Australia·Viajes

West Coast II – Road Trip (día 5)

Domingo 02/10/16
Día 160

Una vez más a madrugar, y salir a la ruta con el amanecer.
Voy a extrañar la tierra colorada, los enormes paredones de piedra, bajar con cuidado entre las plantas y las rocas, sentirme una aventurera, la vida en carpa, cocinar iluminados por las linternas, andar alumbrando el camino para ir al baño (y espantar a las víboras), el no tener señal en el celular…

¡Pero nos vamos a la playa!
Y eso también es emocionante.

Nos esperan unas lindas ocho horas de ruta hoy. Pobre Sharpie que maneja, yo vengo durmiendo en el colectivo (como siempre), y casi que me da lo mismo si son tres o diez horas. En este viaje he descubierto que mi capacidad de quedarme dormida en cualquier lado es asombrosa. Habiendo dormido ocho horas la noche anterior, la piba se duerme ni bien el colectivo arranca. Una cosa de locos.

En fin, la primer parada es a las dos horas de salir… en una pequeña estación de servicio. Y oh, llegamos a la “civilización”. Se me ocurre prender mi teléfono, y pim pim pim, entran todos los mensajes juntos, notificaciones de redes sociales, emails… Vuelvo a estar comunicada con el mundo. Llevo tranquilidad a mi familia mandando señales de vida, y veo que soy de las únicas personas afortunadas que tiene recepción. La mayoría del grupo tiene el teléfono muerto desde que el viaje arrancó hace cinco días.

Cuando volvemos a la ruta, pido viajar en el asiento del copiloto, así puedo poner a cargar mi celular. Así que viajo las próximas cuatro horas adelante. Toda una sensación extraña estar sentada del lado izquierdo, ir del lado izquierdo de la ruta… y más aún, la de viajar en semejante camión.

Por otro lado, el paisaje prácticamente no cambia, sigue la misma tierra naranja, los mismos tipos de árboles, más bien árido todo. Nos cruzamos un auto cada taaaanto. Aparece algún animal al costado de la ruta. Muy tranquilo, demasiado. Estando sentada ahí, escuchando mi música, caigo en la cuenta de lo que hubiera sido hacer este viaje en auto, lo que habíamos hablado con los chicos en su momento. Una locura. Veo muchos carteles que advierten que “si estás cansado, no manejes” y “peligro: animales salvajes”.

Son muchas horas de viaje en una ruta que no es peligrosa, pero que sí es cansadora.

Cuando llegamos a Exmouth, bajamos todos al supermercado. Sharpie, a reponer algunos víveres que se habían acabado (y a comprar otras cositas que le pedimos). El resto bajamos a comprar cosas que necesitábamos (jabón, shampoo o algún chocolate, en mi caso). También compramos unas cervezas para esa noche. Según Sharpie, íbamos a ver el atardecer en un lugar especial, así que la situación lo ameritaba.

Nos llevó hasta un camino en caracol, en subida, para llegar al faro. Y de allí pudimos ver toda la bahía, con el mar increíble con ese color azul profundo. Y allá a lo lejos, las ballenas. Una, dos, tres, diez ballenas saltando. El atardecer que vimos fue hermoso. Estuvimos allí hasta que se hizo de noche. Charlando, compartiendo unos snacks, sacándonos fotos.

Este lugar es patrimonio mundial por la calidad de sus aguas, por la cantidad de animales que hay, porque arranca un área protegida de casi 700 mil hectáreas, porque está la barrera de coral más grande de Australia (Ningaloo reef), que se dice que supera en calidad de corales y fauna a la famosa Gran Barrera de Coral, que está en Cairns, en el norte del país. Pero claro, queda tan lejos, tan a trasmano, que Ningaloo no es “turísticamente accesible”.

Y mejor que así sea. Hay poca gente, las cosas se mantienen mejor, no se daña tanto el ecosistema y podemos disfrutarlo mejor nosotros.

Esa noche dormiríamos en carpa de nuevo.
Llegamos al campamento y con Chloe elegimos la única carpa que tenía mosquitos adentro. Después de echar repelente y cerrar la carpa (y casi morir intoxicadas, jaja) logramos exterminarlos, y así preparar todo para dormir. Siempre con el miedo que aparezca una víbora o una araña. Pero seguimos invictas.

Como esa noche no me tocaba cocinar, decidí ir a darme una ducha y lavar algo de ropa a mano. Toda las remeras y shorts que usé en el parque nacional están teñidos de naranja por la tierra y el viento que volaba. Estuve media hora fregando con el jabón blanco, pero fue en vano, apenas se aclararon un poco las manchas. Y como los baños estaban lejos de las carpas y me había quedado sola, cuando quise volver me perdí en la oscuridad.

Empecé a dar vueltas entre carpas que no eran las mías, y como había venido charlando con otras personas, no presté atención al camino que había hecho. A todo esto, siempre rezando para no cruzarme con una víbora en el camino. Tuve que empezar a afinar el oído para ver si escuchaba las voces de mis compañeros de viaje… y en eso escucho la voz de pito terrible de una de las chicas de Estados Unidos… gracias a ella, llegué justo para la cena.

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