Tailandia·Viajes

Tailandia / día 4

Viernes 04/11/16
Día 192

6 am arriba. Anoche me dormí pasada la medianoche, así que me cuesta mucho levantarme. Está recién amaneciendo en Chiang Mai. A las 7 am nos vienen a buscar para hacer una excursión.

Salimos del hotel en busca de un lugar para desayunar, pero está todo cerrado, así que terminamos en el 7-eleven que siempre nos salva, comprando galletitas y una chocolatada. Volvemos al hostel enseguida… pero son ya 7.15 y no nos pasaron a buscar. Empezamos a dudar de si vendrán por nosotras. Ya les conté que en la agencia de Bangkok compramos todo: hoteles, traslados, excursiones. Por ahí se olvidaron de nosotras, pero… ¿y si nos estafaron?

Llamamos al numero de teléfono de la agencia que aparece en el voucher que nos dieron en Bangkok: después de varios minutos en espera, de que no nos entiendan cuando les hablamos en inglés y de escuchar gritos de fondo en tailandés, nos dicen que vienen en 10 minutos. Parece que la demora es porque tenían mal anotado el nombre del hostel. El encargado que contempla toda la escena nos dice que siempre es mejor reservar las excursiones localmente, ya que ellos conocen a las agencias… pero bueno, error nuestro que ya estamos padeciendo.

Ya les cuento que todo lo que resta del viaje será así, estresadas, llamando para re-confirmar horarios y direcciones, rezando para que no se olviden de nosotras…. Nunca más resuelvo mi viaje así.

Vamos en una combi con otras siete u ocho personas, más el chofer y el guía, que tiene un inglés muy rústico pero se le entiende. La primer parada es en un pueblo a una hora y media de Chiang Mai. Estamos yendo al baño cuando vemos un montón de gente sentada con los pies en el agua. Nos acercamos y era una especie de agua termal. Aguantamos veinte segundos, ¡el agua estaba hirviendo!

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Por meter los pies en el agua termal

El guía va contándonos cosas durante el viaje… se ve que sabe de memoria lo que tiene que contarnos, porque al hacerle preguntas “fuera de libreto” no se le entiende mucho lo que nos dice, jaja.

La siguiente parada es una de las cosas que más queríamos ver: el templo blanco. Conocido como Wat Rhon Khun, es un templo moderno que según nos contaron, fue construido por una persona que financió la obra con dinero de su bolsillo. No sabemos qué tan cierto es eso, pero el lugar es impresionante. Mucho más lindo de afuera que de adentro, está todo recubierto de cristales que brillan con el sol. Para entrar se cruza un puente que representa el infierno, muy fuerte ese detalle en el ingreso.

Antes de entrar nos hacen poner un sarong blanco (una especie de pareo) porque estamos en short y así no nos dejarán ingresar. Como una boluda, yo me olvidé de traer mi pashmina así que tengo que alquilar el sarong por 20 bahts. El lugar es muy lindo y tiene un parque muy verde alrededor y un estanque con peces en el frente.

Estuvimos sólo media hora acá, porque tenemos que seguir viaje. La próxima parada es el Golden Triangle o triángulo dorado, la triple frontera entre Laos, Tailandia y Myanmar (Burma).

Bajamos de la combi en un lugar muy humilde, se ven casas muy precarias, los nenes descalzos dando vueltas… En la oficina de frontera nos hacen dejar los pasaportes. Cruzaremos a Laos en barco, entonces “salimos del país” así sea sólo por media hora. Veo que hay un casino enorme enfrente, todo dorado y reluciente. El guía nos cuenta que muchos turistas cruzan sólo para ir a apostar allí… me llama la atención lo abandonado que es este lugar, tan alejado de las grandes ciudades, sin grandes controles, sin mucha infraestructura.

Nos subimos al barco, nos hacen poner chalecos salvavidas y salimos. El guía nos indica el punto donde los tres países limitan, en el cruce de los cauces de dos ríos. Y ahí en el medio, aparece una isla, una mancha de barro y pasto que no es de nadie. “No man’s land” nos dice el guía. Se ve que quedó fuera de la pelea por los límites… aunque nos cuenta que en algún momento por ahí era el lugar donde se traficaba opio.

