Australia·Viajes

Whitsunday Islands – Episodio II

Del domingo 12/03 al martes 14/03
Días 320 a 322

Y cómo tener la suerte de poder volver a uno de los mejores lugares que visité en Australia.

Lisa es una amiga del trabajo, que al principio era sólo una compañera pero que se hizo querer. Ella es alemana y compartimos los últimos meses trabajando juntas en la oficina: yo trabajando en Marketing y ella haciendo una pasantía.

Lisa tenía un gran viaje organizado con su novio y un amigo de ellos para los meses de Marzo y Abril, donde iban a recorrer varios lugares de Australia. Pero, a pocos días de partir, el amigo en cuestión no pudo sumarse por cuestiones laborales y tuvo que cancelar sus vacaciones, dejando solos a mi amiga y a su novio, y estando todo pago: aéreos, excursiones, hoteles, alquiler de auto.

Pero hubo un pequeño detalle: muchas de esas cosas ya pagas no eran reembolsables y por ende, quedaba un lugar vacío. Se imaginan la cara que puse cuando me invitó a tomar ese lugar, sumarme en el viaje con ellos y ¡acompañarlos en una excursión de dos días en barco navegando por las islas Whitsundays!

¿Una escapada de dos días a navegar? Con los ojos cerrados compré los pasajes: ida el domingo, vuelta el martes. Un viajecito exprés, pero qué más da. Allá voy de nuevo 🙂

Bajé del avión y fui directo a encontrarme con los chicos en la agencia de viajes de Airlie Beach. ¡Un calor! Era casi el mediodía y tal como recordaba la ciudad, después de haber estado allí en Octubre, era un horno. Completé el formulario con mis datos y quedé registrada en la excursión. Fui la última persona en anotarse. Los chicos me cuentan que conocieron al resto de grupo, y que son 90% alemanes y tienen pinta de tener 19, 20 años. Por lo bajo medio que puteo un poco, pero no voy a dejar que los niños me alteren el excelente humor que tengo por estar acá, jaja.

Almorzamos con los chicos en el mismo restaurant al que fui a comer seis meses atrás (pero no me pido lo mismo). Compré un par de botellas de agua mineral (es requisito subir al barco con muuuucha agua) y fuimos hacia la marina, a encontrarnos con el resto del grupo. Como cosa curiosa, nos pidieron que llevemos un bolso sin cierres (?), mucho líquido, protector solar, gorro… pero no shampoo, ya que no habrá ducha en las próximas 48 horas. La cantidad de agua dulce que tiene el barco es “limitada” así que ¡habrá que enjabonarse cuando estemos de vuelta en tierra firme!

Estamos ahí esperando que vengan a buscarnos. Veo que hay muchos alemanes, sí, pero también había gente de otros de países desconocidos… los escuchamos hablar y no pudimos reconocer el idioma. Sin dudas, yo era la única argentina (y la única hispano parlante) de ese grupo. Lindos días por delante hablando en inglés sin parar. Me encanta estar con gente de lugares tan distintos.

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Airlie Beach, antes de embarcar

Pasamos por al lado de unos 50 barcos. Veníamos con nuestros bolsos a cuestas, las botellas de agua, bajo el sol de un mediodía muy fuerte. Y tal como pasa en las mejores historias, el barco más feo de todos, ese barco un poco viejo al que le faltaba una mano de pintura… ése era el nuestro. Bienvenidos a bordo de Habibi.

La tripulación se presentó primero: el capitán del barco (o el skipper, un señor de unos 50-60 años) se llamaba Greg y luego había tres personas más que iban a ayudar con la comida y armar las actividades para los próximos días. Después nos hicieron presentarnos a todos: éramos un grupo de 26 personas de todas las edades, y sí, había mayoría de alemanes pero también había a bordo un francés, cuatro suecas, un italiano, un par de chicas del Reino Unido y una estadounidense. Todos comunicándonos en inglés.

La pregunta del millón fue “¿dónde vamos a dormir?“. El barco no era muy grande y éramos muchos. Si hubiera registro de nuestras caras cuando vimos las habitaciones. Eran unos minúsculos cubículos con camas marineras. Me toca a mí compartir con una chica en un cuartito que no tiene puerta, pero que está al lado de la escalera para subir a cubierta. Ella elige la cama de arriba, a mí me toca la de abajo. Me siento en la cama y ya me ahogo, no corre el aire ahí abajo… yo creo que hace unos 20 grados más que afuera. Me pongo la bikini y subo rápido a encontrarme con los chicos.

Estamos todos sentados en la cubierta tomando sol. Queremos tirarnos al agua (venimos cagados de calor desde el mediodía), pero no hay plan de que el barco se detenga: tenemos que llegar a la bahía donde pasaremos la noche, antes del atardecer. Igual se disfruta la vista, el color del agua y la tranquilidad de saber que no voy a tener señal en el celular por los próximos dos días. Una verdadera desconexión.

