Australia·Viajes

Sydney: días 70 y 71

Martes 05/07/16:

Me levanto muy tranquila, cerca de las 9… desayuno con tiempo, me doy una ducha, estoy en pijama relajada en el departamento cuando suena el teléfono… Me llaman del restaurant y me preguntan por qué no estoy allá.

-Hola qué tal, no sabía que tenía que ir a trabajar hoy.
-Sí, es el mismo horario de la semana pasada.
-OK, nadie me dijo eso…

Me cambio a los pedos y estoy yendo para el restaurante cuando me acuerdo que tenía que ir al banco a depositar un cheque (ayer después de un mes fui a retirar el cheque del pago del trabajo que hice repartiendo folletos casa por casa… nunca había vuelto a ir a la oficina). Así que si ya que estoy llegando tarde al restaurante, llegaré cinco minutos más tarde… a la mierda.

Voy a una sucursal del banco emisor del cheque. Hago la fila, espero menos de cinco minutos. La cajera me explica que tengo que ir con el cheque al banco donde tengo mi caja de ahorros. No se me había ocurrido… Voy entonces a una sucursal de mi banco. Acá hay varios bancos, de los conocidos en todo el mundo está el HSBC, el CITI… pero hay bancos locales como el ANZ o el Comm Bank.

Me impresiona lo rápido y fácil que es. En un minuto tengo el cheque depositado y a la media hora, la plata en mi cuenta: el cheque lo deposité por cajero, una pavada, directamente puse el cheque en la ranura, el cajero “lo leyó” y listo, sin tener que endosarlo ni tuve que mostrar mi pasaporte, nada. Y la plata me dijeron que tardaba como mucho tres días hábiles…

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Trabajo de 12.30 (cuando llego) a 15… y después de 17 a 21. Salgo temprano dentro de todo, pero tener dos horas al pedo en el medio me molesta, porque para ir al departamento es poco tiempo, ir al shopping es gastar plata…

Pero bueno, llegar temprano a casa también quiere decir ver a las chicas, poder charlar con ellas antes de que se vayan a dormir… Esa noche estamos casi todos. Y nos ponemos a charlar, a reírnos de cómo hablan los australianos y contamos anécdotas, como que a todos nos pasó de no entender lo que nos están diciendo y tener que pedir que nos repitan una, dos, tres veces. Es que hablan tan cerrado y encima achican las palabras. Un capuccino es “cup“, por ejemplo. O en vez de decir “good day“, dicen “g`day“. Todo abreviado.

Y cada uno cuenta cosas que le han pasado en sus trabajos, y nos reímos. Y tiene razón Alba cuando le dice al chino que “somos como una familia”. Hay buen clima acá adentro, nos reímos todos y la pasamos bien, y el departamento está ordenado y bastante limpio, y también está bueno vivir así.

 

Miércoles 06/07/16:

A las 7.30 am arranco el día repartiendo flyers, esta vez, en la estación St. James, a 20 minutos del departamento. Voy caminando, como todos los días. Hace un poco de frío y es temprano, sí, pero hay un sol lindo, y el cielo está despejado. Igual tengo sueño, no soy una persona mañanera…

Llego a casa con la idea de darme una ducha y acostarme un ratito… pero hoy todos están en casa despiertos, no sé por qué todos hablan hoy, así que no puedo pegar un ojo.

Quedé en almorzar con Pame, una chica chilena que conocí en la cervecería y que ahora no trabaja más ahí. Paseamos por Darling Harbour y paramos a almorzar en uno de los tantos restaurantes que hay por ahí. Nos charlamos todo y aprovechamos a comer algo rico: yo me pedí fish and chips, pescado con papas fritas.

Cuando nos despedimos, me vuelvo para el departamento atravesando la calle principal del Chinatown. Sí, porque vivo muy cerca de la estación de tren y del otro lado, está el barrio chino, lleno de negocios, mercados, restaurantes… De hecho está llena de chinos esta ciudad, aunque supongo como en todos lados, jaja.

Vengo mirando todos los locales y me tiento con frozen yogurt: la gorda eligió tres sabores de yogur (chocolate, frutilla y avellana) y le puso todos los topping que había (confites, marshmallow, pedacitos de brownie, Oreo…). El postre más caro de mi vida, era por peso al final, así que se me encareció un poco, jaja.

 

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Chinatown

Vuelvo a casa y me pongo el pijama otra vez, creo que es la tercera vez en el día. Quiero (necesito) dormir un rato antes de ir a trabajar.

Pero me acuesto y mi cabeza toca la almohada cuando llega Marlous… y me cuenta que hoy tuvo su prueba en un puesto donde venden paellas (donde la recomendó Alba), y que siendo su primer día en el local llenó de salsa a todos los clientes. Me muero de la risa, pobre, ella toda mortificada, le pasó dos veces en cinco minutos de querer ponerle salsa a las paellas y que no saliera bien del pomo y pum, cuando apretó más fuerte saltó salsa por todos lados, jajaja.

Después de escuchar el episodio de la salsa no me puedo dormir ya, así que ooootra vez me levanto sin dormir la siesta.

Me voy para el restaurante y no sé por qué se me hace tarde así que me tomo el colectivo para llegar a horario. Desde que estoy en Sydney soy puntual parece, jaja. No estoy ni una hora cuando la manager nueva dice que alguien sobra en el restaurante y que tiene que mandar a alguien a casa.

Y ahí saco mis dotes actorales y le digo que no me siento muy bien, que si puedo irme yo le agradezco.

Así que 45 minutos después de haber llegado, me estoy yendo 🙂

Le escribo a Marlous toda contenta que vamos a poder cenar juntas en el departamento. Me contesta si es un chiste. Ella y Ludovic estaban yendo al restaurante. Sorpresa que sale mal porque no tenían reserva y está lleno. Así que nos terminamos encontrando los tres por ahí y nos vamos a comer juntos. En el medio yo hice un poco de shopping y me compré una remera negra, calzas nuevas y una remera rayada por 30 dólares.

Vamos a un local de sushi, donde las bandejas vienen en trencito desde la cocina. No hay estas cosas en Buenos Aires, ¿o sí? Quedo fascinada con la idea. Los chicos se comen una bandeja atrás de otra y yo sólo pienso en qué buena idea la del trencito. Al final me tiento y también termino comiendo. ¡Qué distinto es el sushi acá! Y qué rico también. Y el sistema, una pavada pero muy bueno: cada platito tiene un color distinto. Depende el color es el precio. Entonces vos agarrás los platitos que querés a medida que van pasando por enfrente tuyo (las sillas están puestas a lo largo del trencito) y cuando terminas de comer, un chico viene, cuenta los platitos y completa en un papel cuántos hay de cada color. Con eso vas a la caja y pagas. Muy fácil. No hay mozos, no hay servicio de mesa, la comida está fresca siempre… una genialidad.

Yo estoy con la panza llena de sushi ahora, pero los chicos tienen antojo de dulce y van a un café donde venden chocolates y waffles. Me hace mal ver lo que se están por comer: un waffle con helado y chocolate. Pero yo ya quedé que iba a salir hoy, y no quiero seguir comiendo…

Aprovechando mi noche “libre” que acabo de conseguir, me voy a un bar con Ben, mi amigo canadiense… ¡noche de trivia de nuevo! Pero esta vez no ganamos nada. Fueron bastante más difíciles las preguntas. Y como broche de oro de la noche, llueve un montón. Lo mejor es que en esta ciudad de la nada surgen planes, todo es divertido y sigue habiendo lugares por conocer, más restaurantes adónde tengo que ir a comer, y muchas salidas pendientes.

 

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