Argentina·Ushuaia

Recorriendo el Parque Nacional Tierra del Fuego

Relato hecho por una invitada especial: mi hermana.
Leer esto después de casi dos años de haber viajado con ella me hizo volver a recordar todo y a reírme tanto como si estuviera viviendo todo nuevamente.

Lo dejo por acá para que lo disfruten. Yo todavía lo leo y lloro de la risa.

Miércoles 01/04/2015

Aquel segundo día día nos levantamos con más tiempo, y vimos que lloviznaba. ¿Qué se hacía en estos casos? Ya nos preocupábamos nosotras, pero la verdad es que el clima en Ushuaia es así. Puede salir el sol y llover cinco veces en un mismo día, y es absolutamente normal. No se puede predecir, no se puede planificar. Nunca sabés cómo va a estar al día siguiente, y no podés planear ni cancelar con tiempo porque en algún momento el día mejora, casi siempre. Puede nevar cualquier día del año. Y las temperaturas no presentan gran amplitud, siendo el promedio 10 grados en verano, y 0 grado en invierno. Todo eso nos contaron, y presenciamos por nuestra cuenta.

Desayunamos abundante y esperamos la combi.

Unos veinte minutos tarde, llegó. Se bajó el guía, Daniel, y lo primero que hizo es mirarnos de arriba abajo. *esa sensación horrible de sentirte juzgada*

– Hola chicas… la verdad? No las veo muy equipadas para trekking en la montaña…

Bueh, qué novedad… acaso alguna de nosotras iba a andar por la vida con ese tipo de vestimenta, con los palos esos para clavar en la piedra, ¿qué esperaba? ¿Que tuviéramos cantimploras? ¿Pasamontañas? ¡A MI NADIE ME DIJO NUNCA LO QUE DEBÍA PONERME!

Nos justificamos como pudimos, y hasta sugerimos cancelar la excursión, pero al final con buena voluntad, decidimos ir igual. Hacía mucho frío ese día, y en la combi nos esperaba el grupo que nos acompañaría toda esa jornada: dos señoras de Estados Unidos, de unos 60 y 70 años, dos hermanas de las Islas Canarias, de unos 60 cada una (tan jovial todo), y un muchacho holandés de unos 30, que andaba viajando solo por el mundo. Con las hermanas ya habíamos coincidido la mañana anterior en el barquito (en la navegación por el canal Beagle), y ya habíamos cruzado unas palabras…

La verdad es que mi geografía es cero, así que no recuerdo bien el recorrido que hicimos. Si sé que fuimos hacia el sur alejándonos de la ciudad, por la ruta 3, la cual termina en Bahía Lapataia.

La primera actividad fue caminata. Tres horas de caminata por un terreno que si bien no era muy alto, era bastante inestable. La lluvia no ayudaba. Íbamos como bordeando el final del bosque, con el lago a un lado, y los árboles del otro. Había mucho barro, en algunas partes nos patinábamos, y era constantemente esquivar ramas, piedras, agarrarnos de lo que pudiéramos. Cada tanto parábamos y Daniel nos explicaba de la geografía, flora y fauna. Estaban las chairas, también llamadas manzanitas. Era un arbusto donde crecían unas frutitas del tamaño de arándanos pero color fucsia. No se comían, es decir, habrá quien las come supongo, pero nos dijeron que tienen gusto a manzana bien amarga.

También vimos llaretas, que eran unos arbustos bien redondos, a tal punto que parecían rocas cubiertas de musgo. Pero no, toda esa “bola” era la planta. Conservaba toda la humedad dentro, por lo que si se rompía, perdía agua y se secaba.

El árbol mas predominante es la lenga, altos y por todos lados. Y en sus ramas, unas extrañas formaciones que parecían nudos. Según nos explicó Daniel, había unos hongos que afectaban a las lengas, las cuales se defendían formando esta especie de nudos para evitar la proliferación del hongo. Pero la naturaleza a veces no es tan sabia, ya que estos nudos terminaban teniendo el efecto de tumores, asfixiando las ramas y provocando que se sequen. En la lengua nativa, el nombre del hongo es Llao Llao (¿les suena?), y en su traducción a la lengua “blanca”, sería Pan de Indio. Dicen que los yámanas se alimentaban de estos hongos, que si bien tenían un bajísimo valor nutricional, servían para complementar la poca cantidad de carne conseguida en el día, y brindaban básicamente sensación de saciedad.