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A bordo de Habibi, nuestro barco-casa por dos días

Apenas un ratito antes de que caiga el sol, el barco tira el ancla en una bahía donde casi no hay viento, después de cuatro horas de navegación. Esa noche tenemos una BBQ a bordo: salchichas y carne hechas a la parrilla. Bueno, hechas a la australiana mejor dicho. La famosa barbeque. Estamos todos viendo las estrellas, la luna llena… no hace nada de frío, no hay viento. Venía bien la charla hasta que el capitán anuncia que mañana a las 6 am sonará la campana para que nos levantemos a desayunar. Miramos la hora, son casi las 9 de la noche.

En lo que tardé en ir a lavarme los dientes, todos ya decidieron dormir en la cubierta: agarraron colchonetas y se fueron acomodando despacito… a tal punto que no hay más lugar. Lisa y el novio eligieron un banco de madera que no parece muy confortable, pero al menos están afuera. Me dicen de que podemos hacer espacio para los tres ahí.

No pasa nada chicos- les digo. –Yo duermo abajo y ustedes duerman acá. Mañana cambiamos y listo. Además, tampoco debe ser taaan insoportable el calor ahí abajo. 

Lo fue.

Estaba muy cansada así que 9.30 de la noche estaba acostada… y sólo pude dormir tres horas. Me levanté completamente empapada. Realmente no corría aire ahí abajo en esas habitaciones. Salgo a la cubierta, todos están durmiendo. Respiro profundo, inhalando lo máximo posible de ese aire fresco y vuelvo a intentar dormir.

Pasan dos horas y me vuelvo a despertar. Pienso que ya a esa hora tiene que haber bajado un poco la temperatura y que pronto va a estar fresco. Vuelvo a intentar dormirme. Dos horas y me despierto otra vez. Así hasta las 5.30 de la mañana, que ya está empezando a aclarar. Y ya no puedo pegar un ojo, tengo todo el cuerpo como pegoteado y quiero salir de ese cuarto.

Salgo a cubierta a respirar aire puro y me encuentro con Lisa y el novio.

No dormimos nada, estoy despierta desde las 3 de la mañana- me dice ella. Y me cuenta que el banco era muy duro, que tuvo frío a la noche y que el reflejo de la luna llena era como un reflector que le iluminaba la cara.

Cuando me preguntan cómo dormí yo, nos reímos. Yo dormí en una colchoneta por lo menos, pero en un sauna. Tuve que dormir siempre boca arriba: si me ponía de costado, sentía el movimiento del barco y me mareaba. Linda noche pasamos. eh. Ya no somos tan jóvenes, jajaja.

A todo esto, el resto todavía duerme. No sabemos cómo hacen. Cuando a las 6 am suena la campana, nosotros tres ya estamos desayunando y listos para arrancar el día hace rato.

A las 7 am el cielo está nublado y tenemos la esperanza que se despejará en un par de horas. Nos cruzan en una lancha a la isla que tuvimos ahí enfrente nuestro toda la noche. La famosa isla Whitsunday. Del otro lado de la isla, nos espera Whitehaven beach, la playa con la arena más blanca del mundo.

Cuando llegamos al mirador, no lo podía creer. Teníamos la playa para nosotros solos. Las ventajas de venir tan temprano es evitar el malón de turistas… pero no nos acompañó el sol lamentablemente. Así que por segunda vez, mi foto es con cielo nublado. Pero la verdad que cuando estás ahí parada, viendo esta playa… te olvidás de todo. Que la foto no se vea tan linda como en internet deja de ser una preocupación, porque estoy en uno de los mejores lugares del mundo… de nuevo 🙂

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Whitehaven Beach, Queensland, Australia

Bajamos del mirador a la playa y teníamos tres horas para disfrutar antes de volver al barco. Pero, antes de arrancar esa mañana, nos dieron los horrendos trajes de neoprene: sí, así sea para nadar, nos tenemos que poner el traje porque acá hay aguavivas.

(Dicen que en Australia hay un millón de animales que te pueden matar.

Bueno, por acá los peligrosos no son los tiburones ni las pirañas, son las jellyfish. Hay algunas más inofensivas que otras, pero hay algunas venenosas que si te rozan la piel con sus tentáculos te pueden arruinar las vacaciones. Y peor aún, existen unas muy muy pequeñitas que son mortíferas: una vez que hacen contacto con la piel, en cuestión de horas, chau. Esas son tan chiquitas que casi no se ven en el agua. Entonces a meterse al agua con el traje o no nos metemos nada.)

Al principio estaba muy paranoica, así que se metieron todos pero yo me quedé en la playa. con Lisa. Pero después de un rato, de no ver nada raro, de preguntarle a todo el mundo, me puse el traje y me metí al agua. Y lo linda que estaba. No vimos ninguna jellyfish por suerte y hasta salió el sol un ratito. Lo que sí vimos (y muy de cerca) fue tiburones pequeñitos, color amarillo, que se llaman lemon sharks. Y también vimos una estrella de mar espectacular, más grande que mi mano. Los chicos vieron una manta raya enorme, pero yo me la perdí. Todo esto lo vimos con el agua a la rodilla, en la playa, nada de mar adentro. El agua es tan transparente que se ve todo.

