Nueva Zelanda·Viajes

Nueva Zelanda: semana 2

Días 8 al 14
Del domingo 24/9 al sábado 30/9

El domingo amaneció lloviendo y yo, hecha percha, con una tos y un dolor de garganta tremendos. Hizo un poco de frío estos días, pero lo que más me molesta es el viento, creo que no termino de acostumbrarme y por eso me levanté sin voz. Así que después de desayunar, sentí ganas de volver a acostarme y volví a la cama. Me dormí un rato, me desperté, empecé a ver una serie en Netflix (no me juzguen, elegí Gossip Girl, es que quería algo que no me haga pensar y sea fácil de ver, jajaja). Casi que no me moví de la cama en todo el día.

El lunes me levanté un poco mejor, pero a la mañana no podía hablar. Sigue nublado y refrescó un poco. Y yo que quería ir a tirar un par de currículums… Pero no me siento tan bien como para salir a cagarme de frío, así que prendo la compu y retomo la búsqueda de laburo por internet. Todo esto desde la cama. En eso estaba cuando llegan a la habitación un grupo de adolescentes… en un viaje de estudio. Después nos enteraríamos que son chicos de una ciudad del interior de Nueva Zelanda que vienen con la escuela a pasar unos días en Wellington. ¡Si hubieran visto mi cara de culo!

Compartí toda la semana con estos chicos, pasando por etapas de ronquidos, de ruidos a la noche, se movían todo el tiempo, tenían todos los bolsos tirados en el medio del cuarto… uff. Fue difícil la convivencia. Me preguntaron de dónde era, les dije de Argentina y me contestaron “¿de Rusia?“, jaja. Claramente no me entendió. Un chico inglés que también está en la habitación se ríe y les dice “Ar-gen-ti-na”, y ahí entienden.  Creemos. No tienen ni idea dónde queda Argentina. El inglés es un chico de 25 años, muy gracioso y que también está acá con la misma visa que yo. Mientras afuera llueve de a ratos, voy conociendo otras personas del hostel: hay varios franceses, un par de alemanes y muchos ingleses.

Una tarde al fin deja de llover y salgo del hostel entusiasmada, pero emponchada. No me siento del todo bien. Ya habiendo pasado una semana desde que llegué, decido no esperar más una llamada de alguna oferta de trabajo, imprimo algunos currículums en la recepción del hostel y me voy a dejarlos en restaurantes y cafés.

En estos días, vi varios lugares donde necesitan personal y mientras siga sin recibir respuesta de alguno de los tantos mails que mandé, más vale que me ponga a trabajar de otra cosa para ir teniendo algo de plata.

Voy a un café que queda sobre la calle comercial. Ayer vi un cartel pegado en la ventana que decía que buscaban mozas. Pero llegué tarde, ya contrataron a alguien… un rato antes que vaya yo. “Pero mirá que los dueños tienen otros restaurants en la ciudad, y  también estaban buscando, eh” me dice una de las mozas. Le agradezco y encaro para uno de esos lugares.

Cuando llego, veo que es un restaurant muy lindo, chiquito pero impecable. Hay una chica almorzando (que trabaja ahí, está de break) y otra está preparando café. Les doy mi currículum, me pongo a hablar con ellas, les explico que me mandan del otro café. (que no es del todo cierto, pero al menos logro llamar su atención). Ven mi currículum, me escuchan hablar. Enseguida llaman a la manager. Luego de unos minutos con ella, me invita a hacer una prueba en el restaurant el fin de semana.

Primer currículum que dejo, primer prueba que surge. Igual que me pasó en Australia.

-Pasan los días y sigo postulándome para varias búsquedas, también dejo currículums en otros restaurants que buscan gente. En ninguno tuve respuesta.-

Una de esas tardes vuelvo al hostel y me pongo a hablar con mi familia por whatsapp. Estoy una hora hablando a los gritos, contándoles cómo vienen los días por acá después de haber estado medio enferma. En un momento, el inglés entra en la habitación y me señala la cama arriba de la mía: hay una chica durmiendo. ¡No la había visto! Me quería morir.

Esa noche me disculpo con ella. Me dice que no hay problema, que estaba muy dormida por el jetlag y que viene de un viaje muy largo. Le pido perdón de nuevo, pero en vez de enojarse conmigo me dice que podemos hacer alguna caminata al día siguiente.

Así es como nos conocimos con Franzie. Mi primer amiga que me hice en Wellington. Alemana, de paso en esta ciudad, esta acá porque le robaron en Malasia y tuvo que hacer la denuncia de la pérdida de sus documentos en la embajada.

