Viajes

Tailandia / día 2

Miércoles 02/11/16
Día 190

En este viaje nos habíamos puesto de acuerdo con A. en que íbamos a dormir en habitaciones privadas. Nada de cuartos compartidos ni camas marineras. Con lo que levantarse esa primer mañana en Tailandia fue difícil: la cama era de lo más cómoda y después de la llegada agitada la noche anterior, necesitábamos dormir y recuperar energías.

Descubrimos que enfrente tenemos un 7-eleven, estos kioscos salvadores que abren 24 horas, que están en Australia y que no puedo creer que estén acá también. Nos compramos un tostado de jamón y queso y una chocolatada fría para arrancar el día. Con mi libro guía en la mano y una botella de agua en la mochila, salimos a pie a recorrer Bangkok. Queremos ir al centro de información a buscar folletos, mapas, algo. Hace calor, pero lo que más me jode es la humedad.

Llegamos hasta Khaosan road y doblamos a la izquierda como había visto en el mapa. En esta calle de noche hay fiesta y música, pero de día se ven los tuktuk estacionados, los puestitos de masajes directamente en la vereda y los vendedores ambulantes con sus frutas cortadas, jugos y hasta bowls con fideos y arroz para hacerte tu propio almuerzo thai. Estábamos las dos observando la avenida, buscando la senda peatonal para cruzar al otro lado, cuando nos para un señor. Nos pregunta a dónde queremos ir, de manera muy amable. Cuando le decimos adónde estamos yendo, nos dice que esa oficina de información está cerrada y que la han mudado a otra parte de la ciudad. Nos miramos las dos y nos reímos de nuestra suerte. Ya empezábamos mal.

Seguimos charlando con el tipo y nos pregunta a qué íbamos a la oficina. “Queremos mapas, folletos“, le decimos. “Tenemos que definir todo el resto de nuestro viaje y nos vendría bien un poco de ayuda acerca de qué ver en Bangkok también, la ciudad es muy grande y no tenemos muchos días”. Rápidamente, el hombre saca una lapicera y un papelito, y nos arma un itinerario… “se toman un tuktuk y van acá, a ver el Buda de pie, y luego al templo este… y luego le dicen que las lleve a la oficina de turismo… y luego se van a los mercados flotantes… ¡y así aprovechan el día bastante bien!“.

Con A. nos miramos y casi que queremos abrazarlo. Nos dijo todo lo que tenemos que hacer, en un minuto. En un débil rapto de lucidez, le preguntamos cuánto nos va a costar todo esto, porque “no queremos que nos estafen“. Muy tranquilo, el tipo anota todos los precios en el papelito, al lado de cada cosa que anotó… Y así despacito y sonriendo, nos lleva hasta la esquina donde basta un guiño de ojos para que ya esté ahí el tuktuk esperando. Lo saludamos al tipo y en cinco segundos estamos las dos subidas y en camino.

Tardamos un ratito en darnos cuenta lo que acababa de pasar.
¡Cómo nos hemos reído!

Tanto leer de las precauciones que hay que tener con los engaños, y nosotras de repente ahí subidas al tuktuk. Le creímos y nos subimos.

Habíamos leído que este tipo de engaños son comunes:

+ que te dicen que un lugar está cerrado y te convencen de ir a otro.
+ que el tuktuk no es el transporte más económico, que convienen mil veces más los taxi (y encima, ¡tienen aire acondicionado!).
+ que no chequeamos ninguno de los lugares que nos dijo.

Ya les adelanto que no nos pasó nada, solo que nos engañaron un poquito con esto del viaje organizado. Sigan leyendo. Una vez que estuvimos subidas, nos relajamos y disfrutamos lo que venía por delante… total, ya estábamos ahí. 

El chico del tuktuk nos lleva a todos los lugares, tal cual dice el papelito: fuimos primero a un templo donde hay una figura de Buda sentada bastante simple y luego enfrente a otro templo donde hay otro Buda pero de 32 metros de altura, bañado en oro (el templo se llama Wat Intharawihan si lo quieren googlear). El templo y sus alrededores no era la gran cosa la verdad, lo único llamativo era el tamaño de ese Buda. Ahí nos encontramos con un grupo de españoles, que nos cuentan que su tuktuk costó la mitad que el nuestro. Nos volvemos a reír.

