Australia·Viajes

West Coast II – Road Trip (día 7)

Martes 04/10/16
Día 162

El día amaneció soleado pero fresco. Había una brisa que hizo que me ponga una camisa para ir a la playa. Y yo, ilusa, llevaba puesta la malla pensando que iba a hacer calor…

Llegamos con Marlous a las 8.50 am a la playa. Ya que no hacíamos la excursión de snorkel, pero algo teníamos que hacer. Contratamos en el hostel un paseo de una hora en barco, pero no en cualquier barco, sino en uno que tiene piso de vidrio. Así que podríamos ver algo parecido a lo que se ve cuando hacés snorkel.

¡Y qué bueno que estuvo!
Porque con ese frío no sé si me iba a meter al agua, jaja.

Algunas fotos no salieron bien por el reflejo del sol en el piso, pero se aprecian bastante bien las distintas formas que adquieren los corales (repollo, lavanda, cuerno de alce, cerebro… sí, se llaman así). También vimos muchísimos peces, algunos muy lindos, de esos rayados y otros de colores. Pero fue más difícil engancharlos para la foto.

Después estuvimos tiradas al sol durante horas, charlando, sacándonos fotos. Estuvo lindo. Creo que es necesario tener un día de descanso en este tipo de viajes, porque vivir con 20 personas todo el tiempo no es fácil, así que me hizo bien compartir el día libre con ella. Almorzamos juntas en la panadería del pueblo, EL lugar donde nos recomendaron ir. La cantidad de gente que había ahí adentro… y vendían de todo, cosas dulces, saladas. Me comí una tarta individual y me tenté y me compré algo dulce de postre. Había tanto para elegir…

Volvimos a la playa juntas y empezamos a caminar por la orilla del agua cuando veo como una mancha naranja en el agua. Me acerco un poco, con las olas que había no podía ver bien qué era. La veo de nuevo, es naranja y tiene pintitas azules… y una cola… ¡era una manta raya! Una chiquita, tendría unos 50 cm de largo pero qué susto me pegué. Es tremendo cómo se mete abajo de la arena para camuflarse y no la ves. De hecho, al meterme al agua y moverme, se asustó y se escondió y no la vi más. Al rato vimos otra… a esa le sacamos fotos, y no me acerqué para no espantarla. Pero en las fotos no se aprecia bien, así que les dejo esta foto de un folleto.

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Llegó la hora que me tuve que despedir de Marlous. Se tuvo que ir con su grupo, ya que ellos seguían viaje hacia el norte, mientras que a nosotros nos quedaba una noche más allí. Todavía no puedo creer la suerte que tuvimos de encontrarnos en este lugar y justo tener día libre las dos juntas.

Fueron apareciendo en el hostel algunos de mis compañeros de grupo. Cuando llegó Chloe, que había estado pasando el día con sus padres, le pregunté si quería ir a la playa a caminar. Había escuchado algo de que en una de las bahías cercanas a la playa principal, por la tarde solía haber tiburones. Entusiasmadas las dos, fuimos hacia ahí.

Caminamos como 50 minutos por la playa, juntando pedacitos de caracoles, piedras. Yo mirando al agua como loca a ver si veía otra manta raya, jaja. Hablando de costumbres argentinas, del mate, de los alfajores. Ella me contaba dónde trabaja y por qué lugares estuvo de vacaciones. En eso llegamos a un lugar enorme, sin oleaje, con el agua más calentita que en otras partes de la playa. Y vemos que hay un grupo de diez personas, parados y quietitos con el agua a la rodilla.

Llegamos al lugar indicado.

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Nos metimos las dos al agua y nos acercamos a esta gente. Pasaron unos minutos cuando alguien señala “ahí” y veo pasar una sombra negra. Al ratito, otra. Al ratito, dos o tres manchas. Y en eso, los vi. Eran tiburones bebé. Medirían un metro o un metro y medio como mucho. Había cinco o seis dando vueltas. Los teníamos a unos pocos metros.

Yo no es que estaba super feliz, estaba un poco cagada la verdad, jaja. Encima me dijeron que también había manta rayas por acá, así que tenía que estar quieta (para no espantar a los tiburones) pero moviendo un poco los pies (para espantar a las rayas). Era divertido, la gente trataba de sacarles fotos pero los bichos nadaban muy rápido y nos pasaban cerca, pero no tanto como para que salgan bien en una foto.

En eso vimos venir uno hacia nosotros. Venía en línea recta, lo veíamos a través del agua, seguíamos su sombra. Venía despacio, pero derecho hacia nosotros. Nos miramos entre todos, y cuando ya estábamos todos por salir corriendo hacia la orilla, el tiburón cambió su dirección y en un segundo, estaba nadando a toda velocidad para el otro lado. Fue muy fuerte vivir eso, verlo de tan cerca, sentir que se acercaba tanto. Nos reímos.

Después de eso, con Chloe pegamos la vuelta hacia el hostel. A mí grupo le tocaba cocinar fideos con bolognesa hoy, así que a las 19 tenía que estar para ayudar. No hizo falta mucho, ya que cuando bajé a la cocina del hostel ya Sharpie había hecho casi todo.

Ah, hicimos una breve parada en la panadería las dos antes de llegar al hostel. Quería mostrarle algo a Chloe. Cuando le contaba las cosas que había visto al mediodía en la panadería, le describí algo parecido a un alfajor enorme bañado en chocolate que me había llamado la atención. Y me dice que eso se llama wagon wheel y que es un postre, algo dulce bien típico de acá. Como la panadería ya estaba cerrada y yo nunca había probado eso, me hace cruzar al supermercado y comprar un paquete: son como dos tapitas bañadas en chocolate y en el medio tienen una capa finita de mermelada y marshmallow (malvavisco). O sea, como un alfajor australiano. Me sigo quedando con los nuestros.

 

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