Cusco·Perú·Viajes

Dicen que la altura pega en Cusco

Llegamos al aeropuerto de Cusco, y tal como nos habían recomendado, estaba en slow motion: pese a mi ansiedad, no corrí a buscar las valijas, dejé pasar a todos en el avión antes de bajar y caminaba a la par de mis compañeras de viaje, a paso lento. Dicen que la altura pega en Cusco y que lo mejor es estar tranquila al principio.

El vuelo a Cusco había sido una maravilla: desde que despegamos de Lima y el avión tomó altura, fue todo el tiempo sobrevolando las montañas y pasando entre colchones de nubes. Cusco se encuentra a 3400 m de altura, de modo que una vez que el avión ascendió, se sintió como si hubiéramos volado siempre en el mismo nivel… Incluso a la hora de aterrizar: el aeropuerto prácticamente se apareció delante nuestro y el piloto hizo planear el avión como si fuese una pluma, hasta encontrar la pista entre las montañas.

Salimos del aeropuerto y ya hacía mucho calor. Teníamos que buscar un transporte para acercarnos al hostal. Nos vieron mucha cara de turistas y se nos empezaron a acercar todos los remiseros que estaban por ahí. Claro, yo me olvidaba que venía con tres amigas japonesas… El primero ya nos había hablado cuando estábamos retirando el equipaje de la cinta. El segundo, cuando vio que el primero se alejaba de nosotras. El tercero y el cuarto nos abordaron por separado, ofreciéndonos distintas tarifas en la puerta del aeropuerto. El quinto nos retenía diciendo que en la calle no podíamos tomar un taxi porque no eran seguros. El sexto nos amenazaba con que afuera no era tan sencillo encontrar coches vacíos.

Yo había leído que el costo del viaje al centro de la ciudad andaba entre 6 y 10 soles. Pero estos hombres nos estaban cobrando el doble. Empecé a dudar de esos valores. ¿Estaría confundida yo? ¿Serían valores actuales o estoy recordando un número desactualizado? Por ahí ya me pegó la altura y se me mezclan las cosas.

Pero no. Sin saberlo, ya comenzábamos a lidiar con el famoso regateo.

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Después de un rato al sol, el calor se hizo insoportable y el cansancio por el viaje y la altura se empezó a sentir. Miro a mis compañeras de viaje: estamos todas transpiradas, arrastrando las valijas. Por hastío, elegimos al octavo hombre que se acercó, y aceptamos su precio, sabiendo que no era el más accesible. Subimos todas y arrancamos hacia la plaza central de Cusco, la Plaza de Armas, ya que nuestro hotel estaba a pocas cuadras de allí.

En el camino, el hombre nos venía contando un poco de la ciudad, de todo lo que podíamos hacer. No sé si lo escuchaba, desde el asiento del copiloto, yo venía mirando por la ventana. No daban abasto mis ojos para todo lo que tenía adelante de mis ojos.  Tantas veces había soñado con estar allí, y por fin había llegado.

Ya sabía que el aeropuerto no quedaba muy lejos del centro de la ciudad, de modo que el viaje no debía ser muy largo. Pero en esta ciudad hay muchos autos. Muchos. Muchos colectivos y taxis también. Todos manejan rápido, pero avanzábamos despacio. Y además todos son fanáticos de la bocina: casi como un deporte, se aprieta tanto para avisar que el auto dobla como para indicarte que el auto está vacío y que te podés subir. Ruido por todos lados y siempre presente el calor. El auto no tenía aire acondicionado, así que después de un par de cuadras ya estábamos prácticamente pegadas a los asientos.

Cuando llegamos a destino (luego de meternos en la parte más vieja de Cusco, el barrio histórico, por unas callecitas angostas, tanto en subida como en bajada), el chofer dice “aquí estamos“. Y yo veo el hostal y no era el que había visto por Google Street View.