Estamos yendo hacia el punto 3, la oficina de turismo, cuando veo que hay un templo lindo delante nuestro. A. me mira cómo diciendo “¿acá quieres parar?” (pobre, la volví loca queriendo entrar a cada templo que veía, jaja). Le digo al chico que por favor pare el tuktuk, y él frena en un costado de la calle, pero nos dice que primero tenemos que ir al mercado que está enfrente (?). Debía trabajar algún pariente suyo ahí, porque el mercado no vende más que plantas y macetas. Así que le hicimos caso, fuimos al mercado y luego cruzamos al templo.

En este lugar tuvimos una de las experiencias más lindas que nos pasaron en Tailandia.

Entramos y estaban los monjes preparándose para entrar al templo, por tal razón, no podíamos entrar nosotras… pero sí dar una vuelta por los alrededores. Y ahí observamos que había muchos puestos de comida. Gente cocinando, con grandes ollas. Muchos ayudando a servir. ¡Y todos invitándonos a comer con ellos! Parece ser que una vez al año ocurre esta especie de celebración y la gente está ahí voluntariamente cocinando, para todo el mundo, gratis. Una manera de hacer una ofrenda al rey, compartiendo su comida con los que visitan este lugar. Y no vayas a rechazar nada, que se ofenden. Y siendo las únicas turistas en ese templo, se imaginan que todos nos querían dar algo para comer, desde pad thai hasta sopas, jugos de fruta y helado. Todo. Nuestro amigo del tuktuk nos esperaba en la puerta del templo mientras nosotras nos dábamos una panzada.

El viaje siguió y nos tocó ir a la oficina de turismo… que resultó ser una agencia de viajes. Después de una hora y media negociando nuestros próximos días en Tailandia con Sonia, una mujer tailandesa cuyo inglés era bastante bueno, definimos destinos, excursiones y traslados. A la hora de pagar, nos dimos cuenta que no habíamos traído suficiente dinero. El tuktuk tuvo que llevarnos al hotel y traernos de vuelta a la oficina.

En esa agencia pagamos unos 11.000 bahts (unos 400 dólares) por casi todos los gastos que tendríamos por delante. Suena barato y conveniente, teníamos resuelto el alojamiento y las excursiones para dos semanas… pero ahora que volví me doy cuenta que fue un error también. (No porque haya salido algo mal, sino porque la oferta de alojamiento es enorme en todas las ciudades… porque hay un montón de cosas para hacer que una ni siquiera sabe hasta que llega al lugar… y la verdad que no estuvo bueno estar atada a un itinerario. Hubo cosas que hubiéramos cambiado y no pudimos hacerlo, por ejemplo, quedarnos más días en alguna ciudad… o hacer ciertas actividades. En fin, mi próxima vez en este país será diferente sin dudas.)

Bueno, sigo con la historia.

Nos quedaba el último punto del papelito: ir a los mercados flotantes. ¡Teníamos una emoción! Era algo que las dos queríamos hacer.

Nos deja el tuktuk en un lugar donde hay una especie de casilla donde un señor nos cobra 800 bahts a cada una (unos 30 dólares). No era barato, pero pagamos igual, seguramente el mercado queda lejos… Estamos ahí en el muelle esperando y gran sorpresa nos pegamos cuando vino el barco… y era uno de esos de cola larga, los típicos que se ven en las fotos de Tailandia… ¡pero el barco venía vacío! Tiene capacidad para 50 personas e íbamos las dos solas: ¡por eso pagamos tanto! Lo que nos reímos no les puedo explicar. Otra vez nos habían vendido gato por liebre. Por ahí no fue estafa esta vez, sino malentendido. Nunca pensamos que nos iban a dar un barco solo para nosotras, ni que había que aclararlo. Pero bue, al menos estábamos yendo al mercado…

Venimos paseando por los ríos de Bangkok, agua bastante sucia y para nada pintoresco por momentos. Vemos algunos templos desde el barco, algunos muy lindos a los que iremos en los próximos días. Nos cruzamos con otros barcos, donde también iban pocas personas como nosotras… Pensamos si los habrían engañado a ellos también.

Y al final como se pueden imaginar… no hubo mercados, ya que también nos salió mal eso. El famoso mercado flotante de Bangkok lo pueden buscar en Google porque yo no lo vi. Sólo nos cruzamos a una señora en su pequeña barca que nos quiso vender souvenirs de mala calidad. Le compramos una botella de cerveza solamente por lástima (y porque en ese momento un poco de alcohol venía bien para pasar el momento, jajaja).

