Personal

30

Un poco me asustaba cumplir 30. Tal vez sea el cambio de década, el nuevo número que hay que poner adelante. Decir treinta suena más duro en mi cabeza que decir veintinueve. ¿Será que no quiero crecer? ¿O tal vez sea que yo siempre dije que quería ser mamá antes de cumplir 30 y hoy estoy muy lejos de eso? Difícil. Lo que sí es seguro es que hoy la panza que tengo es de cerveza, jaja.

Un amigo me dijo que cumplir los 30 es el punto más bajo al que se puede llegar y que de ahora en adelante todo va para arriba. ¿O sea que después de cumplir 30 todo va a ser mejor? Mmm, no lo sé. Pero a mí los 30 me tenían que encontrar haciendo algo que me gustara, para sobrellevar el tema tenía que ser un cumpleaños distinto, divertido. ¿Qué tal viajando y viviendo nuevas experiencias? Así fue que decidí recibir los 30 en Europa: me fui un mes de vacaciones, una decisión que me costó mucho tomar, pero al fin y al cabo, tenía que hacer lo que me diera la gana. Y yo quise estar de viaje.

La víspera de mi cumpleaños me encontró en Utrecht, una pequeña ciudad holandesa donde Marlous y yo fuimos a cenar afuera. Elegimos un restaurant chiquito, pero muy lindo, en un callejón donde había muchísimas opciones para comer y muy buen ambiente. Todos los bares con mesas en la calle, la gente pasándola bien. Compartimos una selección de tapas frías y calientes, unas copas de vino y postre. Esa cena duró más de dos horas, nos charlamos todo y pudimos estar tranquilas por primera vez en todo el fin de semana. Habíamos estado yendo de acá para allá.

Cuando volvimos a su departamento, estaba lleno de globos. Marlous le había pedido a su vecina que los inflara para cuando regresáramos de cenar. Esa noche no aguantamos despiertas hasta las 12, así que a la mañana siguiente, cuando nos despertamos, ella me dio el primer abrazo de feliz cumpleaños. “¿Cómo te sentís?” me preguntó. “Vieja“, le contesté y me volví a tapar con la frazada, jaja. Me hubiera quedado durmiendo dos horas más, pero Marlous tenía que ir a trabajar, así que nos fuimos a desayunar a un hotel donde por 6 euros tuvimos buffet libre y comimos de todo. Cuando terminamos -8.30 de la mañana-, ella se subió a su bicicleta y se fue a trabajar, y yo me volví a su departamento. Lo medité un ratito, y enseguida agarré mi bolso y me fui a la estación de tren para tomarme el próximo tren a Amsterdam.

En sólo media hora estaba en la estación central de la ciudad de los canales. Eran casi las 10 am. Lo llamé a mi amigo Dami y le pedí que por favor me espere. Ya había estado la semana anterior parando en su casa. Nos encontramos en su departamento, me dijo feliz cumpleaños, y pobre, me dejó la llave de su casa y se fue a trabajar. ¡Un genio! Necesitaba darme una ducha, y también necesitaba ver el último capítulo de Game of Thrones. Habiendo calmado mi ansiedad -aunque quedé en shock con algunas escenas- me fui a hacer unas compras por el centro y pasé por el supermercado. Pero también aproveché para hablar con mi familia y algunos de mis amigos, más tarde, cuando ya se habían empezado a levantar en Argentina…

A las 15 aproximadamente volví a la estación central, pero esta vez para ir al aeropuerto de Amsterdam Schiphol porque a las 17.30 salía mi próximo vuelo. Estuve un rato dando vueltas por el aeropuerto, donde con el internet gratuito pude hablar con mi familia y agradecer los saludos de cumpleaños que seguían llegando, hasta que mi teléfono se quedó sin batería (y no podía encontrar enchufes para cargarlo). El vuelo despegó finalmente y alrededor de las 20 estaba aterrizando en la ciudad alemana de Munich.

La valija demoró en aparecer en la cinta, y pobre Lisa me estaba esperando hace 45 minutos. Cuando por fin pude salir, me estaba esperando y nos dimos un fuerte abrazo. No nos veíamos desde Marzo, cuando se había ido de Brisbane. Su novio Sebastian estaba esperándonos en el auto. Me subí y lo primero que me dieron es una cerveza. “Es la tradición” me dijo Lisa ante mi sorpresa, y no me dejaron opción. Mi primera cerveza alemana.

Fuimos a un restaurant bien de pueblo, en las afueras de Munich, donde el menú estaba obviamente en alemán -y no tenían menú en inglés-. El local era todo de madera, las paredes, las mesas oscuras. Los carteles en alemán eran un poco viejos, y la gente que estaba comiendo allí era bastante mayor (y todos de ahí, ningún turista). Ya me enteraría después que los restaurantes “marrones” son la posta en cuanto a buena comida: más auténticos y menos turísticos.

Yo les había dicho que quería comer comida típica de la región, así que la elección del lugar no era casualidad. Después de leer los platos en vano, les pedí que me elijan algo ellos, mientras que no tenga hongos ni aceitunas (las detesto). Enseguida llegaron a la mesa otras cervezas en unos buenos vasos de medio litro. Ya era la segunda birra en media hora. Al ratito nomás llegó la comida: pusieron frente a mí un plato con una milanesa gigante con ensalada de papa. O mejor dicho, una regia Schnitzel con Kartoffelsalat. La milanesa estaba rebozada con migas de pretzel y la carne, pincelada con mostaza. Una delicia.

Terminé de comer y sentía que el estómago me iba a explotar. No era que me había caído mal, sino que no venía comiendo tan pesado y el plato era realmente grande. Lisa se pone a hablar con la señora del restaurant y al ratito llegan tres shots de un líquido transparente. Lo huelo, parece vodka. Me informan que es un licor casero, un aperitivo que se hace acá y se toma después de las comidas. Yo siento que me va a caer como el culo, pero los chicos insisten en que lo tome. “Eso sí, no los saborees, tragá directamente” me aconsejan.

Y les hago caso, de un sorbo me tomo el licor y me quema un poco la lengua, pero nada más. Y a los pocos segundos siento algo raro en la panza. Ya no me siento pesada, no me siento a punto de explotar. Es como si el licor hubiera barrido con toda la comida. Parece magia, y les digo a los chicos que no lo puedo creer. La dueña del restaurant me guiña el ojo, como diciendo “¡viste qué bueno!“. Los chicos le hacen saber que es mi cumpleaños, que soy argentina y que estoy de visita por unos días. La mujer aparece al ratito con tres nuevos shots, pero esta vez de un vino dulce. Regalo de la casa. Cuando nos vamos del restaurant, ya estoy en pedo.

Media hora después, llegamos al departamento de los chicos, donde bajo con mi mochila y mis cosas. Al entrar al monoambiente donde viven, veo que armaron en el piso la cama para que duerma, que hay un cartel de happy birthday, globos, guirnaldas y que arriba de la mesa hay una torta, bonetes y un regalo envuelto en un papel verde.

No puedo creerlo. Tengo una torta el día de mi cumpleaños. 

Ellos no saben que yo soy de esas boludas que les gusta soplar las velitas. Así que casi terminando mi día por este lado del mundo, pido mis tres deseos. Y no los digo para que se cumplan.

(El día siguiente me encontraría teniendo un gran festejo de cumpleaños, todo organizado por Lisa sin que yo supiera nada… y haciendo realidad varias cosas que tenía pendientes en mi vida. Más festejos y regalos llegarían el fin de semana. Se los cuento después.) 

 

 

 

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