Fiji·Viajes

Fiji / Parte I

Domingo 31/07/16 
Día 96

Porque siempre mis vacaciones arrancan accidentadas.
(Mejor, así tengo más para contar)

Salimos bien temprano hoy, con el sol recién saliendo y cada una con su bolso, nos fuimos a tomar el tren para ir al aeropuerto. Tal como hice cuatro meses atrás, al llegar a Sydney por primera vez, bajamos una estación antes y caminamos media hora hasta el área de Departures de la terminal. De esta manera, nos ahorramos unos lindos 15 dólares (que es lo que cuesta utilizar el tren en el aeropuerto, es una tarifa arbitraria y fija que no tiene sentido cuando el viaje hasta la estación anterior sale 3 dólares).

Al llegar a la estación, tenemos que apoyar la tarjeta Opal en el lector para poder salir, ya que se pasa la tarjeta al subir y al bajar del tren. Marlous no la encuentra, la perdió de nuevo. ¿Se la habrá dejado en el tren? Después de vaciar su cartera, hurgar en el bolso y de maldecir unas cuantas veces, termina saliendo sin pagar. La tarjeta aparece dos horas después, en su gorro de lana. Que tiene puesto en la cabeza. ¡Nunca sabremos en qué momento se la guardó en el gorro de lana!

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Llegamos al aeropuerto, vamos al mostrador de Jetstar a hacer el check in. Las dos lo hicimos por internet así que debería ser un trámite sencillo y rápido. La empleada de la aerolínea me pide copia de la visa que tengo para estar en Australia.

No la traje.
No se me ocurrió que me la podían pedir.

Marlous tiene una carpetita con todos sus documentos, yo tengo una valija llena de ropa de playa.

Dudo unos segundos, y luego termino entrando a la página de la Embajada de Australia y descargando una copia de la visa en ese mismo momento, lo que me lleva unos cinco minutos. Menos mal que la empleada está de buen humor. Chequea en el documento en mi celular que la visa sea correcta y la fecha en que expira. Cuando ve que está todo bien, me sugiere que la imprima y la tenga a mano.

Pasado el momento de tensión, nos toca elegir asientos.

Le digo que las dos queremos ventana.
Total no nos vamos a hablar en todo el viaje, me cae bastante mal” le digo a la señora señalando a Marlous, y nos reímos las tres. Yo creo que las dos nos quedaremos dormidas antes del despegue.

Sin más que decir, nos devuelve los pasaportes y nos da los boarding pass, que ni reviso.
Primero vamos a cambiar un poco de plata australiana por plata fijiana (el cambio es que por 1 dólar nos darán 1,50 dólares de Fiji), y ya nos vamos a pasar por Seguridad y Migraciones.

Tenemos que comer algo antes de subir al avión. Volar con  la aerolínea Jetstar es bastante económico, porque entre otras cosas, no te dan servicio a bordo. Ni comida ni bebidas. Si querés comer, tenés que pagarlo aparte. Lo mismo con la valija: si querés llevar una, tenés que pagarla. Por eso sólo trajimos equipaje de mano.

En el aeropuerto hay un montón de lugares para comer, cafés, restaurantes… muchísima gente hay a esta hora dando vueltas. Nos compramos un yogur, el mío tiene manzanas y crumble. Marlous me dice que se lo comerá en el avión, pero yo no puedo esperar tanto.

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Nos toca hacer el control de Migraciones. Hay un par de agentes, pero están controlando de lejos. Está todo automatizado. Me dice un señor que me ponga en una de las filas… entonces veo a la persona delante mío. Apoya el pasaporte en un lector, luego de unos segundos se prende una luz verde, se abre el molinete. La persona retira su pasaporte del lector y luego se acerca a un segundo puesto donde una computadora le toma la fotografía. Si está todo bien, luz verde y se abre el segundo molinete.

Eso es todo. No hay personas involucradas en el proceso. Una maravilla.

