Nueva Zelanda·Viajes

Nueva Zelanda: días 5 al 7

Día 5
Jueves 21/09/17

Miro por la ventana, todo el cielo gris. Después del día tremendo de ayer, qué lástima, otra vez está nublado. El canadiense que duerme en la cama de arriba hoy tuvo su primer día de trabajo y se fue a las 6 am. El alemán rubio también se fue temprano, sigue viaje hacia Auckland. Quedamos en la habitación el otro alemán y yo.

Cerca de las 11 de la mañana, cuando ya habían pasado tres horas que nos habíamos despertado, me dice que se va a hacer una caminata a la montaña, a un lugar cerca de Wellington que queda sobre la costa. Y me invita a sumarme. Y aunque el día no es nada tentador… hace frío y tengo fiaca… le digo que sí. ¡Sino me voy a quedar todo el día en el hostel! Calculo que a él le pasa lo mismo, en días así te dan más ganas de estar tirado que de salir a pasear.

Ponemos en el GPS “Makara beach” y dejamos atrás la ciudad. Enseguida estamos en el campo, yendo por un camino de muchas curvas, granjas a ambos lados de la ruta, ya podemos ver todo el bosque y las montañas a lo lejos… Y estamos yendo a un lugar apenas a 20 kilómetros de Wellington. Es un paisaje hermoso.

Estacionamos el auto y empezamos a caminar por la playa, bajo una lluvia finita y molesta que se acaba de largar. Menos mal que tengo mi campera impermeable, el viento y la lluvia no son una buena combinación, pero ya me dí cuenta que en esta ciudad es imposible esperar a que te toque un día soleado para hacer algo.

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Contra todo pronóstico, al ratito deja de llover y aunque sigue nublado puedo empezar a apreciar el paisaje. Todo verde, húmedo, está lleno de ovejas y las olas del mar están rompiendo muy fuerte debajo nuestro, ya que nosotros vamos caminando en subida, trepando por las colinas. El camino que queremos hacer es de unos 6-7 kilómetros y nos llevará un par de horas… pero vamos por la mitad -y ya estoy con la lengua afuera por mi falta de estado físico- cuando vemos un cartel de que tenemos que pegar la vuelta: no podemos continuar más allá de una tranquera, porque un cartel indica que van a esquilar ovejas o algo así y que es peligroso. Ahí nomás entonces tuvimos que volver sobre nuestros pasos.

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Muerta de frío en Makara Beach

Volvemos al hostel pero antes pasamos por el Pak’n Save, el supermercado que tiene los mejores precios de Nueva Zelanda. Nunca había venido, como queda en las afueras de la ciudad, sin auto es bastante incómodo venir hasta acá a hacer las compras… Es como un supermercado mayorista, con pasillos bien amplios y estantes altísimos. Casi todo en paquetes grandes. Compramos varias verduras, carne y una pasta medio rara (como unos fideos chinos): vamos a hacer un salteado. Bueno, “vamos”: cocina él, que es chef. en un ratito tiene todo listo. Agrega también algunas especias, curry, lemongrass, queda muy rico la verdad. Yo ayudé pelando las zanahorias, jaja. Son casi las 5 de la tarde cuando nos sentamos a comer. No sé si es almuerzo tardío o cena temprana, pero entre el cansancio de la caminata y lo pipona que quedo después de comer, ya quiero acostarme de nuevo.

Esa noche sólo ceno chocolate con almendras, y mientras llueve afuera, nos quedamos todos charlando en la pieza hasta tarde… con suerte mañana amanecerá mejor.

 

Día 6
Viernes 22/09/17

Se van mis compañeros de habitación y llegan tres personas nuevas, todos ingleses. Una chica y dos chicos. El comentario general en el hostel es que los ingleses están por todos lados. Ingleses y alemanes, diría yo.

Me paso varias horas en la computadora hoy. Todos los días vengo mirando ofertas de trabajo para ingenieros en distintas páginas, pero hoy me enteré de una consultora un poco más completa. Me lleva mucho tiempo cargar el currículum en cada nuevo sitio… pero si no me siento, no voy a conseguir nada.

Almuerzo en Subway, y a la tardecita estoy ya cansada de estar adentro, así que me abrigo bien y salgo a caminar. Está oscureciendo, pero la ciudad es tan linda de noche. Se ven todas las luces prendidas en las casas que están sobre las colinas, veo pasar unos cuantos aviones y también el reflejo de todos los edificios en el agua. Está fresco, pero soportable porque no hay tanto viento. Estuve sola todo el día, así que cuando el canadiense que estaba en el hostel conmigo me escribe y me dice de comer algo juntos, le digo que sí. Está bueno empezar a socializar con gente que está acá. Al final estamos todos en la misma.

