Personal

Volver

Escribo esto desde la comodidad de mi casa, en la ciudad que me vio nacer.

Mi papá está mirando la tele en el living, mamá revisa la heladera para ver qué cenamos esta noche y mi hermano juega en la computadora en su cuarto.

Yo estoy sola, sentada en la mesa de la cocina. No puedo creer que estoy acá. Cierro los ojos y escucho los ruidos de mi casa: el de la heladera, el de las llaves en la puerta, el del móvil que el viento mueve en el patio, el de mis dedos escribiendo en el teclado.

¿Qué querés comer hoy Palito?-, interrumpe mamá mis pensamientos.

Y sonrío.

La llegada:

Mi visa de un año en Australia llegó a su fin y decidí volver a Argentina. Podría haberme ido a otro país y seguir de viaje, conocer otro país asiático… pero la idea de llevar todo mi equipaje conmigo no era tentador ni práctico (ni iba a ser muy económico). Así que exactamente 365 días después de haber ingresado a tierras australianas, emprendí la vuelta a casa. Me llevó casi un día y tuve que subirme a tres aviones distintos: el recorrido fue Brisbane, Auckland, Santiago de Chile, Ezeiza.

Cuando el avión aterrizó, el corazón se me salía del cuerpo. El vuelo se adelantó y al bajar del avión empecé a acelerar el paso, a esquivar gente. Mis piernas iban más rápido que mi cabeza, atontada después de tantas horas sin dormir. Llegué entre las primeras personas a los boxes de Migraciones, donde me pusieron el sello de entrada en mi pasaporte y cuando fui a la cinta a buscar mi equipaje, mis bolsos ya estaban allí. Un milagro, no habían pasado ni 15 minutos desde que había bajado del avión.

Salí tan rápido del aeropuerto, que ¡llegué antes que mi familia! Me quedé esperando unos minutos, mirando para todos lados con mucha ansiedad… y en eso los vi. Eran mis viejos, mi hermano menor y mi abuela. Sus ojos estaban fijos en la puerta por donde salen los pasajeros de los vuelos internacionales. Del otro lado, yo levantaba los brazos, queriendo llamar su atención, pero no me veían. Así que me fui acercando a ellos despacito y los sorprendí saludándolos de atrás.

Nos dimos esos abrazos que no se olvidan nunca. ❤

Primeras sensaciones:

Ya lo dijo mi hermano, estás hecha una radio. El camino de vuelta a casa desde Ezeiza me la pasé hablando, mi hermano menor me abrazaba como cuando era chiquitito y mi abuela me agarraba la mano. Mi papá manejaba y mi mamá se daba vuelta cada dos por tres, como queriendo asegurarse que venía realmente en el auto con ellos.

Las primeras historias fueron saliendo desordenadas. Estaba eufórica, quería contarles todo, preguntarles todo. A pesar de no haber dormido nada, no estaba cansada. Pero igual se me confunden algunas palabras en español y conjugo mal un par de verbos. ¿Por tanto hablar en inglés? No, si siempre fui una atropellada… Ni siquiera me doy cuenta de los furcios, mi papá se ríe cuando me corrige.

Entrar a mi casa fue de lo más extraño. Todo estaba igual. Pero yo me sentía diferente. De repente me pareció que no había pasado un año, no podía ser. Salvo que mi hermano estaba más alto, todo parecía haber quedado ahí, latente.

Hasta que subí a mi antigua habitación. Y ahí encontré todas las cosas que dejé un año atrás, antes de irme. Mis fotos, mi ropa, mis libros. Ahí me encontré con este nuevo presente. Volviste.

Afectos:

Mi primera impresión fue que están todos iguales. Nadie envejece mucho en un año, es verdad. Sí hubo algún nuevo corte de pelo, gente con unos kilos de más y gente que creció unos centímetros para arriba. Todos me dijeron que estoy linda, yo creo que lo que ven es que estoy feliz.

Las primeras horas el teléfono sonó constantemente. Amigos y familia queriendo asegurarse que había llegado bien a casa. Pero por suerte, los primeros días transcurrieron con bastante calma. No quise ver a todo el mundo enseguida. Elegí refugiarme en mi casa, ver a mi familia primero, volver a sentirme acá en cuerpo y mente -el jetlag fue cruel-.

Después de mis papás, vi a mis hermanos, charlé mucho con ellos. Visité a mis sobrinos y me sorprendí de lo grandes que están. Estuve con tíos y primos compartiendo un almuerzo todos juntos. Me siento muy feliz de verlos a todos: mi familia hizo posible este viaje. Sin el apoyo de ellos, sin sentirme tan acompañada pese a la distancia, jamás hubiera podido hacerlo.

No he visto aún a todos mis amigos, pero ahora sí me siento lista para viajar a la gran ciudad a encontrarme con ellos. No puedo olvidarme que la vida de todos siguió igual con mi partida, con sus rutinas y sus responsabilidades. Y muy pocos viven en mi pueblo. así que viajaré a Buenos Aires para encontrarme con todos. Ahora es cuestión de armar el fixture y ponerme al día con ellos, volver a reírme, decirles cuanto los extrañé. Me siento muy afortunada de tener amigos como los que tengo.

Si de comer se trata:

La cena de esa primer noche fue pizza casera hecha por mamá. Fue lo primero que quería comer a mi regreso… La abuela igual trajo los queridos salamines que tanto extrañaba también. Tuve el privilegio de elegir todas las comidas de los primeros tres días: desfilaron por mi casa sorrentinos de jamón y queso, empanadas, matambre, entraña, milanesas… Hasta fuimos a comer afuera, con flan casero como broche final.

Fue un despliegue de platos durante varios días, hasta que mi estómago pidió un recreo. Tanta argentinidad junta ya me estaba haciendo doler la panza.

Todos me preguntaban: ¿cuál es la comida típica de Australia? Y la verdad que no la hay. Con excepción de algunos productos (el Vegemite, las Tim Tams) no hay una comida que realmente represente al país -nada con la misma fortaleza que el asado simboliza a la Argentina-. Volver a comer acá fue simplemente hermoso. Es de esas cosas que uno no se da cuenta cuánto extraña hasta que vuelve.

Entrar a la panadería de mi ciudad fue otra experiencia religiosa. Ese olor a pan casero… Ver las bandejas con facturas, las de crema pastelera, los cañoncitos, las palmeritas y los chipá. ¡La próxima vez que me vaya me voy a tener que llevar un container en el bolso!

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4 comentarios sobre “Volver

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