Fiji·Viajes

Fiji / Parte II

Del lunes 01/08 al jueves 04/08:
Días 97 a 100

“La estadía en The Beachouse”

No podíamos haber elegido mejor lugar donde hospedarnos. Beachouse significa “casa de playa” en inglés y realmente se sintió así.

Tras la llegada un poco estresante que habíamos tenido (entre el viaje de tres horas en micro con la gente local y la sorpresa de que no tenían nuestra reserva en el hostel), con el correr de los días todo fue paz y tranquilidad.

The Beachouse está en lo que se conoce como Coral Coast de Viti Levu, la parte sur de la isla principal de Fiji. Recién ahora que estuve allá tengo una idea de lo grande que es Fiji: no sé cuántas islas son, pero parecen demasiadas para conocerlas en sólo una semana…

The Beachouse está en un lugar alejado de Nadi y de Suva, las dos grandes ciudades de Fiji: es a mitad de camino, en el medio de la nada. Y estuvo bueno ir a algo fuera del circuito tradicional, lo que te venden las agencias de turismo: las islas paradisíacas Yazawa y Mamanuca, a la izquierda en el mapa. Me alegro mucho que Marlous me insistiera con ir a este lugar.

fiji map

En un lugar así, no hay nada más que hacer que relajarse y disfrutar.

El paquete de cinco noches en habitación compartida costó 125 FJD, y aparte de eso, te hacen contratar el servicio de comidas (desayuno + cena) por otro 125 FJD. Por ese precio no vimos nada similar en cuanto a servicio y calidad en otro lugar. El desayuno siempre fue completo y abundante: distintos panes, mermeladas, fruta, jugo, café, huevos revueltos, salchichas. Y para la cena siempre había para elegir entre dos o tres opciones, algunos días venía con entrada, otros días venía con postre. Todos los platos que comimos estuvieron buenísimos. Pescado fresco, pulpo, atún e incluso otros pescados locales que nunca había escuchado nombrar (y que ya me olvidé sus nombres). Todo venía con muchas verduras, muchos vegetales que se cultivan sólo allá, algunas raíces. Qué descubrimiento fue probar sabores nuevos, probaba cada plato sin cuestionar que tenía, sin preguntar sus ingredientes. Dejarse llevar por los colores que traían fue lo mejor que pude hacer. Pocas veces en mi vida había comido algo sin saber qué era lo que exactamente estaba en mi plato. 

Teníamos la playa del hostel sólo para nosotros. Metros y metros de arena blanca para tirarse a descansar sin que nadie te moleste. Una linda pileta, hamacas por todos lados, muchas reposeras, mucho verde.

Teníamos un café abierto de 11 a 15 donde podíamos comprar el almuerzo. Teníamos un bar donde aprovisionarnos de cerveza tirada para disfrutar los atardeceres. Mesa de ping pong, mesa de ajedrez. Un cartel que se completaba a diario indicaba los horarios de las actividades previstas para el día. Claro, depende del estado del tiempo. Siempre había muchas cosas para hacer, desde cabalgatas por la playa, clases de surf, snorkelling, excursiones. Marlous probó los masajes un lunes lluvioso y yo hice la clase de yoga.

En los cinco días que estuvimos acá tuvimos días de sol y días de lluvia. Primero fueron los días grises y estuvimos descansando a pleno. El martes nos fuimos a conocer un pequeño pueblo a diez minutos del hostel: Namatakula. Para poder entrar en el pueblo, el hombre que nos acompañó y nos hizo de guía y de traductor, nos dijo que teníamos que cubrirnos las piernas. Acá llueve pero hace calor, y las dos estábamos de pantalones cortos. Así que nos pusimos un pareo anudado en la cintura como pollera.

Y fuimos a la escuela, los nenes todos nos miraban con mucha atención y nos estiraban las manos para jugar con nosotras. Pero también fuimos al jardín de infantes, donde los más chiquitos están por la mañana mientras sus padres trabajan. Y nos ofrecieron té, nos dieron galletitas. Nos invitaban a sentarnos junto a ellos, a formar parte de esa comunidad. Y los chicos venían y nos querían abrazar. No hablan casi inglés pero no hay barreras de idioma con los niños: todo era pura sonrisa. Yo no podía dejar de mirar esas caritas, de devolverles la sonrisa, de sacarles la lengua. Todos saben que me gustan los nenes y que quiero tener mil hijos, pero en ese lugar era como que me sentía muy cómoda, pese a ser una turista, de piel blanca y con ropa diferente a la ellos usan.

Nos estábamos yendo cuando la directora nos invitó a volver al día siguiente. Nos cuenta que justo esa semana era la pre-week school, donde los chicos tienen actividades deportivas, artísticas, antes de arrancar el período escolar. Y necesitaban voluntarios, gente que pueda ir a dar una mano. Nos miramos con Marlous y estuvimos encantadas de volver.

