Australia·Viajes

Descubriendo Tasmania / Parte III

Día 5 – Sábado 15/04/17

Como ya es costumbre, a las 6.30 estamos arriba y 7.30 estamos saliendo para nuestro paseo del día: Cradle Mountain National Park. Somos varios con terribles caras de dormidos, pero cuando llegamos a la entrada del parque y vemos que no hay nadie, nos alegramos un poco: son los beneficios de ir temprano a todos lados. Leith quiere evitar a toda costa a los turistas por eso nos hace madrugar… y nos pide disculpas pero en el fondo estamos todos agradecidos: venimos haciendo todo muy tranquilos y casi sin gente.

La mayoría del grupo hacemos un circuito de varios kilómetros alrededor de Dove Lake, un lago enorme que parece un espejo, donde se reflejan todos los árboles y las montañas. Es un día muy frío pero está despejado y todavía está la luna en el cielo. Unos pocos se van con Leith a hacer cumbre en la cima de la montaña a la que nosotros le sacaremos fotos desde abajo. El camino es muy sencillo pero de a partes se pone empinado, y con muchas subidas y bajadas. A pesar de que hace 5 grados cuando llegamos, al rato ya entramos todos en calor y empiezan a volar las camperas y bufandas. Tardamos dos horas y cuarto en hacer el circuito completo alrededor del lago, más un trecho por el medio de un pantano buscando wombats, unos animalitos típicos de la zona… pero obvio, no yo no vi ninguno. Algunos del tour que venían detrás nuestro hasta llegaron a sacarles fotos.

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Dove Lake / Cradle Mountain National Park

Nos encontramos con el resto del grupo en la cafetería del parque. Nos tuvimos que tomar una combi para que nos acerque desde donde estábamos, porque caminando hubieran sido dos horas. Algo que me pareció genial de este lugar es que tiene combis que pasan cada media hora y van levantando gente, entonces te pueden ir dejando en distintas paradas para que puedas hacer todos los senderos o caminatas que quieras, mientras que el auto (o la combi en nuestro caso) te espera en el estacionamiento. Los caminos internos del parque nacional son bastante angostos y en tramos son de mano única. El chofer tiene que ir reportando por radio su ubicación para evitar que dos autos se enfrenten en la ruta y no ocurran accidentes. Una genialidad.

Cuando salimos a la ruta de nuevo son casi las 11 de la mañana, y ya el parque está lleno de autos. Enseguida el paisaje cambia: dejamos atrás la rainforest, con sus árboles y plantas tan tupidas y verdes y empezamos a ver pequeñas granjas, mucho ganado vacuno y ovejas. El campo. Atravesamos uno de esos pequeños pueblitos llamado Mole Creek para poder hacer una caminata llamada Alum Cliffs Walk. Uno de esos lugares que si no fuera por Leith, jamás hubiéramos sabido que existía. La caminata es corta, pero se hace un poco cuesta arriba… pero la vista lo vale.

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La siguiente parada es Trowunna Wildlife Sanctuary, una especie de santuario para animales en peligro de extinción, donde llegan ejemplares que están lastimados y son rescatados por la gente. Acá nos dan una charla junto a otras 50 personas y familias que también están acá porque vinieron a ver lo mismo que nosotros: a los demonios de Tasmania. Los que no habíamos podido ver todavía al aire libre, y que muy difícilmente íbamos a encontrar. También vimos otros animales autóctonos como el wombat (un pequeño marsupial que parece un oso con patas cortas) o quolls trepados a los árboles (otro marsupial, pero más parecido a un gato con manchas).

Los demonios de Tasmania son animalitos tan difíciles de describir… del tamaño de un perro chico o una ardilla, pelaje negro, orejas pequeñas, pero con un hocico feroz. Los dientes llaman la atención enseguida y más aún, el ruido que hacen cuando comen. Tienen unos dientes tan fuertes que son capaces de comerse hasta los huesos de los animales que cazan -y de ahí el nombre: dicen que los primeros que llegaron a la isla de Tasmania escucharon ruidos muy extraños entre las plantas y atemorizados, bautizaron al bicho que emitía esos sonidos como “demonio”-. Hoy es un animal en peligro de extinción, ya que sufren de una malformación que les atrofia la mandíbula y les impide comer, haciendo que mueran por inanición. Y otra gran parte de ellos muere en la ruta. Pude ver una gran campaña de concientización destinada a los conductores.

