Australia·Viajes

Sydney: días 80 y 81

Viernes 15/07/16: 

Hoy fue uno de esos días de locos donde realmente no sé cómo hice para aguantar.
Trabajé de 8 a 21 en la cervecería.

Los fines de semana hay un mercado donde varios restaurantes de la zona tienen sus puestos en la calle, junto a otros locales de artesanos o de venta de productos artesanales. La cervecería tiene un puesto ahí, donde venden panchos y pretzels. Y hoy me pusieron ahí. En parte estoy contenta porque estoy afuera del restaurante y no tengo que lidiar con los clientes, jaja, y además está bueno salir, cambiar de aire, estar afuera.

Somos dos personas nada más: el cocinero es un chico que tendrá 30 y pico, es bastante buena onda por ahora. Llegamos a las 8 am porque hay que armar el puesto primero: para eso sacamos las salchichas, las cajas de pan, los manteles, una heladera portátil, una canasta, bandejas de cartón, servilletas, frascos de ketchup y de mostaza, matafuegos, cuchillos, bandejas… armar todo lleva un par de horas. Tengo que ir a la cocina veinte veces a buscar cosas y a seguir ayudando a traer el resto. El cocinero me dice que a las diez tenemos que tener el puesto en condiciones.

La cosa es que llego 8.07… me perdí el tren de 7.40 así que me tomo el próximo, y llego unos minutos tarde. Cuando llego a la cervecería, corro al vestidor, me cambio (me tengo que poner el vestido para estar en el mercado) y cuando estoy lista para empezar a ayudar, el cocinero me reta porque llegué tarde. OK, es muy temprano para que me cagues a pedos…

Después de armar todo el puesto, el cocinero empieza a preparar las salchichas en el grill. Entonces yo voy a buscar algo para tomar, un café, agua, algo. La chica de la barra me dice que no hay café para nosotros, sólo para los managers porque no sé qué les falta pero no le dejan hacer café para el resto… miserables.

El día se pasó rápido pero termino muy cansada. No es lo mismo que atender gente en el restaurante, pero igual te cansa. Explicar todo el día la diferencia entre las distintas salchichas (“this is pork with herbs, this one is pork with beef and the last one is Wagyu beef”) me tuvo entretenida. La gente pasea por todos los puestos y duda bastante antes de comprar algo. Yo no sé como compran las salchichas que vendemos nosotros, realmente hay cosas mucho más ricas en el mercado… y encima cobramos caro: 10 dólares cada pancho. Se hacen millonarios estos tipos.

Los que están al lado nuestro son japoneses, y venden como unas empanaditas de verdura o de carne y una especie de tortilla que tiene una pinta… Nos convidan algo para que comamos. Obviamente trabajando en un mercado estamos rodeados de comida, pero no podemos comer nada. Yo a las 12 ya tengo hambre, y tengo que esperar a que me toque el break… pero me muero de hambre así que les agradezco enormemente a mis vecinos. Me agacho y como abajo de la mesa, para que no me vean desde el restaurante.

Cuando termina el mercado son casi las 4 de la tarde… y ahí recién me dan una hora de break. Estuve trabajando de 8 a 16 de corrido. Estoy desesperada por comer algo, así que me agarro un pancho y también le compro cosas a los japoneses: liquidan las últimas bandejitas y me regalan sushi y una ensalada. Me tiro a comer al solcito y me quedo dormida…

Vuelvo a trabajar. Y me ponen en la puerta, con olor a salchichas y todo, estoy ahí recibiendo a los clientes… y hace frío y estoy con el vestido este horrible… Qué pocas ganas de estar acá. Le pido a la manager de irme antes y me dice “veremos cómo está hoy“. Me termino yendo a las nueve de la noche.

Sábado 16/07/16: 

Hoy fue un día aún más loco que ayer.
De vuelta estuve en la cervecería de 8 a 21… pero hoy es sábado, la gente sale a pasear los sábados… ¡y aparentemente todos quieren comer panchos!

Vendimos no sé cuántos panchos hoy. Arriba de 500 seguro. En algún momento dejamos de anotar. No paramos un minuto desde las 10 de la mañana. Sólo tuve media hora de break, creo que hasta se olvidaron de mí de lo concurrido que estuvo el mercado. Claro, fue un día de sol espectacular. Amaneció muy frío pero al mediodía ya estaba re lindo.

Hoy llego a las 8 puntual para que nadie me diga nada. El chef no llegó todavía. Cuando aparece son 8.15, yo estaba rellenando los frascos de mostaza y ketchup. Vamos a armar el puesto, ya tengo más claro donde va cada cosa y cómo se acomoda todo. Igual me reta, porque todo tiene que estar “más prolijo”.

Hace mucho frío así que hoy aunque no les guste, me quedo con las calzas abajo del vestido. No me quiero enfermar. La chica del bar me hace un té con jengibre, que trajo de su casa porque ayer me vio que me sentía mal.

Qué ganas de renunciar.

El chef está charlatán hoy, y me cuenta que su mujer y su hija lo están esperando en EEUU. Que en un mes se va a vivir allá, que él no quiere pero piensa en el bienestar de su familia. Le cuento que yo por ahí también me voy en un mes, que estoy pensando en irme de Sydney. Hablamos de todo un poco durante un rato. Hablamos de los manager, me cuenta un poco de cada uno, de que hay unos más buenos que otros. Me cuenta que los chicos de la cocina trabajan entre 15 y 18 horas por día, que los explotan…

El del puesto de al lado escucha todo, y cuando me quedo sola en un momento, me pregunta si necesito trabajo. Tiene un restaurant italiano. Creo que me escuchó decir que estoy cansada de este laburo, de este vestido y de los panchos, jaja.

Después de mi pequeño break, obviamente me mandan a la puerta de nuevo. Pero ya no me siento bien a la tarde: entre que hizo frío hoy temprano y después al mediodía hizo calor, sumado a que me pasé todo el día al aire libre hablando con la gente, ya casi no tengo voz. Para poder estar en la puerta, me tengo que sacar las calzas pero me dejo la pashmina puesta, aunque no sea parte del uniforme. El gerente general pasa y me dice que me la saque, que no puedo tener tapada la boca. Le digo que tengo frío y que no me siento bien. Me dice que “haga el esfuerzo”. Ni siquiera paré a almorzar hoy pero tengo que estar perfecta en la puerta.

A la mierda este trabajo. No necesito estar sufriendo tampoco, no vale la pena. Esa noche salgo de la cervecería con la decisión tomada: el próximo finde es el último que trabajo acá.

Cuando salgo, paso a buscar a las chicas: ellas también están trabajando en el mercado, en el puesto de paellas. Me dan una a escondidas. Y también me esconden una paella de chocolate para comer en el departamento. Las tres estamos solas cuando llegamos, ponemos música y nos reímos un rato, pero estamos tan fusiladas que a las diez estamos acostadas.

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