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En un momento nos detuvimos en un claro, un espacio costero bien amplio, con césped bien prolijito. Llamaba la atención que había una especie de cráter en medio, dándole aspecto de un plato de sopa gigante. Era un antiguo asentamiento yámana. Allí había habido alguna vez fuego, y todo alrededor de éste, las chozas. La comunidad yámana era nómade, no se había dedicado a la agricultura ni a la cría, de ganado y no tenía intenciones de dejar un legado, de perdurar en el tiempo. Por eso es que su lengua, tan rica, se fue perdiendo debido a la ausencia de registros escritos. Los yámanas vivían en pelotas básicamente, y navegaban en pequeñas canoas hechas de corteza de lenga, para cazar mamíferos en el canal. Pasarían frío, seguramente, pero al pasar gran parte del día en el agua, preferían no mojarse la ropa. Obviamente que los europeos llegaron, los vistieron, esto les provocó hongos en el cuerpo por la humedad, y entre otras cosas mas, fueron muriendo de a poco. Hoy en día queda solo una yámana pura (hija de yámanas) que aún habla el idioma.

Sí, ¡aprendimos un montón! ¿Qué se creían?

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La lluvia no ayudaba nada, y acentuaba el frío. Se complicaba sacar la cámara de la mochila (tenemos muy pocas fotos de ese día), y la tentación era meter las manos en el bolsillo calentito… lo cual nos impedía caminar con seguridad. Daniel prefirió parar cada vez menos, y hacer tramos de caminata mas largos, lo cual fue bueno porque entrábamos en calor (de hecho, llegué e transpirar), pero las piernas no nos daban más. Era humillante ver a las señoras regias caminando, y yo con la lengua afuera, así que si bien Daniel nos dijo que podíamos pedir detenernos si queríamos descansar, yo no dije ni mu.

El último tramo se me hizo eterno, me dolía absolutamente todo el cuerpo, y tenía un dolor punzante en el muslo izquierdo, gestado durante el ascenso al glaciar el día anterior, y agravado ese día. Por fin, llegamos a la combi y nos abalanzamos a los asientos.

Luego de un breve recorrido llegamos a una especie de complejo de cabañas donde comimos un guiso de pollo y verduras, secamos las camperas en una estufa (medio precario todo), y nos pusimos la ropa de navegación para andar en los gomones por el lago.

Creo que ese día fue el récord de frío que sufrí en mi vida. Tenía puesto solo un par de medias de algodón, de esas compradas en Todo Moda, que para Capital son divinas, pero en el sur… No funcionaban :/

Me calcé el camperón impermeable, los pantalones haciendo juego (todo me quedaba ridículamente gigante), y las botas de goma, que estaban heladas.

Caminamos un trecho hasta la costa cargando el gomón. Una vez allí, Daniel hizo la pregunta: “¿Quién quiere ir adelante?”. A lo que siguió (obviamente) la respuesta de mi hermana: “Yoo!!”.

Y como por lo visto yo ahí no tenía ninguna posibilidad de elección, Daniel dijo: “Listo! Van las hermanas adelante”. QUE???

Arriba del botecito, remos en mano y a navegar por el lago. Aguas planchaditas, silencio absoluto. Algún que otro cormorán volando cerca. Cada tanto un “Miren, ese es el Monte Olivia”, mientras seguíamos remando sin parar. Si bien la actividad era recreativa, remamos mucho, y Daniel nos arengaba “REEEEMEN! … REEEEMEN!!”.

Todo regio hasta que empezó el aguanieve, y para no mojarnos los anteojos Pali y yo remábamos mirando para abajo (muy útiles las pibas miopes al frente, jajaja).

A todo esto a mi me dolían los pies del frío. Navegamos unos 40 minutos, bajamos a dejar el gomón y fuimos en combi hasta el fin de la ruta 3, todo embarrado, pero unas de esas postales del fin del mundo (al menos, del mundo vial…) que no nos podíamos perder.

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El trayecto de vuelta al hotel se me hizo eterno, estaba congelada, con sueño, el estómago revuelto, así que me limité a mirar por la ventanilla mientras Pali charlaba con Jeroen (el holandés), quien le contaba de las diferencias entre los sueldos nuestros y los europeos, de su vida de viajes mientras trabaja desde la PC en sus vacaciones, su casa enorme llena de habitaciones a la cual podíamos ir cuando quisiéramos. Era LA oportunidad de charlar, pero yo no podía reaccionar, era una estatua. Por suerte Pali parloteaba lindo, y el rubio cada tanto me miraba de reojo y viendo mi estado inerte, le preguntaba lleno de lástima “Is she OK?”.

Llegamos al hotel, no me bañé, y me metí a la cama, eran tipo 5 de la tarde. Hasta las 9 dormí sin parar. Estábamos tan cansadas que llegamos a considerar saltearnos la cena (algo impensado para integrantes de mi familia). Por suerte, pronto recordamos que ese miércoles había 50% de descuento en el Bar de Pizzas así que saltamos de la cama, nos emponchamos y ahí fuimos por nuestra grande de muzzarela.

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Un comentario sobre “Recorriendo el Parque Nacional Tierra del Fuego

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