Me toca a mí. Apoyo mi pasaporte argentino en el lector, luz verde, avanzo al segundo puesto. Estoy parada frente a la computadora para la foto cuando escucho detrás mío “excuse me“, dos veces. Me habla un señor… me dice muy gentilmente que me olvidé el pasaporte en el lector. Me doy vuelta para agarrarlo, y obviamente la computadora no me puede tomar la fotografía porque me estoy moviendo. Luz roja.

Miss, follow me” me dice un agente. Me lleva a un escritorio y yo temiendo que me hicieran mil preguntas, pero no, revisan mi pasaporte y ven que está todo bien, así que me saca la foto ahí y me deja seguir. Marlous se ríe a lo lejos, debe haber visto la secuencia… debo haber sido la única persona en el mundo que se mueve y se da vuelta en un control de migraciones.

Nos toca Seguridad ahora, escanean nuestros bolsos. El mío pasa lo más bien, no suena ninguna chicharra. Me piden sacar los líquidos de la valija, y yo feliz y orgullosa con todos mis mini frasquitos. Todo en orden. Después de eso, un agente me llama aparte. ¡Otra vez! Pero no es grave tampoco, están revisando algunos bolsos al azar en busca de explosivos. Que busque todo lo que quiera, pasa el aparato por mis cosas y obviamente, no encuentra nada.

Listo, buen viaje para mí.

Me doy vuelta buscando a Marlous… ¿dónde está? No la veo. Al rato la veo venir. Le hicieron dejar su yogur. Nos enteramos que no se pueden subir productos lácteos al avión. No lo sabíamos. Menos mal que yo ya me lo comí…

Paseamos un ratito por el Duty Free, pero yo no miro nada con atención. No quiero gastar plata. Marlous se compra un café y nos vamos acercando despacio a la puerta de embarque.

“Ultimo llamado para el vuelo JQ119”

¿En qué momento pasó tan rápido el tiempo?

No nos queda otra, vamos hacia la puerta, entregamos las tarjetas de embarque y el chico nos detiene, y nos dice que no se puede subir bebidas al avión. Marlous le empieza a discutir que sí se puede, que lo acaba de comprar, no es que lo trajo de su casa.

-Claro, pero bebidas calientes no se puede. Es peligroso.

Yo me río de nuevo. Le pasan todas hoy. Nos quedamos unos minutos ahí para que se lo tome, pero el café está muy caliente, está recién hecho y se está quemando la lengua. Lo termina tirando a la basura. Nos reímos pero pobre, no comió yogur ni tomó su café al final. Somos las últimas en subir al avión.

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Le entrego el boarding pass a la azafata y en ese momento me doy cuenta que mi asiento es 16 D. Pasillo. ¡Odio viajar en el pasillo! Pero y eso que pedimos ventana las dos… Ni siquiera es que voy sentada en la misma fila que Marlous. Le pregunto si hay alguna ventanilla disponible. Agarra la lista de pasajeros y la revisa… me dice que no, que están todas ocupadas. Y después me dice:

-16D… Fernandez… No estás en la lista de pasajeros.

Y me muestra la hoja impresa con todos los nombres y apellidos de la gente en este avión. Y es verdad, no estoy. Que no se caiga el avión por favor, que soy una NN, jajaja. Me dice que no hay problema igual, que no me preocupe por no estar en la lista. Sí, claro. ¡Cómo no voy a estar en la lista!

Me acomodo en el pasillo, tengo de un lado a una pareja mayor de edad y del otro lado del pasillo a una familia bastante ruidosa. El nene usa anteojos y mira dibujitos animados en la tablet. El padre tiene anillos y aros de oro, polera blanca y zapatos de vestir. Parece un mafioso salido de una película. Saca de su bolso un taper con verduras cortadas y un sandwich envuelto en papel de aluminio. Esta gente sí que se vino preparada. Despega el avión. Me duermo enseguida.

