Australia·Viajes

El viaje a Sydney: la aventura comienza

24/04/2016
NZ31 Ezeiza – Auckland
NZ101 Auckland – Sydney 

Me subí al avión en Ezeiza pasada de revoluciones. Tras varios días de venir durmiendo poco, la verdad que no veía la hora de que se sirviera la cena en el vuelo y ponerme a dormir… Entre la mudanza, renunciar al trabajo, despedirme de amigos y familia, había estado muy sensible y muy emocionada, pero también muy cansada. Había sido difícil no ponerme a llorar delante de mi familia cuando nos estábamos despidiendo. Pero tenía que ser fuerte, y entender que si para mí esto es un desafío que me provoca sensaciones encontradas, para ellos entonces es todo aún más difícil. Así que me reí, hice chistes, me hice la que estaba todo bien.

Después de pasear por el free shop (y no comprar nada), llegó la hora de embarcar. El avión estaba impecable. Era un Boeing 777-200, cada asiento tenía una pantalla táctil donde se podían elegir un montón de películas para ver o música para escuchar, juegos para los más chicos, e incluso un “seat chat”: si indicabas el número de asiento de alguna persona, podías chatear… no lo usé pero hubiera sido divertido.

No tuve tanta suerte y viajé acompañada por una pareja mayor. ¡Me hubiera gustado tirarme en los 3 asientos! Una vez que sirvieron la cena (pollo con pasta), dormí de a ratos y un tanto incómoda. Me tapé con la manta y acomodé la almohadita en el hueco de la ventana. Siento que giré y cambié de posición 20 veces. Pero cuando me quise dar cuenta, estaban sirviendo el desayuno: habían pasado 9 horas de vuelo y no me había dado cuenta. Un par de veces había pispeado por la ventana, pero al pedo, no sólo no se veía nada, sino que siempre que miraba estaba oscuro, jaja.

Avión[1]
Interior del avión

Después de volar durante 13 horas sobre el océano Pacífico, el avión finalmente aterrizó en Auckland, Nueva Zelanda. Cuando empecé a ver las luces de la ciudad, se me escaparon unas lágrimas. Bajamos del avión, y no hicimos migraciones, directamente fuimos llevados a la parte de “International Transfers”, donde luego de pasar por el control del equipaje de mano, tenía unas 2 horas y media hasta la salida del próximo vuelo.

El aeropuerto de Auckland estaba impecable. Mesas, sillas y sillones por todos lados, enchufes y WiFi: el paraíso de las escalas. A esa hora, no había mucha gente en el aeropuerto pero se percibía algo de movimiento. Aproveché la diferencia horaria (yo estaba muy despierta mientras el resto a mi alrededor moría de sueño), y prendí la compu para avisar en casa que estaba bien. Con 15 horas de diferencia horaria, mientras que el reloj del aeropuerto marcaba las 4 am del martes, en mi casa eran las 2 pm del lunes.

Me fui acercando a las pantallas… seguían diciendo que me relaje. ¿Cuándo me subo al próximo avión?

Cuando informaron la puerta de embarque casi que subí primera. Otra vez ventana, esta vez de día. Sirvieron dos opciones para el “desayuno”: la primera eran frutas con yogur y cereales, y la segunda una especie de tortilla de jamón, queso y tomate con papas fritas. No sé por qué elegí la segunda: mi estómago quería cenar aunque acá el reloj indicara que eran las 7 am.

Miré una película, dormí otro ratito, y aterrizamos finalmente… No lo podía creer. El avión pasó paralelo a la ciudad, y entró al aeropuerto por el sur, así que no pude reconocer nada desde el aire. Casi lloro esta vez, de nuevo. No podía parar de repetirme “¡mirá donde estás!“.

Estuvimos mucho tiempo en el avión hasta que pudimos bajar. Y pasé migraciones muy rápido, no me pidieron ninguno de los 20 papeles que había llevado impresos… Y tuve suerte y tampoco pasé por seguridad: directamente me indicaron gentilmente que fuera hacia la salida, sin revisión de equipaje. Obvio que tanta suerte fue compensada: cuando salí del aeropuerto, ¡se me rompió la mochila! Escuché como un “cric, cric” de costuras descosiéndose y en cuanto apoyé la mochila en un asiento, se me descosió una de los tirantes acolchados. Primero la desesperación, pero después improvisé un nudo y me calcé la mochila al hombro para salir del aeropuerto.

Hacía mucho calor y yo tenía jean, zapatillas, buzo y campera. Y la cabeza abombada. Me caminé unas 15 cuadras hasta la estación de tren para ahorrarme 15 dólares, como había leído en un blog. Compré mi Opal Card (la tarjeta SUBE australiana) y me tomé el tren T4 en la estación Wolli Creek hasta Kings Cross. Y de ahí caminé unas seis cuadras hasta el hostel.

La aventura comenzaba.

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