Tailandia·Viajes

Tailandia / día 5

Sábado 05/11/16
Día 193

Encontramos una bakery chiquita, en un rincón escondido de nuestro barrio.
Me pido extrañamente algo liviano: no ando muy bien de la panza, y aunque podría comerme de todo en ese lugar, trato de cuidarme. Mi plato tiene una tostada francesa con canela y un montón de frutas: pedacitos de banana, uvas, una mini mandarina, passion fruit, manzana, mango, maracuyá, y una fruta que se llama pomelo pero que no tiene nada que ver con el nuestro. Todo delicioso. Hasta la fruta acá tiene diferente sabor.

Luego del check out, nos pasa a buscar una camioneta por el hostel para le excursión del día: nos vamos a la selva.

Nos sentamos en la parte de atrás de la camioneta, en la caja, donde hay unos bancos y una especie de lona que nos protege del viento. Hay un grupo de cinco francesas ya sentadas. Obviamente, la camioneta llegó tarde, nos fueron a buscar (de nuevo) a otro hostel por equivocación. Menos mal que el de la recepción sugirió que llamemos a la agencia… terrible todo. Dejamos los bolsos en la oficina y partimos con una mochila cada una, lo básico para pasar dos días en la selva. La “oficina” es un sucucho bastante venido a menos, donde en una gran pizarra veo escritas todas las reservas para ese día, y claro, está mi nombre anotado allí… pero el resto está en tailandés así que no entiendo nada, jaja. Los empleados que trabajan allí se esfuerzan por caernos bien y sonríen por demás, pero realmente la oficina de esa agencia de turismo es cualquier cosa. Tendría que haberle sacado una foto.

El guía/chofer que nos tocó se llama Chow, y es un loco salido de la guerra, todo el día se la pasa haciendo chistes. Sabe algo de español, así que nos habla todo el tiempo a nosotras. La primer parada es en un mercado local en las afueras de Chiang Mai, donde cada una tiene que comprar agua y papel higiénico (?). Nos dicen que en la selva no hay y que cada una tiene que llevar su rollo. Mientras tanto, Chow compra algunos víveres.

Viajamos una hora en la caja de la camioneta. Hace calor, el viento caliente no es un gran alivio pero al menos es algo. Dejamos atrás la ciudad y nos vamos metiendo por caminos rurales… los edificios se van y aparecen las montañas, los campos, muchos árboles… Mucho verde. Hasta que en un momento veo el primer elefante: nos pasa caminando al costado de la ruta. Un chico lo lleva atado. Por estos lados de Tailandia es donde viven, no sé si alguno vive en estado salvaje, pero sí sabemos que muchos turistas vienen hasta acá para subirse a ellos y dar una vuelta. Algo que yo no quiero hacer.

En un momento, Chow frena la camioneta en un costado de la ruta y empezamos a caminar en la selva. Allí se nos suma su ayudante, un chico jovencito que entiende muy poco inglés pero que tiene muchas ganas de aprender. Hace mucho calor. Las francesas vienen todas equipadas como si fueran sponsoreadas por una marca deportiva, mientras Alba y yo estamos vestidas con la ropa más crota que tenemos. Vamos por el medio de la rainforest y hay muchísima humedad. Es un lindo camino hasta llegar a la cascada. Almorzamos arroz directo de una bolsita que todavía está caliente (Chow las acaba de comprar en el mercado) y después nos ponemos la bikini para ir a refrescarnos en la catarata. Nos ponemos debajo del chorro de agua durante un buen rato y se siente bien, pero lamentablemente tenemos que seguir viaje.

La caminata se me hace cuesta arriba, demasiada humedad para mí. Una hora andando y paramos a descansar… otra hora y volvemos a parar. Yo siento que me muero, me tomé toda el agua que traje y tengo sed. Caminamos con ayuda de unas cañas de bambú. En el camino vemos arañas, plantas extrañas, nos cruzamos con elefantes llevando a turistas (pobres animales). Chow, el guía, resulta ser un pesado: se la pasa diciendo malas palabras que le enseñaron los turistas: nos llama guapas a cada rato, pero también dice coño, mierda, putea. Insoportable. Mientras tanto, el ayudante quiere comunicarse con nosotras pero le cuesta, así que en un acto de paciencia me tomo mi tiempo para enseñarle algunas cosas en inglés. Es mejor que escuchar los chistes malos que hace Chow.

La caminata arranca en el medio de la selva pero también atraviesa campos de cultivo. Cruzamos un arroyo, nos patinamos en el barro, nos cruzamos con gente cosechando… hubo tramos en subida y otros en bajada… vemos suelos de distintos colores: naranjas, amarillos, verdes… estar caminando por acá es agotador para mí pero es hermoso ver este lado de Tailandia, tan poco explotado. Después de lo que me parecieron eternas horas de caminata, por fin llegamos a destino. La aldea local donde pasaremos la noche.  

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La aldea
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Los baños
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La habitación con las “camas”

Las fotos hablan por sí solas. Las condiciones son precarias, pero era parte de la experiencia dormir en un lugar así. Como ven, las diez camas son “colchones” en el piso, en un gran deck elevado sobre el suelo: básicamente hay frazadas sobre bolsas de dormir, una al lado de la otra, con una tela mosquitera alrededor. Nada de electricidad por este lugar. El baño está al aire libre, sin techo. Bañarse acá es dejar que un hilo de agua fría salga por un pedazo de manguera que tiene una media en la punta para crear el “efecto de ducha”.

Chow cocina esa noche para nosotras, comeremos arroz con verduritas otra vez. Mientras tanto, el otro chico está cortando carne de búfalo, la aplasta, la vuelve a cortar, pica cebollita, le agrega algunas hierbas. ¡Está haciendo morcilla! Pero a su manera, claro. Todo muy precario, los utensilios que tienen, no hay heladera ni electricidad, por eso es interesante verlos cocinar. Con Alba nos acercamos a ver qué hacen y les preguntamos de todo. Mientras tanto, las francesas juegan a las cartas.

Después de cenar, el chico que nos acompaña viene con un cuadernito y nos muestra cómo estudia inglés: tiene anotadas cientos de palabras una debajo de la otra, sin ningún orden, y al lado el significado en tailandés y en otro idioma más, el que habla con su familia en la aldea donde vive. Es impresionante. Todos los días agrega las palabras que les enseñan los turistas, y cuando quiere decir algo y se traba porque no se acuerda, va a su cuadernito y lo abre buscando hoja por hoja esa palabra que no le sale. Me parece admirable su actitud, viviendo en una aldea tan humilde y con tan poco acceso a otras cosas, que quiera aprender. Nos cuenta que cuando sea más grande quiere ser guía de turismo. Nos dice que admira a Chow y por eso trabaja con él, para aprender. Pero la verdad que nuestro guía es un aparato, bastante pesado y se pasó el resto del día haciendo chistes de mal gusto. Ya casi ninguna de nosotras le presta atención a lo que dice. Una pena que él sea su referente.

Terminamos esa noche tratando de resolver juegos de ingenio con palitos, mientras Chow se toma unos vasos de licor. No son las nueve de la noche cuando ya estamos acostadas, no hay mucho más por hacer. Con Alba no podemos creer donde estamos durmiendo esa noche. Sin señal en el celular, estamos desconectadas de todo.

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2 comentarios sobre “Tailandia / día 5

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