Estamos llegando… empiezo a ver palmeras, palmeras por todos lados. El día está gris, no puedo distinguir bien el color del agua, pero veo las casas, todas bajas, algunas piletas. No veo gran civilización. Veo pocos edificios, distingo algunas calles.

Aterrizamos en el aeropuerto de Nadi, la segunda ciudad más importante de Fiji, después de Suva, la capital. Nadi está en el oeste de la isla, Suva en el lado opuesto. Bajamos del avión y oh por dios, la humedad. No caminamos ni diez metros por la manga y ya estoy transpirando.

Llegando a Migraciones nos reciben tres personas cantando, una linda bienvenida. Por otro lado, vemos que el aeropuerto está en refacciones y hay varias partes en obra. Muchos carteles y poco aire acondicionado. Me sellan el pasaporte muy amablemente en Migraciones. Un nuevo sello para coleccionar. 

Después de comer algo, nos vamos hacia la parada de colectivos. De acuerdo a lo que leímos en internet, el bus local viene una vez por hora y debería venir en 45 minutos. Mucha gente tiene transfer a sus hoteles y también hay servicio de taxi. Pero nosotras queremos ir en el bus local. Siempre es más divertido.

A los diez minutos de estar esperando sentadas en el piso, viene un colectivo grande. Vemos que el cartel dice que va en la misma dirección que vamos nosotras. Pero supuestamente todavía falta media hora para que pase… le preguntamos al chofer y nos dice que está lleno, que esperemos el próximo. No entendemos nada, la gente sigue bajándose… Volvemos a acercarnos y preguntar. Entiende inglés y nos contesta, pero no nos está explicando bien.

Que sí, que no, terminamos subiendo. Pero sólo quedan dos asientos vacíos. Marlous se va al fondo, y a mí me toca en el segundo mejor asiento del bus: el de copiloto.

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A pesar de que me estoy muriendo de sueño, no puedo dormirme. Ninguna de las dos conoce el camino ni sabe bien adónde estamos yendo. Y no me puedo relajar. Encima ahora está lloviendo. Me engancho con la película que están pasando en el colectivo. Ya me conseguí lugar en el fondo y dejé mi buen lugar en primera fila.

Primer parada: Sigatoka. ¿La gente se baja del colectivo a estirar las piernas? No, parece que a comprar cosas en el mercado. No hace ni una hora y media que salimos. Marlous vuelve con kiwis y con pan de coco. Todavía faltan dos horas de viaje. No sabemos bien dónde estamos, pero le preguntamos a la gente alrededor y todos muy amables nos dicen que todavía falta. “Sí, ¿pero cuánto?” no puedo dejar de preguntarme. Todos dan respuestas distintas.

Lo mejor es relajarse y esperar llegar a destino. No sabemos cuánto falta.

Pero en algún momento, el colectivo frena en la ruta. Llegamos.

La entrada al hostel son unos 200 metros caminando entre árboles. No hay ningún cartel, pero el chofer dijo que era acá. Está empezando a anochecer. Bajamos con los bolsos y nadie nos cobró el viaje, el colectivo arrancó y se fue, dejándonos con la plata en la mano.

En la recepción una mujer nos pregunta nuestros nombres. Marlous le dice que tenemos una reserva por dos camas en habitación compartida. La mujer nos ve y parece que le estamos hablando en chino.

-No tengo ninguna reserva a nombre de ustedes.

Marlous le explica, le muestra los mails de confirmación, todo. Pagamos por cinco noches acá. No hay lugar, el hostel está lleno. Está lloviznando y no tenemos dónde dormir.

Pero las cosas se solucionan.

Nos terminan ofreciendo una habitación privada.
No lo podemos creer.
¡Tenemos una cama para cada una y baño privado!

Esa noche dormimos como dos bebés, en nuestra primera noche en The Beachouse.

Así arranca la semana en Fiji.

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