Viajes

Tailandia / día 6

Domingo 06/11/16
Día 194

Esa noche me pasé casi 11 horas adentro de la bolsa de dormir, donde me acosté vestida Aún así, me levanté cansada y con mucho frío, no soy la única a la que le costó descansar.

Nos levantamos y estaba listo el desayuno. Café, algunas frutas, pan con dulce. La humedad que había en el ambiente ya se hacía sentir. La ropa que habíamos dejado en la soga durante toda la noche para que se secara, junto a nuestras toallas, estaba todavía empapada. Mientras tanto, las francesas estaban impecables: ellas no se ducharon. Alba y yo nos miramos: preferimos llevar a cuestas una toalla mojada que andar sucias todo el día.

El día arrancó con un problema… Voy un poquito para atrás: cuando reservamos las excursiones en la agencia de Bangkok, el día 1, pedimos no hacer la excursión de los elefantes. Yo no quería saber nada con subirme a uno de ellos, la idea de hacer algo tan turístico sólo por una foto me daba mucha pena por los animales. Pero a mi compañera de viaje sí que le hacía ilusión. Entonces le explicamos la situación a la señora de la agencia, entendiendo que los veríamos, pero que no nos subiríamos a ellos.

Cuando tenemos que salir, el guía nos dice que tenemos por delante otra larga caminata hasta llegar a una nueva catarata. No dice nada de los elefantes. Le preguntamos, pataleamos, pero la respuesta sigue siendo no. Las francesas también están molestas, se ve que a ninguna de nosotras nos quedó muy claro el itinerario que haremos y no estamos contentas yendo de vuelta a hacer lo mismo que ayer. Son momentos de bronca, donde nos quejamos y le pedimos que por favor nos lleve a verlos… pero él dice que no podemos cambiar el itinerario sobre la marcha, que le han informado que esto es lo que tiene que hacer con el grupo hoy y no puede hacer algo diferente. Y claro, estando en el medio de la selva en la montaña, no hay señal en el teléfono para llamar a nadie. Así que un nuevo malentendido que no podemos resolver…

Esta vez la caminata fue un poco más fácil: estoy segura que caminamos menos que el día anterior, aunque igual por momentos se hizo pesada por la humedad. Se nos sumaron una pareja de alemanes muy copados y fuimos todos juntos a la nueva catarata, que no era la gran cosa tampoco, pero con el calor que hacía vino bien.

Después del almuerzo en un comedor en la ruta (donde otra vez comimos arroz con verduritas) nos llevaron a la última actividad del día: bambú rafting. En unas balsas hechas con palos de bambú nos sentamos con las piernas cruzadas cuatro personas una delante de la otra, mientras que un chico tailandés iba “remando” en el frente. El río por el que circulamos era muy poco profundo pero había varias piedras, entonces el chico iba guiándonos por el río usando una caña de bambú como remo, haciendo tope contra el fondo para ir avanzando. La balsa era bastante precaria, y cada vez que doblaba en algún codo del río yo sentía que nos íbamos a caer.

Viendo como había empezado el día, nos terminamos riendo muchísimo con esta actividad. El chico que nos llevaba nos salpicaba a propósito y nos asustaba diciendo que había serpientes en el agua… Al principio pensé que era un chiste, pero después de ver un par descansando en las piedras en las márgenes del río, ya estaba bastante asustada. Lo mejor de todo fue la sorpresa que vivimos. En un momento un grupo de elefantes se disponía a cruzar el río también: tuvimos que pasar por al lado de ellos muy despacio para no asustarlos… y hasta pudimos tocarlos suavemente. Venían dos elefantes adultos y uno bebé, que mediría un metro y medio como mucho. Hermosos animales.

Más allá de que el paseo en balsa de bambú fue divertido, lo malo es que el río estaba sucio, mucha basura se veía en los costados. Hasta vimos a un hombre revolear una lata de cerveza en el agua… Cosas que me dan bronca y me generan mucha impotencia: ¿cómo puede haber gente tan idiota en el mundo?

Volvemos a Chiang Mai, y luego de pasar por la “oficina” por nuestros bolsos, nos llevan al hotel. Uno nuevo, reservado por la agencia de Bangkok. No está taaan mal, es un poco viejito y está atendido por tailandeses que no hablan muy bien inglés. El barrio no es tan lindo como el otro hotel en el que estuvimos. La sensación es que es un hotel que se detuvo en el tiempo y le falta un poquito de mantenimiento y modernidad. Es bastante sencilla la habitación, pero para nuestra sorpresa tiene en el baño ¡la mejor ducha del mundo entero! Después de dos días en la selva, fue hermoso poder darse una ducha con un buen chorro de agua con mucha presión.

Ya limpias y de mejor humor, nos fuimos a dar una vuelta por el mercado, que hoy siendo domingo, nos dijeron que hay bastantes puestos y cosas para ver. Cuando salimos del hotel, medio que nos perdimos y paramos a preguntarle a una señora… con tanta casualidad que era italiana, hablaba muy bien inglés y conocía Argentina: ¡había estado en Capilla del Monte de vacaciones 3 años atrás!

El mercado callejero es pintoresco pero agobiante: son tantos puestos de comida y de souvenirs, de regalos, de ropa, todos juntos, uno al lado del otro… y mucha, muchísima gente. Hace calor, hay ruido, hay humedad. Después de caminarlos de punta a punta, lo único que queremos es volver al hotel. Cambiamos en un día de la tranquilidad de la selva al ruidoso centro turístico.

Estamos con Alba paseando y debatiendo qué comer, cuando vemos gente que lleva velas en la mano. Vemos a uno, a dos, a diez. Todos los puesteros tienen el lazo negro prendido en su ropa, claro, están de duelo por la muerte del rey, pero también tienen velas prendidas al lado de las cosas que venden.

Una señora nos ofrece velas a nosotras también. Las agarramos y a los pocos metros vemos que la gente no camina más, todos se detuvieron en sus lugares. Los puesteros no venden, la gente no compra. Se apagan las luces de la calle y se escucha una melodía: el himno de Tailandia. Es como si la ciudad se detuvo: la gente no camina ni habla. Una persona toma un micrófono y lee un papel, no sabemos qué dice, pero la gente alrededor nuestro está emocionada.

Minuto de silencio. Con Alba levantamos la vista y vemos la enorme foto del rey enmarcada en el medio de la calle. Pasado este momento, la gente coloca las velas en el piso y todo vuelve a la normalidad, al ruido, a los olores, al calor. Ya tuvimos suficiente nosotras.

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