Que sí, que no, que este es el hotel que usted me dijo, que este no es.
Ahí me acordé: el hostal que habíamos elegido tenía dos “sucursales”, una a pocas cuadras de la otra. Y obviamente, habíamos ido a la otra. Así que volvimos a arrancar el auto para ir a nuestro hostal. El viaje que a pie hubiera sido de 5 minutos, en auto llevó casi el doble: ir ahicito nomás implicaba dar toda una vuelta por más cuadras en subida y bajada, hacer una cuadra marcha atrás, esquivar gente paseando y meterse por una calle tan finita que el auto apenas entraba. Nos pareció todo un laberinto, pero finalmente llegamos. La calle era tan angosta que no pasaban dos autos. ¡Ni siquiera podía pasar la gente caminando por estar nosotras bajando las valijas! Y encima era una calle empinada. Una vez que tuvimos nuestro equipaje, subimos los escalones de la calle a la puerta del hostal, otros escalones para entrar al hostal, y otros (muchos) escalones para llegar finalmente a la habitación. Escalones por todos lados.

Entramos y nos desplomamos en las camas.
Habíamos ido a las 12 de la noche a Ezeiza, el vuelo salió a las 4 am, llegamos a Lima cinco horas después, tuvimos dos horas de espera que finalmente se hicieron tres, y una hora más de vuelo a Cusco. Claro, una vez que nos tiramos como bolsas de papa caímos en la cuenta lo muertas que estábamos.

Habrá pasado media hora, y me dio hambre. Lo digo en voz alta y descubro que todas pensaban lo mismo. Proponemos salir a buscar algún almacén o mercado donde comprar pan y fiambre, o fruta, algo sencillo, ya que nos habían recomendado comer liviano, al menos los primeros días, y volver después al hotel a descansar… para el primer día el plan era “ningún plan”. No hacer nada. Dejar que el cuerpo se acostumbre a la altura y evitar así problemas.

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Salimos del hostal entonces y subimos por la cuesta San Blas (así se llamaba la calle). Al llegar a la esquina, divisamos un pequeño negocio a mitad de cuadra. Era domingo, estaba casi todo cerrado y había muy poca gente en la calle. Habremos hecho tres pasos y E. se detuvo. Se puso blanca, se agarró de la pared. Nos acercamos y le vimos la cara, se estaba por desmayar.

Hicimos que se sentara en la vereda. Apenas balbuceaba que se sentía mareada, que le dolía la cabeza. Después nos enteramos que ya desde el avión venía mal. Sin saber que hacer, fuimos al almacén a buscar algo (agua para que se hidrate, alguna gaseosa con azúcar para ayudarla con la presión baja, caramelos, algo… ¡no teníamos idea!) Ya nos estábamos empezando a asustar, porque su cara seguía pálida y hasta le temblaban un poco las manos.

Y de repente se acerca una señora: vestida con su pollera amplia de todos colores y sus trenzas morenas. Nos preguntó si teníamos alcohol. En el hotel teníamos alcohol en gel, pero ahí habíamos salido con lo puesto. Fuimos al almacén corriendo y no tenían nada. Así que ella cruzó, fue a un pequeño hotel y preguntó en la recepción. Salió al ratito con un pequeño frasco de alcohol yodado, un líquido marrón y de un olor muy fuerte.

Se frotó las manos con ese líquido, aplaudió con fuerza para quitarse el exceso y apoyó sus manos en la cara de la pobre E., que no entendía nada. Mientras nosotras mirábamos esta escena, la señora frotaba la nariz y el cuello de nuestra amiga. Y me pedía que le ponga más alcohol en las manos y volvía a tocar la cara de E. Le hablaba dulcemente, le pedía que inhale, que respirara fuerte. A los pocos minutos E. recuperó el color de su cara. Nosotras también.

No sabíamos cómo agradecerle. “No hay de qué” nos dijo esta mujer, que siguió su marcha despacio mientras nosotras la veíamos alejarse.

Llevamos como pudimos a E. al hotel y ese día descansamos todas. La altura se había cobrado la primer víctima, y al rato M. también iba a caer. Yo dormí varias horas seguidas. Las chicas se descompusieron, se levantaron al baño y volvieron a acostarse, varias veces a lo largo del día. Yo no me enteré. Casi ninguna vio la luz del día ese domingo. Nunca supe si fueron los 3.500 m o qué, pero dormí como un tronco, horas y horas.

Dicen que la altura pega en Cusco. 
Si yo estuviera en tu lugar, tendría cuidado…

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