellanas y chocolate blanco.

Me cuenta que viajó mucho porque tenía pasajes gratis, que le costaban el 10% que al resto de los pasajeros, y que tenía hospedajes gratis en la cadena de hoteles Hilton…

Me cuenta que se recorrió el mundo viajando, en una época donde nadie hacía viajes a lugares desconocidos, pero que a ella le encantaba, y los hacía sola, si nadie la quería acompañar.

Y me empieza a relatar.

El viaje más largo de todos fue de dos meses. Se quería ir a Perth, Australia, a ver una amiga que no estaba bien de salud.

Entonces hizo San Francisco, EEUU, de ahí cinco días recorriendo Hawaii, luego un vuelo a Maui, y de vuelta a Hawaii…. De ahí se fue a Manila, Filipinas, luego le interesó conocer Singapur. Estando allí, deja el bolso en un hotel, y se va unos días a Bali, Indonesia. Vuelve por su valija, y luego sí se fue a Perth. Para luego recorrer Melbourne y Sidney con su amiga.

Cuando se despide de su amiga, ella sigue su viaje, y se va a recorrer Papeete, Bora Bora y toda la Polinesia francesa.

.

Guau, una viajera de las primeras épocas! Que ídola! En ese momento no existía el turismo masivo, no había internet ni existía la palabra globalización, se confiaba en la gente y animarse a ir a lugares así era ser transgresor, diferente, animarse a lo desconocido. No puedo dejar de escucharla.

Me cuenta en el medio, mezcladas, muchas anécdotas.

Me cuenta de una vez que se tomó un taxi en Indonesia, sola, y de noche, y que cuando le dice al taxista la dirección del hotel, el tipo pensó que ella estaba buscando alguien para acostarse… y de los malabares que tuvo que hacer para ser educada y discretamente salir de esa situación incómoda.

Me cuenta que nunca le pasó nada, que siempre estuvo atenta y con los ojos abiertos. Que estar pendiente de todo y no relajarse demasiado, hizo que disfrutara todos sus viajes muchísimo.

Me cuenta de los paisajes vírgenes, a donde todavía no había llegado la gente… del paraíso que era Bora Bora y todas esas islas del Pacífico, tan lejanas, tan increíbles.

Me cuenta de la comida, de la gente, de la amabilidad que había, de las playas, de los árboles y las flores.

Me cuenta que en alguna isla de todas las que estuvo había muchos chicos homosexuales, en una época donde todavía no había la libertad de expresión que hay hoy en algunos países… y me explica que por ese entonces, era un fuerte matriarcado. Que las mujeres que tenían sólo hijos varones, debían elegir a uno que hiciera el rol de hija mujer, ya la sociedad en ese entonces era muy feminista, con muchas madres solteras, que elegían deshacerse de los hombres luego de armar su familia… y que no eran mal vistas en absoluto.

Luego, me cuenta de un viaje por África. A pesar que está haciendo frío ya, no me quiero ir a casa.

Me cuenta que fue a Kenia, que estuvo en Nairobi primero, y que luego se fue a Mombasa, sola. Que en el avión iba a ir con la madre de una amiga checoslovaca que había conocido en Italia, trabajando para la aerolínea, y que terminó yendo con un pakistaní, que no podía mirarla a la cara. “Los indios, la gente de medio oriente, en ese momento no miraban a los blancos a los ojos, era terrible”, me aclara.

Me dice que en Kenia se hospedaba en un hotel muy lindo, rodeado de naturaleza. A la mañana viene la persona encargada del desayuno y le dice “What is your nationality?”, en un rústico inglés. Cuando ella le dijo “italian”, la persona salió corriendo dejando la bandeja prácticamente tirada en el piso… Ella se acerca a recepción y le pregunta a la persona allí el por qué de la reacción. Y el muchacho le explica risueño que las nórdicas por lo general se hospedaban allí, buscando acercase… por interés… a los jóvenes empleados del hotel. Entonces cuando ella le dijo italiana, salió corriendo de la vergüenza…

Y así me cuenta diez, quince anécdotas más.

Me cuenta que ella eligió trabajar en aviación para poder viajar mucho.

Y que no se arrepiente de nada: que sólo se lamenta por lo que no hizo, y que por suerte, pudo hacer lo que quiso. Que no tuvo hijos, que dedicó su vida a lo que le apasionaba hacer.

Va cayendo el sol. Me pregunta mi nombre, mi edad. Que parezco más joven que los años que le digo. Que le hago acordar a su amiga Clara, que vive en Italia. Me da su teléfono, que si algún día la quiero llamar, ella con gusto me cuenta de sus viajes. Nos despedimos.

 .

Y me voy para mi casa, con el cuerpo helado pero con una sonrisa en la cara.

Qué loco como se dan algunas cosas a veces.  Yo ese día me iba a quedar en mi casa. Y terminé escuchando a una desconocida hablar de algo que me apasiona, durante un buen rato, sentadas las dos en un cantero… gracias a una sopa de cebollas y al frío viento de la ciudad.-

 …

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