Fiji·Viajes

Fiji / Parte IV

Del viernes 05/08 al domingo 07/08:
Días 101 a 103

Me tomo el barco que sale a las 15 desde Port Denarau.
No tengo otra opción que pagar 126 dólares fijianos, lo cual es un montón de plata. ¡Pensar que pagué lo mismo por cinco noches de alojamiento en el hostel!

Pero no me queda otra: llegué tarde y es la única manera que tengo de llegar a la isla Mana. Parece cerca, pero no lo es tanto.

mana island

Este barco no es un barco cualquiera. Es un pequeño crucero que hace paradas en algunas islas impresionantes. Viajo con familias, con parejas, pero no somos muchos viajando solos… claro, no es un transporte apto para presupuesto mochilero. Y yo vengo ahí en la cubierta mirando y fotografiando todo. Veo algunas islas que realmente son paraísos. Se nota que algunas están habitadas, se ve que hay resorts y hoteles cinco estrellas. ¡Pero otras están vacías! Algunas son enormes y otras son tan pequeñas. Hay un poco de viento, pero qué me importa, con el calor que pasé todo el día viajando en micro, no puedo creer estar al fin en este barco llegando a destino.

Lo divertido es que este barco es tan grande que no puede acercarse a cada isla, entonces se detiene en algún punto y son las lanchas las que se acercan desde la orilla para que la gente pueda tomarse el barco… o bajarse de él.

Pasamos por algunas islas como Castaway (donde se filmó la película Náufrago), Malolo, otras sin nombre… y finalmente, llegamos a Mana. Acá me bajo yo. Nos recibe gente bailando y cantando. Una fiesta. La fila de la derecha es la gente que se toma el barco para volver a la isla principal… o para seguir descansando en alguna otra isla.

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Obviamente que me bajo del barco, camino por el muelle y veo delante mío un edificio con una entrada impresionante. Dos chicas vestidas muy lindas reparten flores a la gente. Ahí me doy cuenta que todo el mundo que venía conmigo está yendo a ese hotel que está ahí… Empiezo a sospechar. Cuando pregunto, me entero que tengo que caminar unos 500 metros hacia la derecha por la playa para llegar al hostel. Pequeña tarea llevar la valija por la arena, pienso. Y casi sin avisarme y leyendo mis pensamientos, un señor agarra mi valija y la carga en su espalda, acompañándome.

Venimos caminando por la arena, le agradezco que me acompañe y le pregunto dónde trabaja. Me dice que en el hostel que está al lado del que voy yo. Y me dice que si no hay lugar en el hostel, que vaya al suyo, que me iban a recibir (?). Me estaba chamuyando me parece.

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Cae el sol en la playa de la isla Mana. Se me ve abajo, sacando la foto.

La primera imagen del hostel fue fuerte.

Es lo más parecido a un rancho que vi. Me he quedado en hostels en otros lados, pero este está bastante flojo. Le falta un poco de pintura, de afuera se lo ve venido a menos. Las reposeras de la playa se nota que son poco viejas. Y no es que sea quisquillosa, yo sé que es un lugar de bajo presupuesto. Me lo habían recomendado unos chicos que conocimos en el otro hostel. Pero bueno, esa fue mi primera impresión.

Podría haber ido a cualquier otra de las cientos de islas que hay acá. Pero no hay hostels en todas. Algunas son sólo resorts exclusivos, otras son islas privadas. Esta isla tiene fama de ser una buena combinación entre linda playa y alojamiento barato.

Me acerco a la “recepción” por así decirle, un escritorio que está pegado al comedor. El piso es de arena. O sea, no hay piso, jaja. Algunos chicos juegan al voley y los que trabajan en el hostel están parados en la puerta mirando el partido.

Se acerca un señor que parece ser el dueño y me dice que no tiene mi reserva. Le muestro el celular, la hice hoy a la mañana y hasta pagué un porcentaje con mi tarjeta de crédito. Pero no, no la tiene. ¿Tanta mala suerte, otra vez problema con la reserva?

Igual quedate tranquila, que tenemos lugar– me dice.

Me da la llave con el número 1 y una chica me acompaña a la habitación. Caminamos unos 50 metros, hacia una pequeña casa que está atrás, donde están las habitaciones. Lleva un juego de sábanas en la mano: “tengo que ver si la habitación está lista o no“. Y no, no está lista. Pagué por una cama en un cuarto compartido y por segunda vez, tengo suerte. El cuarto está vacío. Tengo la habitación para mí sola.

La habitación tiene cinco camas: hay dos camas cuchetas y una cama de una plaza. Enseguida elijo esa. Me siento y noto como el colchón se hunde bajo mi traste, jajaja. El colchón es de goma espuma, finiiiiiito. La chica se ríe cuando ve mi cara y me ayuda a poner tres colchones, uno arriba del otro. Algo cambia, pero igual me acuesto y siento los tirantes de la cama en la espalda.

