Tailandia·Viajes

Tailandia / día 1

Martes 01/11/16
Día 189

“Llegada a Bangkok”

Puedo empezar contándoles que nos tomamos dos aviones para llegar a Tailandia. El primero, fue de Sydney a Kuala Lumpur, Malasia, unas nueve horas en el aire. Y el segundo, más cortito, de Kuala Lumpur a Bangkok. En el medio, unas tres horas de espera. Pasamos casi todo un día entre aviones y aeropuertos.

Viajamos por primera vez con Air Asia, una de las aerolíneas más baratas de este lado del mundo. Vuelan a todos lados, tienen ofertas todo el tiempo, pero así como son de geniales, también lo tienen de tacaños: los asientos tienen el espacio mínimo, no hay servicio a bordo y si querés elegir tu asiento, tenés que pagar. Pequeños lujos de la aviación low cost.

Con A. habíamos pre-pagado el almuerzo en el avión para que costara más barato, así que cuando llegó la hora de comer, los tripulantes empezaron a repartir la comida entre la gente. Pero las viandas nos resultaron tan pequeñas que en dos bocados desparecieron. Los tripulantes no habían terminado de recorrer los pasillos del avión cuando nosotras estábamos comprando otra ronda: encima éramos las únicas hispano parlantes de la aeronave y estábamos tan hambrientas que todos se reían de nosotras. “Messi” fue la palabra clave que conectó a esta argentina y a una española con todos los asiáticos que viajaban en ese avión.

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Después de lo que se sintieron como mil horas, llegamos a Bangkok. Son las diez de la noche y ya al salir de la zona de retiro de equipaje, empiezo a transpirar. En el largo pasillo que nos llevará hacia la salida del aeropuerto, escuchamos voces conocidas: un argentino y un madrileño venían con nosotras en el avión y nos ponemos a charlar. En la casa de cambio, conseguimos algunos bahts, la moneda local.

Estoy por darle mi pasaporte al oficial de Migraciones cuando el argentino me chifla que pegue la vuelta: “te van a hacer venir para acá“, me dice. “Acá” es la oficina de sanidad de Tailandia. Por ser argentina, me piden el certificado de vacunación de la fiebre amarilla.

En ese segundo descubro horrorizada que no lo traje.

En ese segundo puteo porque salí tan apurada de Sydney, armé la valija a los pedos la noche anterior… y no me acordé de agarrarlo. Es la primera vez que hago un viaje casi sin leer nada antes, sin hacer un check list, sin tener un itinerario definido (a tal punto, que me compré en el aeropuerto un libro-guía del Sudeste Asiático, imagínense).

Así que el certificado obviamente no vino conmigo.

Lo peor de todo es que me di la vacuna en Argentina diez meses atrás, soporté una fila de dos horas al sol para darme la vacuna en Sanidad de Fronteras en Puerto Madero, por si algún día se me ocurría venir a Tailandia… ¡Y acá estoy y no traje el papel!

Empiezo a llenar un formulario, me dan un lápiz y una goma. El oficial no habla muy bien inglés. Le pregunto al argentino que llena el formulario al lado mío si él trajo el certificado. Me responde que ni la vacuna se dio. Bien.

El oficial me pregunta hace cuánto estoy en Australia. Lo ayudo a encontrar mis sellos de entrada al país. Y en eso veo un cartel que dice “si usted estuvo en estos países en los últimos seis meses…” y enumera una lista de países latinoamericanos. Y ya está, ahí respiro. Le digo que me di la vacuna hace diez meses pero que igual estoy en Australia hace más de seis. El oficial duda un poco, pasan unos minutos de silencio… pero me sella el pasaporte igual.

Un nuevo sello estampado. Bienvenida a Tailandia.

 …

Vamos a la parada de taxis. El madrileño nos dice que ya vino varias veces a Bangkok, que compartamos todos el taxi hasta Khaosan road, una calle pequeña pero muy famosa de Bangkok, donde hay muchos hostels. El nuestro, de hecho, queda cerca de allí. El español ya conoce, insiste, así que nos subimos los cuatro y ya de entrada empieza a regatear el precio.