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Este sábado termina en Launceston, la segunda ciudad mas grande de Tasmania, detrás de Hobart. Fuimos al hostel a dejar nuestras cosas en la habitación, nos duchamos y fuimos a comprar algo para tomar esa noche. Pero como era sábado, algunos teníamos ganas de salir a comer afuera, pero otros no querían gastar plata… así que el grupo se dividió y nos encontramos en un bar después de cenar.

Elegimos un restaurant a pocas cuadras del hostel (la ciudad es muy chica igual, así que todo quedaba más o menos cerca). Me saqué las ganas y esa noche pedí salmón de Tasmania con buffet libre de guarniciones, donde podías servirte ensaladas u opciones calientes. ¡Estaba riquísimo! Además compartimos un par de botellas de vino entre todos y algunas otras cositas para picar. Pero cuando fuimos a pagar, alguien ya se había hecho cargo de la cuenta… uno de nuestros compañeros de viaje -de muy buen pasar económico- alegó que la velada había sido tan agradable que quiso invitarnos a todos. Bien satisfechos después de la cena, nos fuimos a una cervecería a tomar algo y nos reencontramos con el resto del grupo… y un par de cervezas más tarde tenía a todos mis compañeros de viaje bailando música latina, mientras yo elegía la música detrás de la barra.

Día 6 – Domingo 16/04/17

Después de acostarnos tarde, esa mañana costó muchísimo arrancar. Algunos trasnocharon mas que otros, pero sin dudas todos tomamos un poquito más de lo que estábamos acostumbrados… así que esa mañana en la ruta, la combi estaba muy silenciosa.

Dejamos Launceston atrás y pasamos por Lilydale y otros pueblos pequeños. La primer parada del día es en una cheese farm, una fábrica de quesos donde nos dan para degustar todas las variedades que realizan ahí mismo. También venden helados y cosas dulces. Me quiero llevar todo pero como no puedo, me elijo unas pequeñas barritas de fudge de chocolate.

La primer caminata del día es en St. Columba falls, las que según Leith son las caídas de agua más altas de Tasmania (90 metros). La caminata por la rainforest no es complicada y se hace rápido paseando entre las palmeras y los helechos gigantes… y cuando llegamos nos tuvimos que contener las ganas de subir hasta arriba, trepando por las piedras.

Seguimos viaje y llegamos a uno de los lugares más “fotografiables” de todo el viaje. Uno de los pocos lugares que había visto en Google antes de viajar y que me habían enloquecido: Bay of Fires. Después de tantos días de viaje, volvimos a la costa este de esta isla. Las piedras de granito manchadas de naranja, la arena blanca y el mar turquesa se combinan en una postal perfecta. ¡Qué lugar increíble! El lugar fue llamado así, “bahía de fuegos”, por el capitán Furneaux en 1773, después de observar las hogueras que hacían en la playa los aborígenes de la zona.

Paramos en una playa llamada Cosy Corner beach, y tuvimos un par de horas para recorrer toda esta bahía, caminando por la costa y entre las piedras. Una tarde espectacular. Debemos haber sacado mil fotos… es que el paisaje nos regalaba nuevas postales a cada ratito.

Esa noche dormimos en Bicheno, la última noche del tour todos juntos. El hostel no es muy lindo, pero como nos estamos todos llevando muy bien, nos matamos de la risa cuando vemos el lugar. Se está poniendo el sol y vemos el cielo rosado por la ventana de la cocina del hostel. Algunos del grupo deciden hacer un tour al atardecer para ver pingüinos… pero sale medio caro para nuestros presupuestos (y yo ya me dí el gusto anoche, yendo a comer al restaurant) así que con algunas de las chicas nos abrigamos fuerte y nos vamos a caminar, como para hacer algo hasta la hora de la cena. Es de noche y no anda nadie por esta ciudad. Está un poco oscuro cerca de la playa y escuchamos algunos ruidos… yo me asusto pero estamos acá en Tasmania, no puede pasar nada. Y venimos escuchando pasitos sigilosos, entre las hojas. Y cuando ya estamos por pegar la vuelta, ¡vemos un pingüino! Perdido andaba, solo, entre las plantas. Al ratito vimos otro, caminando a paso rápido entre las piedras. No podíamos creer nuestra suerte. Volvimos al hostel felices y cuando les contamos al grupo que hizo el tour en barco, estaban muertos de risa porque ellos también vieron dos pingüinos… pero pagaron 30 dólares cada uno.

La comida esa noche fue comunitaria otra vez y terminó con partidas de scrabble y batalla naval hasta la madrugada… y siempre algún chocolate y un vaso de vino para mantener el cuerpo calentito.

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