Australia·Viajes

Nuevo capítulo: Brisbane

¡Hola a todos!

Ya hace casi tres meses que estoy viviendo en Brisbane, en el noreste de Australia. Una propuesta de trabajo, la chance de trabajar en una oficina por un tiempo y sumar algo de experiencia en Marketing, la oportunidad para salir de Sydney y conocer un nuevo lugar vinieron a mí… y sólo tuve que decir que sí.

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Acá estoy, unos 700 km al norte de Sydney.

Cuando Alba me recomendó para su puesto en Marketing, mencionó que yo estaría dispuesta a relocalizarme. No la estaba pasando mal en Sydney, todo lo contrario. Sydney es una ciudad increíble y me sorprendió desde el primer día. Pero yo vine con la idea de vivir en más de una ciudad dentro de este año de visa Working Holiday, con lo que sentía adentro mío que tenía que salir, que tenía que animarme a dejar la “comodidad” de Sydney e intentar probar vivir en otro lado.

Pero no me animaba a mudarme.

Hasta que unos días antes de irme a Tailandia llegó la confirmación. Te queremos en la oficina de Brisbane. Se ultimaron detalles económicos y estuve unos días yendo a la oficina de Sydney para aprender algunas cosas, para que el traspaso fuera fácil. Me fui de viaje dos semanas y el día que aterricé nuevamente en Australia, me dijeron “en cinco días te vas para Brisbane”.

Ni tiempo para pensarlo dos veces.

Aterricé esa mañana con todo mi equipaje: unos 25 kilos en mi nuevo bolso (tuve que deshacerme de mi querida mochila azul, ya sus cierres y costuras no daban más), la valija de mano, la bolsa de dormir atada a ella y una mochila pequeña con la computadora y cosas chiquitas que no entraban en la valija. Me iba a tomar el tren pero al final pedí un Uber: estaba tan cargada que necesitaba que me depositen directo en el lugar adónde me iba a quedar.

Brisbane me recibía con todo el calor: eran las 11 de la mañana ese día y hacían más de 30 grados. Llegué en medio de una ola de calor.

La empresa me pagó el vuelo para venir hasta acá y también me pagaron dos semanas de alojamiento en un departamento de Airbnb, donde estuve hasta que conseguí un lugar donde vivir. Me recibe la dueña de casa, Rowan, mientras su gato le da vueltas alrededor. Mi habitación está en el primer piso, cama grande, placard enorme. El departamento tiene un patio precioso, un living amplio con sillones, una cocina blanca y luminosa. Un placer vivir ahí por unos días. En ese momento Rowan compartía la casa con un chico de Sydney que trabajaba con una compañía circense, y una chica de Rusia creo, o Ucrania, no me acuerdo.

Acomodo mis cosas… y me voy a la oficina. A conocer a mis compañeros y empezar a trabajar. Me están esperando hace días… pero claro, yo estaba de vacaciones.

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Adiós Sydney. Ahí se ve la Opera House, a la que tantas veces le saqué fotos…
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Hola Brisbane

Así empezó todo.

Ya van a hacer casi tres meses y a veces no puedo creer lo rápido que pasó el tiempo.

+ Hoy ya no trabajo sólo en la oficina, sino que también hago algunas horas en un restaurant. La propuesta que me hicieron era part time, y la verdad que para poder seguir viajando hay que ahorrar más… así que estoy tres días en la oficina y cuatro noches atendiendo clientes y sirviendo mesas. Cosa que no quería hacer de vuelta, pero bueno.

+ Ya no sufro tanto el calor, creo que me acostumbré. Al principio bastaba con salir a la calle y empezar a transpirar, una cosa de locos lo que era. Ahora ya mi cuerpo lo tolera (un poco) mejor. Es difícil vivir en una ciudad con clima tropical, donde hace 30 grados a las 8 de la mañana todos los días. A veces a la noche “refresca” un poco, también por estar tan cerca del río corre una brisa, se podría decir. Pero la gente vive acá lo más bien. Todo el transporte público tiene aire acondicionado, lo cual hace más tolerable el calor. Pero acá en invierno hace 20 grados. Eso es lo más frío, dicen, así que básicamente se cagan de calor todo el año, jaja.

+ Estoy bronceada desde que llegué. Me pongo protector solar cada mañana, pero el sol pega muy fuerte por estos lados del mundo y la piel agarra color aún con factor 50. Como contraste, te dás cuenta si alguien es de Brisbane porque es blanco. No toman sol, no se broncean, se cuidan muchísimo con gorra, remera. Se toman muy en serio el tema del cáncer de piel y el agujero de ozono.

+ Me mudé tres veces: viví primero en lo de Rowan, después con una amiga nos fuimos a un departamento que olía a encierro y a comida china, y ahora estoy hace un mes viviendo frente al río, compartiendo casa con otras seis chicas asiáticas.

+ Estuve haciendo cosas en mi tiempo libre. Con la gente de la oficina, estuvimos jugando al dodgeball durante los últimos lunes del 2016. Hacer algo de deporte juntos era un plan divertido, ¡el problema es que perdimos todos los partidos! Los viernes son días especiales: comemos juntos al mediodía (el almuerzo es gratis) y después cada tanto salimos de after office. Mientras que con los del restaurant, nos hemos ido a la playa y a conocer parques nacionales. También se armó un lindo grupo de argentinos viviendo acá y nos juntamos cada tanto a tomar mate en alguna pileta.

Al principio no fue fácil, pero ya encontré de vuelta mi pequeña rutina. Y con eso, el vivir acelerada, lo que produce trabajar casi todos los días de la semana. Y tampoco paro mucho, porque si tengo un solo día libre por semana, no quiero quedarme en casa: quiero salir de la ciudad para conocer algún parque nacional o ir a la playa. Cualquier cosa que quiera hacer implica moverse a dos horas de Brisbane.

Y se pasó volando el tiempo. 

Lo que tiene Brisbane es que es una ciudad muy linda y tranquila… la gente vive muy relajada, los negocios cierran temprano y algunos hasta ni siquiera abren los domingos. Pero es una ciudad que tiene todo… ¡y no tiene playa! Cómo me engañaron cuando vine para acá, yo pensé que sí había. Pero no. Lo que hay son unas piletas públicas en pleno centro de la city, que tienen hasta playa de arena. Al principio me encantaban, pero después ya era un fastidio ir, porque siempre está lleno de gente, así que termino quedándome en la pileta de mi casa.

No tenemos mar, pero tenemos un lindo río que atraviesa a la ciudad, dejando ver el reflejo de los edificios desde casi cualquier lugar. La bicisenda compartida con el sendero peatonal bordea el río, y podés cruzar de una margen a la otra por cualquiera de los puentes que hay. Todos distintos, todos iluminados.

¿Ya les dije que hace calor y no hay playa? Es clave tener pileta en esta ciudad. Pileta y auto. La ciudad está construida sobre un terreno no muy plano y hay muchísimas subidas y bajadas, barrios en altura, calles largas con escaleras… se hace difícil no andar motorizado cuando tenés que ir medio lejos. Para moverse por el centro de la ciudad, hay un sistema público de bicicletas, que podés usar por muy poca plata (5 dólares mensuales), y tenés gratis los primeros 30 minutos, después tenés que dejarla en alguna estación y podés sacar otra. Igual te digo que venir andando en bici y ver de repente que el camino adelante es en subida… uff, ya sentís que las piernas no te dan más y que las ruedas no avanzan.

Y eso que van tres meses.

Algo me dio Brisbane entonces: un lindo bronceado y unas piernas más fuertes.

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