Era jueves ya cuando vimos que el sol salió, y que milagrosamente no hace frío. Días así no abundan en estos lados del mundo… Así que encaramos una linda caminata de un par de horas hasta lo alto de una colina donde hay un molino de viento. Los carteles en el camino marcan “Brooklyn Wind Turbine” y es eso, un molino de viento y nosotras dos que tenemos toda esa vista para apreciar la ciudad desde arriba.

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Lo bueno llega a su fin y el viernes me toca dejar el hostel. La verdad que fue uno de los mejores hostels en los que estuve en mi vida. Y aunque me quedaría más tiempo acá, lamentablemente está todo reservado hace meses porque hay un festival de moda muy importante estos días y está todo lleno… lleno de mujeres de un rango de edad 40-60 años que invadieron la ciudad.

Me mudo a un hostel un poco más feo, pero tampoco nada del otro mundo, y que queda muy cerca de mi nueva casa… Sólo son tres noches, el lunes ya me mudo.

Esa noche salimos con Franzie. Nos vamos a comer al mercado nocturno, compartimos unos dumplings y comida asiática que ya no recuerdo cómo se llamaba. Tenemos historias de vida parecidas y aunque ella vino a Wellington con la idea de estar sólo unos días, está muy a gusto y ahora tiene ganas de quedarse… pero mientras tanto, paseamos juntas y nos vamos haciendo amigas. Nos tomamos unas cervezas y después nos despedimos. Mañana tengo el trial en el restaurant, y no quiero acostarme muy tarde.

Llego al hostel y la llamo a mi hermana para saludarla por su cumpleaños. Me quedo una hora hablando por teléfono en la recepción. Cuando voy a la habitación, entro despacio, para no despertar a los que ya duermen y alumbro con la linterna de mi celular, para no prender la luz. Noto que no está mi bolsito rayado, ¿lo habré guardado en otro lado? No le doy importancia, debe estar adentro de la mochila… me pongo el pijama y me acuesto.

Al ratito llega el alemán, un chico que duerme en la cama al lado de la mía. Me ve que estoy despierta. Me dice que le falta el cargador portátil. Que lo dejó arriba de la cama y que no está más ahí.

Ahí es cuando me cae la ficha. No es que mi bolsito está en otro lado… no está. Entraron a robar a la habitación.

Prendemos la luz y empezamos a revisar el cuarto. No aparecen nuestras cosas por ningún lado. El resto de los chicos duerme. Nos vamos a la recepción a hacer la denuncia, yo en pijama con una campera arriba. Son las 2 y media de la mañana cuando el chico de la recepción nos confirma que hace un par de horas entraron a robar al hostel. Que alguien se subió al techo y luego entró por una ventana en nuestra habitación. Sólo nos robaron cosas a nosotros dos. El chorro entró pensando que no había nadie (estaba la luz apagada) pero cuando se dio cuenta que había alguien durmiendo, salió caminando por la puerta, llevándose lo que pudo agarrar en el camino… Menos mal que tenía el pasaporte conmigo. Pero igual no puedo creer la suerte: al lado de ese bolsito rayado, estaba mi computadora, mis tarjetas de crédito. Podría haberse llevado todo. Yo no ando paranoica guardando todo en lockers o bajo llave cada vez que salgo. Creo en la confianza que reina en los hostels y que hace que uno pueda dejar sus cosas arriba de la cama y que nadie se las toque. Y tenía que ser así: el que robó, es de afuera. No alguien del hostel.

Nos agarran las tres de la mañana hablando por teléfono con la policía, que nos toma la denuncia. Me piden mis datos, me piden que les detalle lo que me robaron. Tengo sueño y estoy cansada. No creo que mis cosas vuelvan a aparecer. No tenía nada de valor realmente en ese bolsito, pero sí tenía mis cuadernos de viaje. Lo que más rabia me da que se hayan llevado.

A la mañana siguiente, golpean la puerta de la habitación y es la policía que vino a buscar huellas digitales. Me voy a bañar. Cuando me quiero desenredar el pelo, me doy cuenta que mi peine quedó en el bolso que se llevaron. Caigo en la recepción con la toalla en la cabeza, y una de las recepcionistas me presta su cepillo.

Mal dormida, enojada por el mal trago, salgo a comprarme un nuevo peine, un nuevo alicate de uñas y algo del maquillaje que me robaron. Esa tarde tengo el trial en el restaurante y tengo que terminar de aprenderme el menú. Si no fuera porque realmente necesito el trabajo, ni iría.

 

 

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