Australia·Viajes

Descubriendo Tasmania / Parte I

Si había un lugar al que estaba obsesionada con que quería ir era Tasmania.

Sí, esa isla chiquita que está abajo de Australia. No sé por qué. No está en la lista de “los 10 imperdibles de Australia”, queda lejos, no es un destino popular. Tampoco fue por los demonios de Tasmania. ¿Habrá sido porque cada vez que Google me mostraba fotos de ese lugar no podía creer lo lindo que era? Y mientras más hablaba de esto con otras personas, más me motivaba.

Así que trabajé hasta el día 10 de Abril, a la noche armé la valija y el 11 a la mañana me tomé un avión a Hobart, capital del estado de Tasmania. Como no tenía tantos días -y la isla es más grande de lo que parece-, decidí hacer un tour con un grupo (con la misma empresa que hice el tour por la costa oeste de Australia, en Octubre pasado). Iban a ser seis días recorriendo parte de la isla con ellos, más dos días en Hobart para ver la ciudad y lugares cercanos. El último viaje de mi año en Australia comienza.

Día 1 – Martes 11/04/17

Aterrizo en Hobart a las 10 de la mañana. Hace 10 grados, está el cielo gris y llovizna. Estoy feliz de estar con campera: vengo de los 35 grados de Brisbane y no me acuerdo la última vez que estuve abrigada. Le pregunto algo al señor que maneja el shuttle que me llevará al centro de la ciudad y no le entiendo nada de lo que me dice. “Australia y sus acentos“. Termino de confirmar que, al igual que en Argentina y sus provincias, en cada parte de este país hablan distinto… lo he padecido.

Llego al hostel y está lista mi cama en el cuarto que compartiré con otras 10 chicas. Pero en vez de tirarme a descansar un rato, dejo mi bolso y salgo a recorrer la ciudad, a pesar de que sigue lloviznando. El hostel está muy cerca del centro así que agarro un mapa y me voy a pasear por la ciudad. Llego a la peatonal, veo el banco en la esquina, los negocios de ropa, los bancos de plaza mojados, el florista… todo me parece muy pueblerino. Definitivamente Hobart no tiene el bullicio de una gran ciudad y con la lluvia, ni siquiera hay gente en la calle. Pero la ciudad tiene su encanto. Me meto en un bar a comerme un sandwich hasta que para de llover, ya tengo tanto frío que no puedo pensar en otra cosa.

Ya sin esperanzas de que salga el sol -pero al menos paró de llover-, me voy caminando para la zona del puerto. Edificios viejos y nuevos se mezclan con mucho verde. Antiguos bares, museos y restaurantes de fish and chips, muchos pájaros y turistas chinos que le sacan fotos a los viejos barcos amarrados. Es una linda postal de la ciudad. Empiezo a alejarme del centro, caminando siempre bordeando el río Derwent. Veo el memorial a los caídos en la guerra, cruzo por enormes parques, por la casa del Gobernador -donde no se puede entrar-, por un viejo zoo y llego a los Jardines Botánicos. El señor de la entrada es un viejito que me explica durante 10 minutos cómo recorrer los jardines y qué cosas no me tengo que perder, entre ellas, la sección del jardín japonés (que termina siendo mi favorita). Ahí me quedo un par de horas. No hay muchas plantas florecidas, pero está todo muy lindo y prolijo.

Día 2 – Miércoles 12/04/17

A las 7.30 am me pasan a buscar del tour. Soy la primera en subir a la combi. Leith, el conductor, es nacido y criado en Tasmania y también viajero -¡estuvo hace unos años en Mendoza!-. Vamos a buscar al resto del grupo: somos 15 en total y salvo una pareja de Noruega, estamos todos viajando solos y somos de países tan distintos como Alemania, Argentina, Inglaterra, Canadá… Me encanta.

Me siento al lado del chofer, en el asiento del copiloto. Amo viajar adelante, poder ver todo. ¡Y además es clave para entender lo que dice Leith! De otra manera, me pierdo la mitad de las cosas… Nos lleva primero al Monte Wellington o “la montaña” como la llaman los locales, que está a menos de 15 minutos de la ciudad. El camino es de curva y contracurva y puedo ver cómo nos vamos alejando de la ciudad… Pero mientras más subimos, menos vemos: la neblina que hay es terrible. Llegados a la cima del monte, la visibilidad es prácticamente nula y hace un frío tremendo. Diez minutos ahí y ya siento que estoy congelada. Eso sí, foto la tendré que sacar otro día, ¡no vemos ni lo que hay a 10 metros! Todo es una gran nube gris.

Después de ahí, vamos al MONA, museo de arte. Un museo polémico, famoso en el mundo entero. MONA son las siglas -en inglés- de “museo de arte nuevo y viejo”. El arte viejo es el tradicional, que más o menos uno conoce. Pero con el arte moderno.. uf, no es que no me guste, pero hay cosas que no comprendo. Había obras que se podían apreciar siendo una visitante que no sabe nada de técnicas artísticas… ¡pero también había cosas tan raras que no las entendí! Yo creo que es uno de esos lugares donde salís confundido con lo que es el arte y qué representa para cada uno, y esa es la idea del lugar, movilizar a todos los visitantes. Ya desde afuera ya te llama la atención, la construcción del edificio es particular. Una última cosa: no es apto para gente impresionable ni para gente cerrada. Tampoco sé si iría con niños: hay obras hechas con partes de animales.

Dejamos Hobart y salimos a la ruta. Al alejarnos de la ciudad, disminuye el tráfico… vamos casi solos en la ruta. Empezamos a ver campos, vacas, ovejas, algunas casitas. Paramos en Bothwell, un pequeño pueblo de orígenes escoceses. Y seguimos viaje hasta una enorme represa (Maine Dam) que se construyó para abastecer de agua a toda la zona. Hace frío, está cayendo el sol y el viento es helado. Una de las chicas tira piedras al agua. Yo corro de vuelta a la combi. Me asusta pensar cómo haré para sobrevivir el frío en los próximos días si el tour recién empieza… no me traje mucha ropa.

Está anocheciendo. El hotel donde dormiremos esa noche queda en el medio de la nada: se llama Thousand Lakes Lodge y llegamos luego de manejar durante media hora por un camino de tierra bordeando un río, en la oscuridad total. Lo que hoy vemos como un hotel super pintoresco, con sillones y hogar a leña y un aire rústico, ideal para alejarse de todo… antes era un centro de entrenamiento para australianos que iban a la Antártida.

Me toca compartir la habitación con una chica alemana y en la cama hay unas mantas de lana bien gruesa, esas que dan ganas de quedarte al lado de la estufa todo el día. Pero esa noche, después de cenar lasagna casera, nos enponchamos y salimos con linternas en la busca de animalitos nocturnos. Yo tenía más ganas de meterme en la cama tapada hasta la nariz (tenía mucho frío), pero tampoco me lo quería perder… Salimos con linternas a la completa oscuridad, donde las únicas luces que veíamos eran las del hotel. Por suerte pudimos ver unos cuantos wallabies saltando en la distancia y también otros animales más pequeños, pero no pudimos ver a los famosos demonios. El cielo iluminado con mil estrellas y muchas risas compartidas en ese paseo en la oscuridad. Esa noche duermo en la cama más cómoda y calentita de mi vida.

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2 comentarios sobre “Descubriendo Tasmania / Parte I

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