Tailandia·Viajes

Tailandia / día 11

Viernes 11/11/16
Día 199

Otra vez a cambiar de hotel… ¡y de isla!

Hoy nos vamos para Koh Phi Phi. Las famosísimas islas Phi Phi que siempre soñé con conocer… no puedo creer que después de tanto verlas en fotos, ese día al fin llegó.

Después de desayunar, tenemos hasta las 11.30 que nos vienen a buscar para llevarnos al puerto. Alba se acuesta, no se siente muy bien. El aire acondicionado está prendido bien fuerte, hace muchísimo calor hoy. Yo me voy a caminar un rato por la playa y a la hora vuelvo toda hecha sopa. Una ducha fría de agua helada es necesaria para poder salir.

Esta vez no es una lancha, es un barco enorme donde subimos unas 100 personas. Todos los bolsos y valijas fueron revoleados hasta armar una pila donde ya no es posible identificar ninguno. Nos llevará un rato encontrar nuestro equipaje cuando llegamos a destino. Tenemos dos horas de viaje en este barco, de las cuales yo paso 30 minutos secando las cosas en mi mochila, porque guardé la botella de agua abierta.

Cuando bajamos del barco, nos hacen pagar una tasa de desembarque de 30 bahts a cada una. No es que sea caro, eso no es lo que molesta, sí el tema de la avivada. Nunca llegaremos a entender si esto es legal o si se aprovechan de los turistas. Aunque nos haya dado el comprobante de pago… es raro que te cobren por bajar de un barco, donde ya pagaste para viajar… en fin.

Salimos por el muelle las dos, muertas de calor, y vemos que hay un montón de personas con carteles… nosotras no avisamos en el hotel que íbamos a venir, pero de repente vemos nuestros nombres en una hoja: ¡nos vinieron a buscar! Una alegría enorme porque ninguna de las dos sabe cómo llegar al hotel. Nos quedamos un rato ahí con el señor, esperando más pasajeros pero como no baja nadie más del barco, nos vamos los tres solos.

Muy amable, trae un carro donde ponemos nuestro equipaje… y empezamos a caminar. Porque no nos subimos a un auto ni a un tuk tuk. En la isla de Koh Phi Phi no hay calles, no hay vehículos… todo se hace caminando. Toda la isla es peatonal.

Quince minutos después (pareció más) llegamos. El hotel lo eligió Alba, cuando entramos a la recepción pensé “¿dónde nos metimos?“. Olía raro, estaba todo un poco oscuro y las chicas que nos atendieron no nos entendían muy bien cuando les hablábamos. Era como un hotel de 1970. Tuvimos que pagar unos 4000 bahts por las tres noches que nos quedaríamos ahí, bastaaaaante caro (porque encima no nos dimos cuenta que pasaríamos tres noches acá y solo habíamos reservado dos, jaja… bien distraídas, esa noche extra dolió mucho en el bolsillo).

Pero bueno, después de esa primer impresión del hotel, cambió todo cuando fuimos a la habitación: caminamos unos 100 metros, pasando por la pileta -enorme- frente al mar y el salón desayunador, a metros de la playa. Mucho verde por todos lados. La emoción que nos dio llegar a la habitación y descubrir que era un bungalow grande y bastante nuevo, todo luminoso y muy tranquilo, alejado de la “calle” donde pasa la gente. Una cosa de locos lo lindo del lugar. Me pasé horas mirando los barquitos todos alineados enfrente nuestro y detrás a lo lejos, las montañas y las islas. Además teníamos buen WiFi 😉

Almorzamos en un restaurant ahí cerca del hotel, casi a las 4 de la tarde. Me pedí la ensalada hawaiiana, que vino servida adentro de media ananá y tenía verduras y pollo. Fresca y super rica.

Esa noche Alba se hace las uñas de manos y pies (de nuevo). ¡Es que es tan barato acá!, se justificaba. Pero yo no tengo ganas de quedarme quieta así que me voy a caminar sola. Estamos en el “centro”, la gente pasea, sale a comer o a tomar algo. Me tomo un helado de coco primero, de esos que son bien artesanales… muy rico. (Después paso por un negocio donde hacen el helado como si fuera chocolate en rama, y me da tanta hambre que me tomo otro. Tendría que haberle sacado fotos, no puedo explicar lo que era eso jaja.)

Paso por los bares, todos abiertos pero no hay tanta gente. Muchos borrachos, sí, como en todos los lugares turísticos. Pero está cada uno en la suya. El centro son callecitas que se cruzan unas con otras, algunas más oscuras que otras, como pequeños callejones. Pero no tengo miedo de andar sola… hasta que me pierdo y me alejo un poco del ruido del centro. Pego la vuelta y vuelvo, siguiendo las luces de colores y los ruidos de los negocios.

En una esquina, veo una pelea de dos tipos en un ring de box que está adentro de un bar. Muy loco. Recuerdo que me contaron que la gente va y se anota para subirse al ring, amigos que se calzan los guantes y el casco y se pegan un par de piñas. Cosas que no entiendo. Entro al bar, están todos tomando cerveza y mirando la “pelea”. No me divierte, así que salgo y sigo caminando.

En la calle hay muchos puestitos donde venden comida (crepes, kebab, pizza, roti) pero también bebidas, de todo tipo. Lo que más me llama la atención son los buckets: pequeños baldes de plástico donde venden por ejemplo, la botella de ron y latas de Coca Cola. Todo el mundo compra estos buckets y se sienta en el cordón de la vereda a tomar.

Cuando ya me aburrí de pasear sola, vuelvo -con mi segundo helado- a buscar a Alba y volvemos juntas al hotel, caminando a la medianoche, escuchando el ruido de las olas romper ahí nomás, cerca nuestro.

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