Después de dejar todo en la habitación, vuelvo a la playa y me acerco a saludar a los chicos que juegan al voley. Un chico de Bélgica y un grupo de canadienses viajan juntos, también hay irlandeses y algunas chicas de Inglaterra. Subimos todos a ver el atardecer a la cima de un pequeño monte. Se ven otras islas a lo lejos, se ven las primeras estrellas. Puedo apreciar que la isla no es muy grande, y los chicos me confirman que se puede dar la vuelta entera en tres horas. Tarea para mañana.

Y miro como cae el sol… y no puedo creer dónde estoy.

Las comidas en el hostel están incluidas. Bah, te las hacen pagar aparte, así como en el otro hostel. No es que tengas muchas opciones en estos lugares. O me pongo a pescar mi propia comida o acepto lo que me dan acá. No hay un supermercado, no hay un kiosco. Esa noche el plato es pescado con verduras. No estaba feo, ¡pero la porción era chiquita! Y no se puede repetir. Me faltaba un postre, algo, tan mal acostumbrada que venía del otro lugar, esa noche me voy a dormir con hambre, jaja. Lo mismo pasará mañana con el desayuno y con el almuerzo.

La mañana siguiente, y tal como el pronóstico advirtió, se larga a llover, y no parará en 24 horas. Yo sabía que estaba la chance que lloviera, pero igual quise venirme para acá. Quería venir a esta isla, quería ver playa. Pero también confiaba que el pronóstico se equivocaría, jaja. Se me pasa el día charlando con los chicos, jugando a las cartas, aprendiendo juegos nuevos con nuevas reglas. También escuchando música, hablando de todo un poco. Ni siquiera tengo un libro para leer. No lo necesito.

Desde las 8 que me despierto hasta la noche, estuve todo el día sentada mirando la lluvia. Y no estuvo nada mal.

No paró de llover en todo el día. Hoy dejé la ventana abierta y se me mojaron las sábanas, mis colchones, algo de ropa. Tengo un charco enorme en el piso. Y claro, las ventanas ni siquiera se pueden cerrar. ¡Si acá no llueve nunca! Mi toalla está húmeda, algo de mi ropa también. La gente del hostel nos dice que no llueve así desde enero. Vaya suerte la mía. Llegar a una isla en el medio de una tormenta tropical. Más vale que pare mañana, que me tengo que ir al aeropuerto. Esa noche llueve tanto que ni siquiera se puede dormir. Son las dos de la mañana y miro la película “Bastardos sin Gloria” por primera vez en mi vida, porque uno de los chicos la tiene descargada en su computadora.

Esa noche fuimos a tomar cervezas a un “bar” que está en el otro hostel. Claro, ¿qué otra cosa se puede hacer en un lugar como este? Uno de los chicos pierde una apuesta y se mete al mar desnudo. Nos reímos mucho todos. Me siento que tengo 18 años. De repente todos somos amigos y la estamos pasando bien, aunque nos conocemos hace 24 horas.

El domingo amaneció gris y nublado. Pero al menos, dejó de llover.

Y me tengo que ir para Nadi, a reencontrarme con Marlous, para volver a Sydney.

Mi vuelo sale a las 16. Tengo dos opciones: tomarme el pequeño crucero a las 10.30 (que sale más caro, pero que llegaría con tiempo de sobra a Nadi) o tomarme la lancha del hostel (que cuesta la mitad y sale a las 11).

A las 11, en Fiji time.
O sea que saldrá a las 12.

¡Pero vale la mitad!

No lo pienso mucho, confío en esta gente del hostel y le pago mi lugar en la lancha.

Con la lluvia y el mar tan picado, la lancha tarda en llegar… viene con gente, un grupo de quince personas, traen cajas con cosas… y con todo eso, la lancha obviamente tarda en salir… Trato de insistir, que tengo que llegar al aeropuerto, que voy a perder un avión, que por favor nos apuremos.

-Con el mar así revuelto, no vamos a ir muy rápido. Preferible tardar un poco más, pero que lleguemos enteros– me dice chistoso, el que maneja la lancha. No me causa gracia.

Así pasa el tiempo… y yo mirando el reloj, con una mano en mi valija y con un pie en la puerta. Hasta que en algún momento, se les ocurre que partamos. Son las 12.30. Me despido de los chicos, no sé si algún día nos volveremos a ver. Y voy a la aventura en la lancha, a una hora y media en el mar, con la lancha moviéndose un montón. Llovizna y yo no paro de mirar la hora en el celular.

Pero llegamos. Nos espera una combi que nos lleva a mí y a otro chico al aeropuerto.

Y llego al final con un poco de tiempo, hago el check-in, me cambio en el baño (estoy en bikini y ropa de verano, pero en Sydney estará un poco más fresco) y me encuentro con Marlous, las dos sanas y salvas, compartimos anécdotas de nuestros días separadas.

Gracias Fiji por esta semana.
Tengo que volver, me queda mucho por conocer todavía.
Y espero que la próxima vez, el tiempo me de la revancha.

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