Vamos por autopista y pagan el peaje ustedes” nos dice el taxista en un rústico inglés.
Noo, muy caro, vamos por otro lado” le responde el madrileño.
Nooo, por otro lado es muy lento, mucho tráfico” retruca el taxista.

A todo esto ya estamos casi por subir a la autopista.

Yo vengo atrás riéndome. A. y el madrileño le vienen discutiendo como si nos estuviera estafando. Pero estamos peleándonos por 2 dólares, cuando me doy cuenta que lo que el tipo nos quiere cobrar “de más”, me da hasta vergüenza. Todo el viaje es regateo. “Más vale que te acostumbres” me advierte el chico, “acá todo se regatea, porque los precios están inflados de antemano“.

Al final el taxista nos deja en el punto indicado y terminamos pagando 70 bahts cada uno (menos de 3 dólares) por un viaje de cuarenta minutos.

Estamos alejándonos del taxi con nuestras mochilas a cuestas, cuando el chofer se nos acerca corriendo, diciendo que se olvidó de cobrarnos un suplemento de 50 bahts que el pasajero debe pagar por tomarse un taxi en el aeropuerto. Nos muestra un papel. Momento muy incómodo, ya que el tipo nos seguía y los chicos no querían pagarle. No sabemos si tiene razón en lo que dice, es verdad, pero 50 bahts son 2 dólares, una moneda. Yo casi que se los quiero dar pero los chicos me frenan que no, que no puede ser, que si se olvidó de decirnos antes de subir que se joda, no tenemos forma de probar si es verdad lo que dice.

Así que al final nos hicimos los boludos y no pagamos nada.

Pasado el “momento de tensión” me doy cuenta donde estoy. Khaosan road es mucha gente, mucho ruido, muchos olores, una humedad asquerosa. No me gusta nada el ambiente.

Le digo a los chicos si no nos acompañan al hostel. A. se enoja, me dice de subir de vuelta al taxi y que nos acerque al hostel, así sean 300 metros. Pero yo ni loca me vuelvo a subir a ese taxi y no me animo a caminar sola por ahí. Hay algo de este lugar que me da una fea impresión, no sé qué es, pero no me gusta nada. Los chicos de buena onda nos acompañan. Supuestamente el madrileño sabe llegar… pero nos perdemos.

A todo esto, yo estoy toda transpirada y la mochila me pesa como si fuera de 30 kilos.

Preguntamos a unos chicos que están por ahí y nos indican con la mano hacia dónde tenemos que caminar para ir al hostel. Estamos yendo para ese lado, cuando vemos que una moto se acerca muy rápido hacia dónde estamos. Viene directo hacia nosotros. Las dos personas que están en la moto tienen casco y no les veo la cara. Se me acelera el corazón, es obvio que tenemos toda la pinta de turistas y nos quieren robar.

En ese momento quiero salir corriendo.
El argentino y yo nos echamos para atrás. A. y el madrileño se acercan a encarar a la moto.

Resultó ser que eran los mismos chicos que les habíamos preguntado para dónde ir cinco minutos antes. ¡Y vinieron a buscarnos para decirnos que estábamos yendo para el lado equivocado!

Primer prueba de lo equivocada que estaba respecto a esta ciudad.
Después de este episodio mi visión de Bangkok cambió completamente y me iba a terminar enamorando de este país y de su gente.
O sea, vinieron a ayudarnos. Nos vieron yendo para el lado equivocado y vinieron a indicarnos el camino correcto. Pronto descubriría que la gente de Tailandia es así de amable.

Llegamos finalmente al hostel, que no está nada mal pero el barrio es un poco oscuro y eso no nos gusta tanto. Pero claro, ¡son casi las 12 de la noche!

Les invitamos unas cervezas a los chicos por acompañarnos y después terminamos todos juntos cenando un plato típico local (pad thai) en un bolichito de Khaosan road. El primer encuentro con la comida tailandesa fue picante. Pero mala mía, me olvidé de aclararlo. Tengo tanta hambre que me como mi plato igual, pero de ahora en adelante todo será “no spicy” para mí.

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