Pero al día siguiente, Marlous amaneció sin voz. Y siguió sintiéndose mal los días siguientes. Le agarró una especie de gripe, por el aire acondicionado del avión o el cambio de clima, no lo sabemos. Así que me fui sola para la escuela. Primero dudé, ahora no sé bien por qué, pero al principio no quería saber nada con la idea de ir sola. Pero menos mal que fui.

Fue una de las experiencias más lindas que tuve en mi vida.

Llegué al jardín y los nenes me estaban esperando. Había dicho 9.30 la directora el día anterior, y yo llegué 9.45. Estaban todos pintando, con las manos llenas de colores. Y la directora se me acerca y me dice al oído.

-Te están esperando. Que les cantes una canción, lo que quieras.

Y acto seguido me agarró un pánico escénico, jaja.

No sabía que hacer. No había pensado nada, no recordaba ninguna canción de mi infancia, de repente tuve un bloqueo mental. Y la directora me sugirió que me presentara, que les dijera mi nombre a los chicos.

En un inglés muy pausado les dije que me llamaba Paloma y que mi nombre en mi país significaba pájaro. Se ríeron. Sentí como todos esos ojos me miraban. Y de repente todo empezó a fluir.

Bailamos el famoso “chu-chu-ua” de Piñón Fijo, traducido al inglés ao vivo. ¿Cómo se dirá “brazo extendido, puño cerrado” en Fiji? No me importó demasiado, me inventé otros pasos. Los chicos estaban felices. La bailamos con la directora también y se la mostramos a las mamás que vinieron después. Todos me imitaban y cantaban el chu-chu-ua… habrán sido unas diez o veinte veces, los chico no se cansaban.

Y jugamos con globos. Los tirábamos para arriba y les pegábamos bien fuerte para que volaran alto. También tuvimos un recreo para comer algo dulce: yo pensaba que les iban a dar un snack, alguna fruta. Y fue helado. Helado y galletitas dulces.

Y también les canté la canción de Manuelita. Pero la tuve que cantar en español, no había forma de traducir eso en el momento, jajaja.

Y por último jugamos al pato ñato: los hice sentar a todos en una ronda, y yo caminaba por detrás de todos ellos, que me miraban sin entender mucho mientras iba tocando las cabezas de cada uno. Y cuando dejé el globo en la espalda de un nene, todos empezaron a aplaudir, como diciéndome “dale, dale, corré“. Y yo empecé a correr. Y el nene me empezó a seguir. Y todos se rieron. Y en veinte segundos, sin tener que hablarles, entendieron cómo se jugaba al pato ñato. Y jugamos por una hora y media sin parar.

También nos tocaron días de sol. Y Marlous seguía mal… pero yo no quería quedarme quieta. Así que en cuanto vi que el hostel organizaba una excursión de un día a conocer una isla, no me la quise perder.

Nos subimos a una lancha, éramos siete personas del hostel: una pareja canadiense, dos amigas de Estados Unidos, y tres chicos más que viajábamos solos. Además venía el que manejaba la lancha y otro chico más. En total, éramos nueve.

La lancha fue agarrando velocidad. Nos íbamos alejando del hostel y parecía una postal el color del agua cómo se veía. Aún estando mar adentro, lo transparente que es ese agua no se puede creer. Y vimos los corales, veíamos las piedras del fondo, los peces. Y la lancha iba tan rápido que en cada sacudida nos empapamos. Creo que iban rápido a propósito, para que el viaje fuera más divertido.

Llegamos a la isla Yanuca después de una hora y media de un viaje muy movido… y mis ojos no podían creer lo que veían. Toda la playa para nosotros solos. La arena más blanca que vi en mi vida y el agua tan celeste que enceguecía. Metí mis pies en la orilla y los peces rodeaban mis tobillos, casi ni se distinguían con el color tan claro de la arena. Vi un montón de cangrejos, más chicos y más grandes. Las palmeras, siempre tan lindas para la foto. Una paz en ese lugar. Lamenté que Marlous no estuviera ahí para verlo. Estaría feliz de estar ahí.

Y finalmente, lo que estaba esperando. Por primera vez en mi vida hice snorkel. Qué mejor lugar que este para probar, no? Le expliqué a uno de los chicos del hostel que nos acompañó que nunca había hecho, así que bueno, que me tuviera paciencia. Como si fuese una nena de 10 años, me ponía la máscara y se me salía, me entraba agua por el tubo… me sentía más tonta. Una chica del hostel me prestó su equipo. Y con ese sí que estuvo mejor. Apreté los dientes en la boquilla y nos fuimos a nadar.

Y fue hermoso. Vi unos peces de colores fosforescentes, azules, amarillo, verdes. Mis ojos no daban abasto, quería mirar para todos lados al mismo tiempo. No tengo fotos, pero quedará para siempre grabado en mi memoria. Fue una de las cosas pendientes que tenía hace mucho tiempo, que no había podido hacer en Brasil, pero acá en Fiji, en una isla en el medio de la nada, me pude dar el gusto.

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