Tailandia·Viajes

Tailandia / día 7

Lunes 07/11/16
Día 195

¿Alguien se imagina cómo puede haber arrancado este nuevo día en Tailandia?

Nos tienen que pasar a buscar entre las 9 y las 9.30 para llevarnos a una nueva excursión: hoy nos vamos para la montaña … pero obviamente, se hace la hora y no viene nadie. Estamos en la recepción del hotel con todos nuestros bolsos y pedimos de llamar a la agencia. La tailandesa pone su mejor cara pero nos quiere cobrar por usar el teléfono. Mi compañera de viaje se enoja, mucho. “No puede ser que nos cobren por hacer una llamada local“. Y sí, tiene razón. Se enojan las dos -momento de tensión- pero seguimos ahí a la espera y ya son casi las 10… así que me acerco sola al mostrador y le trato de explicar en el inglés más básico que tengo lo que pasó y por qué necesitamos llamar… La chica me dice que no pueden usar el teléfono del hotel, que está bloqueado, pero que me presta su celular. Al final, le doy una moneda y llama. Después de unos minutos de incertidumbre, nos enteramos que nos fueron a buscar a otro hotel.

La combi que nos pasa a buscar es chica y va llena, todos un poco apretados con tantos bolsos. Estamos yendo para Pai, un pueblo chiquito en el medio de la montaña. Escuchamos que es un lugar muy lindo, muy tranquilo y con un aire hippie.

Llegar a Pai no fue nada fácil: fueron casi tres horas en la ruta, en un camino sinuoso de montaña con curvas y contra curvas. Yo casi nunca me descompongo en los viajes, pero esta vez me moría, era una sensación horrible. Encima también tenía ganas de ir al baño, jaja, todo junto. Tengo ganas de vomitar pero no digo nada y me la aguanto todo el viaje, respirando profundamente, cerrando los ojos y pensando en algo lindo. Pienso en mis sobrinos, en las fotos que mi hermana me mandó el día anterior… pienso en lo grandes que estarán, pienso en mi familia… y así la voy piloteando. Siempre con los ojos cerrados.

Parada técnica a mitad de camino, gracias a Dios. Cuando veo al resto de la gente en la combi todos estamos medio pálidos. Tengo un poco de hambre pero la idea de comer algo en ese momento me da náuseas.

El segundo tramo es aún peor que el primero: más curvas y cada vez vamos más alto. ¡No puedo ni mirar por la ventana el paisaje! Así que cuando llegamos a Pai fue un alivio, pero tanto Alba como yo estamos mareadas al bajar de la combi. Sólo quiero ir al hostel y acostarme un ratito. Pero tenemos sólo ese día para conocer Pai, así que no hay tiempo para mucho descanso.

Son casi las 14.30 cuando salimos del hostel. Dejamos una bolsa de ropa sucia en un lavadero (30 bahts por el kilo de ropa, es muy barato acá, ni vale la pena ponerse a lavar a mano) y vamos a la primera agencia que vemos. Ahí mismo negociamos lo que haremos el resto del día: como la mayoría de las excursiones arrancan bien temprano a la mañana, nosotras pagamos un poco menos porque sólo llegaremos a ver algunas cosas. Como casi todo en este viaje, no llegamos a leer casi nada de Pai antes de venir. Y las cosas que menciona la Lonely Planet o son caras o son para arrancar a las 7 am. Así que seguimos el itinerario que nos propone la agencia, una pasada por el kiosco para comprar víveres y salimos…

El itinerario tiene algunas paradas bien turísticas y otras más pintorescas. Una hamaca en un árbol, una lindo café con vista al valle (Coffee in Love se llama, muy marketinero), un hotel famoso donde se filmó una película, una casa de frutillas, un puente de la Segunda Guerra Mundial (Memorial Bridge)… lo que sí es hermoso son las vistas increíbles que tenemos de las montañas. Uno de los lugares más lindos sin dudarlo es el cañón de Pai.

El circuito está armado así y no podemos quejarnos. Es hermosa la vista desde todos lados. Los lugares más lindos que son “al aire libre” (las hot springs, cataratas y cuevas) se hacen por la mañana… así que me quedarán para la próxima.

Cuando estamos yendo al último lugar (terminamos el día viendo el atardecer en una montaña donde hay un Buda enorme y para eso subimos unos 300 escalones), vemos que hay elefantes al costado del camino. “Frená, frená” le pedimos al chofer, y cuando bajamos los tenemos ahí, tan cerca nuestro.  Una chica se nos acerca y nos invita a tocarlos.

Y ahí nos acercamos. Y les toco la trompa, y se siente áspera, como una lija gruesa. Y es enorme, mide más de dos metros. Le damos de comer bananas, y las agarran con la trompa, quitándolas de nuestras manos. Aún cuando las escondo detrás mío, el elefante me rodea el cuerpo con la trompa para sacármelas. Unos animales hermosos.

Esa noche recorremos el mercado nocturno de Pai, que es casi lo mismo que en Chiang Mai pero un poco más relajado. Hay mucha gente en la calle, pero la temperatura es ideal, no hace calor ni hace frío. Como un poco de todo para probar cosas nuevas.

Esa noche Alba se hace masajes otra vez, y yo aprovecho a hablar con mi familia desde el hostel. Me como un heladito y me siento muy feliz de estar acá. Lo malo es que hay tantas cosas para hacer que nos quedan pendientes, ¡venir así a las apuradas no me gusta nada!

Ya pasaron la mitad de los días de este viaje y desde Pai nos despedimos del norte de Tailandia. Una sorpresa hermosa todo, los lugares, la gente, la naturaleza, los templos. Sin duda es una parte de este país que no es tan conocida y que me resultó increíble.

Ahora se viene la segunda parte, en el sur. La playa nos espera.

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