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Estación de tren
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Atardecer

Día 7
Sábado 23/09/17

Hoy tengo que cambiarme de habitación. Dejo mi cuarto de 4 camas y me mudo a uno de 8. Espero que no sea un quilombo. Cuando hice la reserva para este hostel, hace un mes, sólo reservé una semana. Y ahora que quiero estirar la estadía, me dicen que no hay más lugar. Lo bueno es que no me tengo que ir del hostel, pero me da fiaca tener que acomodar todo en la mochila otra vez y cambiarme de habitación.

Cuando bajo a la cocina a desayunar, descubro con sorpresa de que la gente del hostel está haciendo huevos para todos. Ya de por sí tengo un hambre voraz con el que me levanto todos los días, así a las tostadas y a los cereales les sumo unos huevos revueltos con jamón, queso y espinaca. Tengo tanta energía que a las 10 ya salgo del hostel.

Atrás del hostel hay como un bosque. Siempre lo veo por la ventana. Hacia allí me voy, estuve leyendo en internet que hay una caminata para hacer ahí y que termina en un mirador en la cima de la montaña. No llueve, casi no hay viento, situación casi ideal para salir a andar un rato.

Primero subo un montónnnn de escalones y después llego a un cruce de caminos. Ningún cartel me indica hacia dónde queda el mirador, así que lo busco en el teléfono. Según Google Maps, estoy a 20 minutos, 1 kilómetro y medio, y tengo que seguir derecho.

Pero no hay camino.

Ah, sí, hay como un sendero ahí marcado… bueno, ya fue, yo me mando por acá. Tengo el GPS del teléfono prendido y empiezo a caminar.

El sendero venía bien, pero de repente se puso empinado. Me cuesta un poco porque está la tierra mojada y no tengo zapatillas de montaña, pero avanzo, despacito, dejando las huellas sobre el barro, registro de mis patinadas. En eso, miro mi teléfono y de acuerdo al GPS, estoy en cualquier lado. ¿Cómo me puedo haber confundido tanto? No había muchas opciones. No reconozco un camino, no hay carteles, no tengo idea para dónde seguir. Vuelvo sobre mis pasos, hasta el punto de la bifurcación. Ya pasó media hora.

Chequeo de nuevo el “camino”. Un poco más hacia el norte, no tan derechito… y ahí empezó la tragedia. Voy andando entre los árboles y las ramas caídas. Acá está mucho más patinoso. Tres veces casi me voy de cara al piso. Está en subida y no tengo muchos lugares de dónde agarrarme. Veo que alguien fue atando cintas a las ramas de los árboles, ¿estoy yendo por el camino correcto? Mi GPS, a todo esto, sigue despistado, porque acá sí que no hay ningún sendero.

Media hora después y ya sudando la gota gorda, sigo en subida, sigo trepándome a troncos de árboles y luchando con mi dignidad para no caerme… cuando veo una rata muerta adelante mío. Y ahí digo basta, jajaja. Automáticamente pegué la vuelta, sin pensar demasiado en que ¡la bajada es peor que la subida!

Les cuento que al final, llegué al mirador. Pero por un camino más largo y más llano. Y las manchas de barro en el culo y en las zapatillas salieron.

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Volviendo para el hostel, paso por los jardines botánicos. Está lleno de gente. Ahí recuerdo que hoy se inaugura una muestra de flores, o algo así. Volveré en la semana cuando haya menos gente. Está el cielo lentamente limpiándose, y los colores de las flores se ven mucho más lindos.

Me instalo en mi nueva habitación, me doy una ducha calentita y me pongo ropa limpia. Estuve cuatro horas para hacer una caminata que tendría que haber llevado la mitad, pero estoy contenta con el ejercicio que hice. Me voy para el centro, y paso por el mercado artesanal que está los fines de semana en un predio subterráneo frente a la bahía. Estoy recorriendo los distintos puestos, venden cosas tejidas, ropa vintage y cosas de decoración, pero también hay stands de comida… y en eso, se me van los ojos: veo un cartel que dice alfajores.

Me acerco al stand y veo alfajores de chocolate, de maicena y conitos. ¡Quiero llorar de la emoción! Es atendido por una cordobesa, y enseguida nos ponemos a charlar y me cuenta de su negocio, que vive en Nueva Zelanda hace 15 años y que hace dos que está con este emprendimiento. Me da su tarjeta personal, intuyo que volveremos a vernos.

Salgo del mercado y está tan linda la tarde que me quedo paseando por el centro: voy a distintos negocios, a recorrer la calle comercial, me meto en negocios de ropa… hasta termino yendo al mercado nocturno, donde hay puestos de comida de distintos países. Me compro una especie de torta frita gigante con queso y me siento frente a la bahía. Esos pequeños momentos de disfrute.

 

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