La pasamos muy lindo en la playa, descansando. Ya la compartíamos con un montón de gente cuando a las 10 pegamos la vuelta hacia el barco… Y justo en ese momento se larga a llover. Justo mientras estamos esperando la lancha que nos lleve de vuelta al barco, se llueve todo y nos empapamos. Menos mal que nos estamos yendo. Vemos un montón de turistas llegar que tienen una cara de desahuciados. Como en la lancha entramos 6 o 7 nada más, mandamos las cámaras y bolsos con el primer grupo y nos quedamos esperando. Surge un juego espontáneo: una chica dice un país, la persona de al lado dice un país que empiece con la segunda letra del país que se dijo antes.  Por ejemplo, Australia, después Uganda, entonces Grecia y luego Rusia… las cosas que uno hace cuando está aburrido. Hechos sopa subimos al barco, pero al ratito ya deja de llover. Clima tropical.

Seguimos viaje hacia el próximo lugar donde haremos snorkel, pero primero almorzamos. Un rico buffet de ensaladas, fiambres, todo muy rico. Y con la panza llena, bajamos todos a hacer snorkel. Nos advierten que por acá suele haber tortugas, que tengamos cuidado de no asustarlas y que si alguien ve una, que le avise a los demás para que pueda verla también. Tal como hicimos en la mañana, el barco se queda un poco lejos y con la lancha nos van acercando a la bahía. Yo me pongo el equipo de snorkel, las patas de rana y cuando salto al agua… ¡caigo arriba de una tortuga!

No les puedo explicar la emoción, estaba nadando muy tranquila uno o dos metros debajo mío. La vi desde arriba, vi el caparazón, las patas nadando… Saco la cabeza afuera del agua y aviso “hay una tortuga acá abajo”. Y cuando vuelvo a mirar, se fue. Nunca sabré si la asusté con el grito que pegué, o si simplemente siguió su viaje. Algunos chicos vieron tortugas después e incluso vimos varias desde el barco. Pero creo que ninguno tan cerca como la tuve yo. Estuvimos un rato ahí, había algunos lindos peces y corales.

Volvimos al barco ya que nos vamos a hacer snorkel a otro lado… media hora después, estamos en una nueva bahía y todos en la cubierta mirando hacia abajo. Alguien empieza a tirar pedacitos de pan al agua y en eso vemos 20 peces enormes acercarse. Eran unos peces grandes pero chatos, color marrón y gris. Se llaman bat fish. Acá tenemos que bajar y nadar hacia la bahía… así que hay que pasar entre ellos. No hacen nada, pero son muchos y me ponen nerviosa.

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Bat fish

En fin, estamos nadando todos hacia el arrecife, en dirección a la playa. Hay un montónnnn de peces amarillos, color azul medio grisáceo. Nunca nadé con tantos peces alrededor. Está uno de los chicos de la tripulación en la lancha y todos nosotros flotando alrededor de él. No entiendo qué estamos haciendo, no escucho qué dice… Yo sigo fascinada mirando los pececitos. Y en eso dicen algo de George, y no sé qué y cuando me doy vuelta veo venir un pez de un metro y medio de largo, gigante. Y ahí escucho bien: George es el rey de la bahía, un pez que que es muy amigable y que no tiene problema en nadar entre nosotros. Tiene una boca enorme, es de un color azul medio verdoso y realmente es gigante. No puedo creer tenerlo tan cerca.

No tengo fotos (todavía), pero estas que encontré en internet son bastante parecidas a lo que vivimos esa tarde. Cuando estuve acá seis meses atrás, vi un montón de peces coloridos, vi infinidad de corales. Sobre todo, me quedé maravillada con los colores. Pero hoy está nublado entonces no se aprecian tanto. Pero haber visto todos estos peces hoy fue una experiencia increíble y muy diferente a lo que fue la última visita.

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¡Hola George!

Esa noche me atrinchero en un banco en la cubierta a las 7 de la tarde… no pienso volver a dormir adentro. Como ya les dije, no hay ducha pero nos enjuagamos un poco con agua dulce. Estoy tan contenta y tan tranquila que casi ni me molesta ir dos días sin bañarme. Fue una tarde espectacular y estamos todos muy contentos con lo que vimos.

Ese último atardecer en el barco es hermoso. ¡Hasta vimos delfines saltar! Y a la noche cuando el capitán pescaba calamares, alumbrados por las luces del barco, vimos un montón de peces… hasta un pez barracuda.

Al día siguiente ya pegamos la vuelta a Airlie Beach y mientras los chicos siguieron con sus vacaciones, yo me fui al aeropuerto para volver a Brisbane.

Se me terminaba la joda pero… ¡quién me quita lo bailado!

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El último atardecer en el barco
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Las islas Whitsundays desde el avión
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