Bajamos en Laos después de veinte minutos en el barco. Tenemos que pagar una tasa de desembarque en una oficina, y detrás hay un mercado hecho para turistas. Vamos entusiasmadas pero la realidad es que es un puesto al lado de otro de pavadas, cosas de mala calidad, mucho alcohol, cigarrillos. También se venden juguetes, anteojos de sol, souvenirs. Nada auténtico. Veo mucha pobreza en la gente, en los nenes. La gente que te persigue para que les compres algo. Ya algún día espero ir a Laos y ver otra realidad del país, estoy segura que esto no es Laos.

El viaje sigue ahora hacia Mae Sai, ciudad más septentrional de Tailandia. Creo que nos llevaron sólo para decir “esto es lo más al norte que se puede estar en Tailandia” y además porque está el puesto de control con la frontera con Myanmar. Pero de lindo no tiene nada. Muchos puestos en la calle, mucho tráfico, motos, colectivos. Con A. nos alejamos un poco de ese lugar y encontramos de casualidad un templo chino que estaba lindo y nos metimos a sacar fotos.

Almuerzo buffet en un restaurant de paso, donde comemos con otros grupos que están haciendo el mismo viaje que nosotros. Tenemos para elegir de todo, picante y no picante. Elijo arroz con verduritas, algunos fideos. Hace tanto calor que no puedo comer tanto y las ensaladas no me dan mucha confianza, así que termino eligiendo lo de siempre.

El tour termina con una última visita: nos llevan a ver a las mujeres de cuello largo, la comunidad Karen Long Neck. Descubrimos que hay varias tribus que viven por este lado, muchas son de mujeres que vienen de otros países y se establecieron acá en el norte de Tailandia. Pero viene ahí, aisladas un poco de las grandes ciudades.

Estoy entusiasmada por ir a este lugar, pero después de recorrerlo me queda una sensación rara. Vemos que tienen sus puestos donde venden los tejidos que hacen. Pashminas, mantas, todo muy lindo y colorido. Ves a algunas de las mujeres trabajando con el telar. Todos quieren sacarse fotos y ellas se dejan, amables y sonrientes. Hay mujeres grandes y algunas adolescentes. Todas tienen sus cuellos adornados con esos anillos dorados, uno arriba del otro. Algunas llevan hasta diez, no sé como hacen. Tenemos la chance de agarrar uno de sus anillos e intentar ponerlo alrededor de nuestro cuello: es impresionante lo que pesan.

Pero ves atrás de este “mercado” armado para los turistas, que ellas viven en unas chozas bastante precarias, los nenes están jugando descalzos, tienen juguetes pero es todo muy humilde. Me agarra como un nudo en la panza. No quiero sacarme fotos con ellas. Siento que las estoy invadiendo, que molestamos ahí mirándolas nada más. Que debería comprarles algo.

En eso veo que una de las mujeres que está ahí tiene a dos nenes jugando con ella. Los miro y los saludo. Me devuelven una sonrisa enorme. Me acerco a jugar con ellos y se me cuelgan de la espalda, me chocan sus manos, se ríen… y yo también. La mamá no dice nada. Juego con ellos y A. me graba con su celular. Y ahí nos sacan una foto. El momento más auténtico tal vez de toda esta visita.

Una de las mujeres que están ahí vendiendo sus tejidos tiene 13 años. Es una nena, ya lleva sus anillos en el cuello y en las rodillas. Nos cuenta orgullosa que habla cinco idiomas. En perfecto español nos dice que le compremos a ella, pero también lo dice en inglés, en chino… Nos impresiona mucho. Cuando le preguntamos cómo aprendió, nos dice que “de preguntarles a los turistas… yo quiero vender mis cosas“.

El día termina con una larga vuelta a casa. Tres horas de viaje en la ruta, me duermo la mayor parte del tiempo pero el aire acondicionado me hace doler la garganta. No veo la hora de llegar al hostel y acostarme. A pesar de que recorrimos varios lugares, estuvimos muchísimo tiempo en la combi. Es lo que pasa cuando venís pocos días y querés ver todo, ¿no?

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