Fiji·Viajes

Fiji / Parte III

Viernes 05/08:
Día 101 

“Tres colectivos y mucha paciencia”

Después de cinco días en The Beachouse, llegó el momento de decidir qué hacer con los últimos dos días que nos quedaban en Fiji.

Yo tenía ganas de seguir viendo playa. Me faltaba hacer más cosas, nadar un poco, tratar de conocer otros lugares. Pero Marlous no se recuperó del todo de su gripe y no le gustaba mucho la idea de seguir en la playa. Encontró en internet que había una excursión a una pequeña aldea en la montaña, una visita a una comunidad tradicional de las pocas que quedan en Fiji todavía. Y decidió ir por ese lado. Después de viajar tantos meses por tantos lugares distintos, me explica que le interesa mucho conocer la realidad local, ver a la gente, meterse en sus tradiciones.

Y a mí no es que no me interese. Pero sólo me quedaban dos días en Fiji y yo quería ir a la playa. Quería ir a una isla, a cualquiera, pero ir a conocer alguna de todas las que hay.

Así que lo charlamos y el viernes por la mañana nos separamos, con la promesa de reencontrarnos el domingo en el aeropuerto.

Así fue entonces: dejé el hostel luego de desayunar y me fui con mi valija a esperar el bus a la parada en la ruta, con la paciencia mental de que “en algún momento vendrá”. Como acá todo se maneja en “Fiji time“, el bus viene cuando viene. No hay horarios. Si te dicen que viene una vez por hora, puede que pase a las 9 o a las 9.30. O que no pase.

(Lo del “Fiji time” se dice mucho: es que la gente se maneja muy relajada. No tienen estrés por nada. Las cosas se hacen en algún momento pero no hay horarios, no hay preocupaciones. Y a una que viene acostumbrada a los ritmos de la gran ciudad, a que el tren pase 16.17 y que si llegás 16.18 te lo perdiste, estar en un lugar donde todo se maneja con “Fiji time” te hace perder un poquito la paciencia.)

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En fin, estoy en la parada, son casi las 10 de la mañana y veo que viene un bus. Amarillo, como me habían dicho que tenía que ser. Pero el cartel dice “Sigatoka” y yo tengo que tomarme uno que vaya al aeropuerto de Nadi. Le pregunto al chofer y en un inglés complicado, me trata de explicar que éste no me lleva pero que puedo subir igual. Pienso rápido que “al menos me acerca” y me subo.

Es un bus local lleno de gente de pueblos cercanos. Y yo, una turista con su valija a cuestas. Siento como me miran todos. Está libre el primer asiento, al lado de una señora mayor que me mira primero con timidez pero luego me sonríe. El bus va muy despacio y va parando a cada rato a levantar gente. Claro, me tomé “el lechero”, jaja. Este no me lo tendría que haber tomado. Hace calor, las ventanas están abiertas pero el aire que entra no es suficiente.

Le pagué el boleto a un chico que está en el bus, porque el chofer sólo maneja. Me cobra el viaje y veo que escribe Nadi en el boleto. “¿Pero no era que este bus no me dejaba ahí?” pienso. Trato de preguntarle, pero él me cobra los dos viajes, éste y el del próximo bus que me tome. No me queda otra que asentir a lo que me dice. Ya veré cómo se resuelve esto.

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Después de una hora, llegamos a la estación. Me hacen bajar y el chico lleva mi valija, a pesar de que le digo que puedo llevarla yo… pienso que tendremos que caminar mucho, pero sólo resultan ser cinco metros hasta la parada del otro bus, jajaja. ¿Habrá pensado que me perdería, o tengo tanta cara de turista?

Me explica que me tome el bus gris, que ese sí va a Nadi, que lleve mi valija conmigo arriba y que no le muestre a nadie mi boleto. Que vendrá en cinco minutos.

¿Fiji time?- le pregunto, y se ríe.
-Cinco, diez minutos- me contesta.

Me llama la atención lo que me dijo, pero obediente me quedo paradita ahí donde él me deja, con mi valija entre las piernas. Ese viernes fue el día más caluroso de toda nuestra semana en Fiji. Sólo de estar parada estoy transpirando, la gente me mira y las moscas vuelan alrededor de todos. No corre mucho aire.

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Un señor me pregunta si me quiero sentar, le agradezco pero me quedo parada. Al cabo de diez minutos, el bus no vino, así que ahora sí me siento. El señor me pregunta adónde voy. Le explico y me dice que tengo que tomarme el bus Pacific. El chico me había dicho el bus gris.

