Australia·Viajes

Sydney: día 10

Viernes 06/05/16

“Otro día de playa”

Ya no quería saber nada con estar otra vez en el hostel y con la computadora, así que me levanté, desayuné rápido y a las 10 am estaba yendo para la playa: el destino esta vez es Coogee (se pronuncia algo así como “cushi“), una playa que queda un poco más al sur que la que estuve el otro día.

Y como siempre, salgo con buzo porque está fresco, y cuando llego a la playa puteo porque no me puse la malla. Otra vez se despejó todo, hay un cielo espectacular y hace calor. Me dedico la tarde a pasear por ahí, hacer el camino costero de Coogee hasta la playa de Bronte y voy parando cada tanto a descansar y sacar fotos. Me llevé un sandwich en la mochila, una banana y una barrita de cereal. Tengo todo lo que necesito.

Y no escribo más porque las fotos son muy lindas 🙂

Casi como la rambla en Mar del Plata, en Coogee hay toda una pasarela para caminar… la gente corre, las familias pasean a sus niños en cochecito. Son todos muy deportistas por acá. Hay gente de todas las edades.

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La rambla en Coogee Beach
Algo muy lindo que hay por acá es que hay verde. Las playas tienen toda un área con pasto para sentarse, mesas, lugares con sombra, árboles. Estás sentada con tu lonita en el pasto y tenés la playa a 50 metros. Y todo el camino costero va bordeando el agua, con las olas rompiendo sobre las piedras. Es un lugar hermoso.

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Y sí, obvio que estar acá me pone muy feliz.

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Esta tarde, y por primera vez desde que llegué, me sentí un poco sola. Me dieron ganas de compartir esto con alguien. De poder estar contemplando esos paisajes acompañada. Lloré un poquito también, pero debe ser porque estaba sensible. Pero cuando pienso dónde estoy, en qué lugar del mundo y las cosas que estoy viviendo, la sonrisa vuelve inmediatamente.

Y estas playas están a media hora del centro de la ciudad, puedo venir cuantas veces quiero. Estar acá me da mucha paz, siempre está tranquilo, y nunca está lleno de gente. Puedo sentarme en el pasto a leer o ir al agua a mojar los pies.

Esa noche, la gente del hostel me invita a tomar algo con ellos. Pero no salgo al final: a ellos se les hace tarde, Andrea no me avisa dónde están y yo me quedaba dormida en cualquier momento. Pero como ya estaba vestida para salir, aproveché y me fui a tomar un helado, jaja. A la gorda no la para ni el sueño. A las 23.30 de un viernes, cuando todos se iban a un bar y las chicas se iban a bailar, yo me fui a conocer la heladería Messina, un lugar muy famoso acá en Sydney y donde los helados tienen la fama de ser los mejores de esta ciudad.

Sólo comí helado dos veces desde que llegué, pero éste realmente estaba muy bueno: probé dos sabores de la casa, uno de avellanas con pedacitos de torta y una crema muy suave con marshamallows y frambuesas.

Cuando volví al hostel ya era pasada la medianoche, y estuve una hora hablando con mi compañero de cuarto, Erik, que me contaba orgulloso del auto que se había comprado para recorrer toda la costa este de Australia… un viaje que hacen muchos, porque tiene las mejores playas de este país. Con este chico compartimos el cuarto desde que llegué y sin embargo, nunca habíamos hablado más que hola y chau. El es alemán y son bastante callados la mayoría… cuando ya sentimos que molestábamos al resto de nuestros compañeros de cuarto, nos dimos vuelta cada uno en su cama y buenas noches.

La vida del hostel es así.

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