Después nos enteraríamos que los mercados flotantes son sólo los fines de semana. Así que pagamos un montón de plata por un paseo VIP en barco. Y lo de los mercados flotantes, bien gracias. El hombre que conducía el barco tenía menos inglés que un perro, así que nunca entendió nuestras quejas, no tenía idea (o se hacía el que no entendía). Ah, y la última: cuando el barco se acercó al muelle para que bajemos, una señora que tenía tres dientes (sí, tres, se los podíamos contar) nos quiso cobrar una “tasa de desembarque” mostrándonos un papel bastante dudoso. Sólo nos dejó pasar cuando le mentí diciéndole que tenía que sacar plata del cajero para pagarle. Temía que nos siguiera pero por suerte no sucedió.

A pesar de haber comido un montón en el templo, igual nos hicimos lugar para un segundo almuerzo tardío y como teníamos varias horas de sol por delante, decidimos ir al Gran Palacio Real, así como muchas otras personas también estaban yendo, ya que en estos días de Noviembre estamos en los 100 días de luto nacional por la muerte del rey. Nos encontramos con vallados en las esquinas del predio donde se encuentra el palacio, controles policiales, y mucha, muchísima gente vestida de negro.

Tuvimos que resolver dos cuestiones al ingresar: pagar entrada y cubrirnos piernas y hombros. Yo, por suerte, tenía puesta una remera y llevaba mi pashmina en la mochila, con lo cual podía ponérmela en la cintura como un pareo y listo. Pero A. llevaba un mono corto, que tapaba muy poco de su piel, de modo que ella sí tuvo que hacer una fila y alquilar una camisa de algodón de manga larga y una pollera larga hasta el piso. No les puedo explicar lo pesada que era esa tela, me acuerdo y me da calor.

Estábamos las dos ya vestidas apropiadamente para ingresar cuando se acercan unos guardias de seguridad y nos hacen a todos sentar en el piso. Le digo que estamos yendo a comprar las entradas pero no importa, nos tenemos que sentar. No sólo nosotras, sino que somos 200 personas sentadas en el pasto. Esperamos unos minutos, nadie decía nada. Esperamos un rato más, nadie entiende nada. Nos estamos impacientando cuando nos piden que hagamos silencio y que no saquemos fotos ni nos pongamos de pie. Y en eso se escucha una banda de música tocar… e ingresan unos diez autos de alta gama, todos con las ventanillas polarizadas. Era la familia real. En el palacio están preparando el funeral del difunto rey.

Después de tanta espera, de tanto cambio de ropa y con el calor que hace, ya no queremos entrar al templo (además cerraba en una hora, no íbamos a llegar a recorrer nada). Así que así como entramos, nos fuimos…

 …

Ya volvíamos caminando para el hostel, con el sol que sigue pegando muy fuerte, cuando nos damos cuenta que estamos cerca de uno de los templos más importantes de Bangkok. Y bueno, nos vamos al Wat Pho, el templo del Buda reclinado, pueden leer algo más de este lugar, acá.

En este templo, mucho menos concurrido que el Palacio Real, hay un montón de sectores para recorrer, muchas figuras de Buda, todo muy colorido. Pero la atracción principal es el gran Buda acostado, bañado en oro, ¡que mide 15 metros de alto y unos 50 de largo! Este lugar me pareció muy lindo, sobre todo por los distintos colores que brillaban con la luz del sol y muchos espacios para sentarse bajo la sombra de los árboles. Muy pintoresco.

Acá también nos hicieron cubrir las piernas para entrar y también nos descalzamos. Al salir, canjeamos nuestra entrada por una botella de agua, gratis. Una hermosa idea para combatir el calor.

Y emprendimos la vuelta al hostel, sorprendidas por la cantidad de policías que había en la calle… y porque acá también había puestos ahora donde regalaban comida a la gente que pasaba: nos dieron una especie de vianda que consistía en un sándwich y en un bizcocho dulce. También nos cruzamos con unos veinte puestos donde regalaban botellas de agua. La calle principal alrededor del palacio estaba cortada así que sólo se podía ingresar por los puestos de control en las esquinas, donde pasabas bajo un detector de metales. Muy raro todo. Pero con esto del funeral del rey, se percibe que están un poco paranoicos. Además de que todos los edificios están adornados con cintas blancas y negras, con imágenes del rey. Tremendo.

Ese día se sintió muy fuerte el calor, así que el agua fue recibida con alegría en cada puesto que parábamos. Llegamos al hostel destruidas del cansancio, y como por suerte esa noche se largó a llover con todo, no salimos a cenar afuera y nos conformamos con un sándwich del 7-eleven de enfrente. Ya era el tercer sándwich del día, pero no nos importó.

Perdón el post tan largo, pero fue un día muy intenso hoy.

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