Al ratito nomás llega un bus gris, la gente hace fila para subir: madres con niños a cuestas, gente grande, jóvenes, todos apretados. Un chico que cobra el boleto al lado de la puerta hace malabares para atender a todo el mundo. El señor al lado mío me dice que éste no es mi bus, que tengo que esperar a otro, que ese no me lleva a Nadi. Elijo creerle, ¿qué otra cosa puedo hacer?

Y momento de iluminación, saco mi boleto de la mochila y veo que el nombre de la empresa es “Pacific Transport Limited“. ¡Era ese colectivo! Los dos me estaban hablando del mismo.

Me quiero subir y tengo que apretujarme entre la gente, todos suben despacio. Me dice el chico de poner mi valija abajo, y yo le digo que no, que la llevaré arriba conmigo. Me insiste y yo le digo que gracias pero que no, como me advirtió el chico del otro bus. No es que me dé miedo que me la roben, pero soy casi que la única turista acá… además tampoco es tan grande.

Me toca sentarme al lado de un hombre que es de la India pero que vive en Fiji hace muchos años, y que viaja a Nadi para ir a un casamiento, que durará tres días. Tiene puesta una camisa manga larga, pantalones y zapatos de vestir. Yo en short y musculosa pero me estoy asando. Hay gente con bufanda de lana y otros con sweater. Gracias a Dios, el chofer pone el aire acondicionado, y ahora sí se está mejor acá adentro. Vengo hecha una bolita con las piernas dobladas arriba de la valija.

Pero como me pasan todas… quince minutos después de salir, frenamos. Y con el bus detenido, el aire se pone caliente, pesado, tengo el pantalón pegado al asiento. ¿Qué pasó?No anda más el aire acondicionado. Y es imposible viajar así, las ventanas no pueden abrirse. Me abanico con un folleto turístico, pero me muero.

A bajarse todos y esperar que lo arreglen.

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Seguimos viaje. El aire funciona, pero yo estoy nerviosa. Por lo que estuve viendo esa mañana, para llegar a la isla que quiero ir tengo tres horarios de barco: a las 10, a las 12 y a las 15. El de las 10 era el más económico, pero ya lo perdí. A esa hora estaba viajando en el primer bus. Quiero llegar al segundo, pero son las 11.30 y estoy viajando en este bus gris. Si llega a pasar algo más, perderé el tercer barco y tendré que esperar al otro día para viajar.

Ya van tres horas casi desde que salí del hostel.

Llegamos a Nadi. Me tengo que tomar otro bus, el último, que me tiene que acercar al puerto donde salen los barcos. Empiezo a preguntar. Nadie sabe bien… me dicen que por ahí está la parada, y me señalan al fondo de la terminal. No hay mucha gente tampoco. Un grupo de estudiantes con sus uniformes se ríe por lo bajo, pero no me hablan. Se me acerca un señor, que me escuchó preguntarle a otra persona. Sordomudo el señor, lo que me faltaba. No le entiendo lo que me dice. Le agradezco, ¡pero no le entiendo!

Pero siempre las cosas salen bien: un chico aparece, agarra mi valija y casi sin decirme nada, me lleva directamente al bus, que está estacionado en la otra punta de la terminal y que desde mi lugar no lo veía. Le doy las gracias, y le pregunto cuánto demoraré en llegar al puerto. Me dice “10, 15 minutos”. Fiji time, obvio, así que le calculo media hora. Creo que con mucha suerte llegaré a tomarme el último barco.

¡Vamos por el tercer bus del día!

Aunque más que un bus, es una combi amarilla, tendrá 20 asientos, todas las ventanas abiertas porque si no, nos morimos del calor. Avanza despacio por las calles de Nadi. Sale un dólar el viaje, así que va lleno de gente local. Frena en cada esquina a levantar gente y obvio que vengo con mi valija y molestando a todos, porque está en el medio del pasillo y la gente no puede pasar.

Pero después de tomarme tres buses distintos, conocer dos terminales, pagar nueve dólares fijianos y sufrir un poco con las moscas y la temperatura, llego a Port Denarau, y me puedo ir a tomar mi barco.

Miro la hora y son las 14.10. Llegué de casualidad.
Me compro el boleto en la agencia, y estoy lista para comer algo y salir.
No veo la hora de llegar a la isla.

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