Australia·Viajes

Sydney: día 37

Jueves 02/06/16:

A las 7 me estoy tomando el tren en Central, con un café y un muffin, y 7.30 am estoy en la estación de Waverton. Me tengo que encontrar con Verónica, la team leader que hoy me supervisará en el trial de… repartir volantes.

Hace un frío tremendo. Me vine con sweater abrigado y campera pero a esta hora, realmente hace frío. Hace cuánto que no salía de casa a esta hora, desde que trabajo que duermo mucho más a la mañana y estoy amaneciendo cerca de las 11… lo malo de trabajar de noche.

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Waverton Station

Somos tres esa mañana: Verónica, que es española, y un chico francés. En esa estación pasa tan poca gente que la chica llama a su jefe y nos cambiamos a una un poco más concurrida. Encima que la estación es chica, hay una persona repartiendo volantes de política en el mismo lugar… es decir, hay cuatro personas en 10 metros de vereda, jaja.

A las 9 de la mañana terminamos de repartir los 600 volantes entre los 3, así que me vuelvo a casa. Estuvo bien, no hay que convencer a nadie de nada, es simplemente estirar el brazo y darle un papel a la gente que pasa. Se me hace rápido por suerte, y a pesar del frío, la verdad que no fue tan grave. Es un buen complemento a mis trabajos de moza, parar ganar un poco más de plata. Y además, me obliga a levantarme temprano. Creo que voy a intentar hacerlo algunas mañanas.

Cuando llego al departamento, son las 9.15 y todos duermen. Así que aprovecho y me pongo a hablar con mi hermana y con mis viejos durante un largo rato… pero en la vereda. Con la voz que tengo yo, si me pongo a hablar en el living, voy a despertar a alguno. Aunque al final soy considerada al pedo, porque cuando después de almorzar me acuesto a dormir una siesta, todos hablan  y encima hay una máquina en la calle reparando no sé qué cosa, y no puedo dormir nada.

A las 4 de la tarde, con un poco de sueño, me voy para el restaurant.

Como hay poco movimiento, la manager me pone a limpiar toda la barra y las heladeras, veo que hay una mugre de semanas… pero no me quejo, por lo menos estoy haciendo algo. La chica colombiana que trabaja acá hace casi un año me cuenta que la semana que viene es su última semana. Que está cansada de hacer todos los días lo mismo, y que quiere buscar otra cosa. También me dice que le caigo bien y que le gustaría vivir conmigo si me quedo más tiempo en Sydney… porque sino ella se encariña con la gente y luego todos se van y eso la pone triste. Claro, va tres años viviendo acá, me imagino cuánta gente ha pasado por su vida y cuánta gente ha tenido que despedir.

Mejor ni pienso cómo voy a estar yo en unos meses. O en unas semanas. La gente acá está de paso, todos venimos a trabajar y a juntar un poco de plata para seguir viajando, con lo cual todos los vínculos que se generan son pasajeros… algunos pueden derivar en amistades más profundas, pero la mayoría de las relaciones son temporales, y hay que aprender a convivir con eso.

Hace varios días que tengo antojo de comer algo en el restaurante… en el menú hay tres postres: churros, waffles con helado y profiteroles. Siempre que puedo, me como algo de lo que la gente deja en sus platos (sí, es una práctica muy común, jaja, no digo que esté bien, sólo que mucha gente lo hace). Pero hoy me quiero comer el waffle.

La manager está cenando una ensalada y yo quiero comerme un postre. Soy tremenda.

La chica colombiana me dice que si espero a que el chef se vaya, y lo pido antes de 21.30 que cierra la cocina, los chicos me lo pueden preparar y no tendría que pagarlo… cuando el chef está presente en el restaurante, nosotras no podemos comer nada. Pero tengo hambre y no quiero incomodar a nadie, así que me pido mi waffle, pago la mitad de lo que cuesta y me siento a comerlo en una esquina de la barra.

Qué placer. Lamento que no haya fotos, jaja. El waffle viene con bananas caramelizadas, almendras y helado. Así no haya sido gratis, lo pagué 5 dólares, he comido cosas peores por más dinero que eso… Y menos mal que no espere a que el chef se vaya: vino una amiga a visitarlo y se termina quedando casi hasta el cierre del negocio. No sólo no hubiera podido comer el postre, sino que tampoco hubo muchas sobras ese día, sólo pude picotear ensalada de coliflor.

Luego que limpiamos todo el local y ordenamos como todas las noches, salí para casa con una lluvia sorpresiva. Esperé el bus en la parada equivocada y luego tuve que correrlo cuando lo vi llegar a 50 metros.

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En cada parada están estos carteles que indican cuáles líneas pasan, los horarios y el mapa

Llego  a casa empapada y de mal humor, me tomo un té y no tengo ni ganas de ver Game of Thrones. Están los chicos, los amigos de Alba, el chileno, pero no tengo ganas de quedarme charlando hoy, así que me voy a dormir. Mañana será otro día. ¡Y dormir con el ruido de la lluvia de fondo no está nada mal!

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